En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
Declan
El cristal de mi vaso se empañaba ligeramente con el calor de mi mano, un contraste trivial con el hielo que sentía en mis venas. Navira. El nombre revoloteaba en mi mente como una mariposa oscura, molesta y persistente. La había dejado en el salón, con el cuello adornado por la cadena de plata y sus ojos brillando con un odio que no había visto en años. Un odio puro, elemental. Un odio que me resultaba… fascinante.
—Señor —La voz de mi segundo al mando, el Capitán Kael, me sacó de mis pensamientos—. ¿Necesita algo más? Su cena está lista.
Negro con la cabeza sin girarme.
—Ya he cenado.
Kael era un hombre leal, eficiente. Un soldado de Vaelkoria hasta la médula, forjado en el mismo crisol de disciplina y frialdad que yo. Él nunca entendería esto. Nadie lo haría. La imagen de Navira, desafiante incluso con la cadena en su garganta, se negaba a abandonar mi mente. Su voz, esa firmeza inesperada en su respuesta, resonaba en el silencio de mi estudio. "Gritar es para los que esperan ser salvados, mi señor". Esa frase me había impactado. Pocos me hablaban con tal descaro, y menos aún, vivían para contarlo.
Desde mi ventana, la Ciudadela de Hierro se extendía bajo el manto de la noche, una fortaleza inexpugnable que yo protegía con mano de hierro. En los últimos años, el rumor de la rebelión de Sundergard había crecido, alimentado por la desesperación y la inacción de los anteriores comandantes. Yo lo había sofocado con una brutalidad calculada, quemando aldeas, ejecutando a líderes, dejando claro que Vaelkoria no toleraría la insubordinación. Y en el corazón de esa resistencia, había nombres. Caras. Una de esas caras era la de ella, Navira. No era una líder, no en el sentido tradicional. Pero su historia... la habían encontrado en las ruinas de su aldea, la única superviviente, negándose a mostrar miedo. Eso la convertía en algo mucho más peligroso: un símbolo.
Ordené que la trajeran. No para un interrogatorio, no para castigarla. Quería observarla de cerca, despojarla de ese enigma que la rodeaba. No me había decepcionado. Su aparente fragilidad era una ilusión. Había una fuerza silenciosa en sus ojos, una negativa a quebrarse que me intrigaba hasta el punto de la irracionalidad.
Sentí el peso de la cadena en mi mano. Era un eslabón corto, discreto, pero lo suficientemente fuerte como para dejar claro quién era el amo. No era una cadena de castigo; era una cadena de… posesión. Una marca. Mía.
No. No era posesión. Era control. Pura estrategia militar. Tenía que mantenerla cerca, donde pudiera vigilarla, desmantelar sus redes. Era un riesgo. Una distracción. Una amenaza. Y sin embargo, no pude evitarlo. Mi mente racional gritaba que era un error, que la ejecutara y me olvidara. Pero algo, una fuerza extraña, me había impedido hacerlo.
Me levanté y caminé hacia la mesa de mapas. La región de Sundergard estaba marcada con cruces rojas, indicando los focos de resistencia que habíamos eliminado. Era una mancha de rebelión que yo había purgado con eficiencia. ¿Y ahora? Ahora tenía una astilla de Sundergard bajo mi propio techo, respirando el mismo aire.
Navira. ¿Por qué ella? He visto a cientos de rebeldes, hombres y mujeres con el mismo fuego en los ojos. Pero en ella… en ella había algo más. Una mezcla de desafío y una extraña melancolía que me atrapaba. Como si supiera algo que yo no, como si llevara una historia de mil años en su mirada.
El golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Adelante.
Entró la gobernanta, con su postura habitual de rata asustada.
—Señor, he asignado a la 402 a las tareas de su personal personal. Empezará mañana. ¿Es eso correcto?
—Sí —respondí, mi voz fría y distante.
—Y… la cadena. ¿Es… permanente?
—Es su uniforme. Asegúrese de que no se la quite. Y que entienda las consecuencias si lo hace.
La gobernanta asintió, visiblemente incómoda. Se retiró, dejándome de nuevo en el silencio de mi estudio.
Me acerqué a la ventana y miré las estrellas, pálidas y distantes. La soledad era mi compañera constante, una parte inherente de mi posición. Había aceptado hace mucho que el amor, la calidez, eran debilidades que un Comandante de Vaelkoria no podía permitirse. Mi corazón era un motor, no un músculo. Mis emociones, herramientas, no cadenas.
Pero ella… Navira era diferente. No era amor. Eso era una estupidez. El amor era una ilusión para los débiles. Era… una obsesión estratégica. Quería entenderla. Quería romperla. Quería ver si ese fuego en sus ojos podía ser extinguido, o si, como yo sospechaba, era un incendio que solo se apagaba con la muerte.
Había algo en la forma en que se aferraba a su odio, a su dignidad, incluso en la más humillante de las situaciones. Eso era fuerza. Y yo, por alguna razón que me negaba a admitir, respetaba esa fuerza. O, quizás, la deseaba.
Me serví otro trago. El licor quemó mi garganta, un fuego que apenas rivalizaba con la intensidad que sentía cuando pensaba en ella.
—"No huyas, Navira" —susurré al vacío de la habitación. No era una súplica; era una advertencia. Porque si huía, tendría que perseguirla. Y el cazador, a veces, se encariña demasiado con su presa.
Mañana. Mañana la tendría en mis aposentos, sirviendo mi café, puliendo mis botones. Estaría tan cerca que podría sentir el calor de su aliento, el ritmo de su corazón. Cada día sería un nuevo desafío. Un nuevo juego.
No la quería muerta. No aún. Quería ver hasta dónde podía llegar su desafío. Quería ver si podía domesticar el fuego, o si el fuego me consumiría a mí. No era amor. Era… un experimento. Un peligroso experimento que pondría a prueba los límites de mi control y los límites de su resistencia.
Recordé la forma en que su cuerpo tembló levemente cuando tiré de la cadena. No fue miedo. Fue rabia contenida. Una rabia que prometía una explosión. Y yo, Comandante Declan de Vaelkoria, me moría por verla. Por sentirla.
No era amor. Era el frío de mi mundo chocando con el fuego imposible que ella traía consigo. Y por primera vez en años, el frío de Vaelkoria no me resultaba tan insoportable. Tenía un nuevo calor. Un calor peligroso. Y la promesa de una batalla que no se libraría con espadas, sino con miradas, con palabras, con el latido de dos corazones que, a pesar de todo, estaban inexplicablemente entrelazados.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄