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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

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Capítulo 17: La Ecuación del Dolor

La lluvia golpeaba los cristales de la librería con la cadencia de un tambor de guerra. El olor a ozono y a antiséptico que emanaba de Gabriel se mezclaba con el aroma a papel viejo y el rastro de pólvora que traían Marta y Niclaus. En ese pequeño espacio de estanterías de madera y sueños de papel, el tiempo se fragmentó. Los tres hermanos Blackwood, reunidos por la fuerza centrípeta de una tragedia que se negaba a morir, rodeaban al hijo del Maestro.

​Gabriel no parecía asustado. Al contrario, su rostro reflejaba una fascinación casi religiosa. Observaba a Niclaus, cuya respiración era un rugido contenido; a Marta, cuya postura era la de un verdugo de mármol; y a Elena, que sostenía el abrecartas con una firmeza que ninguno de sus hermanos le conocía.

​I. La Revelación del Proyecto Quimera

​—¿Creen que esto es una reunión familiar? —rio Gabriel, limpiándose una gota de lluvia de la mejilla—. ¿Creen que el Maestro los torturaba por placer sadista? Mi padre era un científico, no un carnicero. Ustedes no son víctimas de un orfanato de mala muerte. Son los activos más valiosos de un proyecto que la Fundación Valmont financió para crear la "evolución asistida".

​Niclaus dio un paso adelante, pero Gabriel levantó un pequeño dispositivo de pulso.

​—No te acerques, Niclaus. Sé que tu sistema nervioso procesa la adrenalina cuatro veces más rápido que el de un humano normal. Sé que puedes moverte antes de que el ojo procese la luz. Por eso sobreviviste al incendio. No fue suerte, fue tu aceleración sináptica.

​Marta apretó el gatillo de su arma, pero no disparó. Sus ojos buscaban una debilidad en Gabriel.

​—¿Y yo? —preguntó Marta, su voz gélida—. ¿Qué soy yo en tu laboratorio?

​—Tú eres el nodo de control, Marta —respondió Gabriel con una reverencia burlona—. Tu capacidad de compartimentar el trauma, de vigilar y castigar sin que tu ritmo cardíaco suba una sola pulsación, no es falta de empatía. Es una arquitectura cerebral diseñada para el mando. El Maestro te puso a cargo porque sabía que sacrificarías a tus hermanos por el "bien mayor" de la misión. Por eso cerraste la puerta. No fue cobardía, fue lógica biológica.

​Elena dio un paso al frente. El abrecartas brilló bajo la luz mortecina de la librería. —¿Y yo? —preguntó—. ¿Yo qué soy? ¿La variable que se rompe?

​Gabriel la miró con una mezcla de envidia y adoración. —Tú, Isabel... o Elena... eres la joya de la corona. Eres la receptora. Tu cerebro es una esponja de frecuencias. Por eso el Magistrado tuvo que usar descargas eléctricas para borrarte la memoria; porque tu mente se aferraba a los susurros de tus hermanos incluso a kilómetros de distancia. Tienes una capacidad de sugestión y percepción que podría doblegar voluntades. El Maestro quería que tú fueras la interfaz.

​II. La Alianza de los Monstruos

​El Detective Aranda, que observaba desde el exterior a través de una cámara térmica instalada en su coche, sentía que el mundo se desmoronaba. Los expedientes que había rescatado en Suiza hablaban de "Iniciativa Quimera". Los padres de los Blackwood no eran víctimas; eran genetistas que habían usado a sus propios hijos como cepas de prueba. Cuando se arrepintieron, la Fundación "arregló" su accidente.

​—¡Aranda, entra ya! —gritó su compañero por la radio.

​—No —respondió Aranda, con la mano en el pomo de la puerta—. Si entro ahora, los mataré a todos. Y necesito saber qué tan profundo llega este agujero.

​Dentro de la librería, la tensión alcanzó el punto de ignición. Niclaus se lanzó sobre Gabriel con una velocidad que desafiaba la física, pero Gabriel activó el dispositivo de pulso. Una onda de choque invisible golpeó el sistema nervioso de Niclaus, haciéndolo caer de rodillas, gritando mientras sus nervios hiper-sensibilizados ardían.

​—¡Niclaus! —gritó Elena.

​En ese momento, algo ocurrió. Elena no corrió hacia él. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de la respiración de Gabriel, en el ritmo de su corazón. Marta, comprendiendo instantáneamente lo que estaba pasando, disparó hacia las luces, sumergiendo la librería en la oscuridad total.

​—¡No pueden ganar en las sombras! —gritó Gabriel, sacando una linterna táctica—. ¡Yo fui entrenado por el Maestro mismo!

​—Pero tú no eres uno de nosotros —la voz de Marta resonó desde el techo, donde se había encaramado con la agilidad de un espectro—. Tú solo eres el hijo de un hombre que jugaba a ser Dios. Nosotros somos los dioses que él creó.

​Marta lanzó un pesado estante de libros sobre Gabriel, distrayéndolo lo suficiente para que Elena se acercara por detrás. Elena no usó el abrecartas para matar. Puso su mano sobre la nuca de Gabriel y susurró una sola palabra: "Duerme".

​No fue magia. Fue la aplicación de una frecuencia vocal y una presión en el nervio vago que solo alguien con su formación sensorial podía ejecutar. Gabriel se desplomó, sus ojos rodando hacia atrás mientras su sistema nervioso colapsaba bajo la sugestión de Elena.

​III. La Fuga hacia el Abismo

​Niclaus se levantó, jadeando, sus ojos recuperando el foco. Miró a sus hermanas. Por primera vez en veinte años, no había jerarquías. No había una que vigilaba, uno que acechaba y una que sufría. Había tres armas biológicas que finalmente sabían quiénes eran sus verdaderos enemigos.

​—La Fundación enviará a otros —dijo Marta, recargando su arma—. Gabriel era solo el perro faldero. El Magistrado era solo el banquero. Los que nos crearon están en las sombras del gobierno, esperando que nos cansemos de correr.

​—No vamos a correr —dijo Elena, dejando caer el abrecartas y tomando la pistola de Gabriel—. Vamos a buscarlos. Vamos a quemar la Fundación Valmont desde sus cimientos genéticos.

​Niclaus sonrió, una sonrisa que prometía un apocalipsis de plomo y fuego. —Me gusta ese plan, hermana.

​Aranda entró en la librería justo cuando los tres hermanos se preparaban para salir por la puerta trasera. Los apuntó con su arma de servicio, pero su mano temblaba.

​—Deténganse —dijo Aranda—. Si salen por esa puerta, se convierten en terroristas. Si se quedan conmigo, puedo protegerlos. Puedo llevar esto a la luz.

​Marta se acercó a Aranda, deteniéndose a centímetros del cañón de su pistola. —Detective, usted es un buen hombre en un mundo de monstruos. Pero la luz no quema lo que hay bajo la tierra. Para matar a los que nos crearon, necesitamos las sombras. No nos busque. No intente salvarnos.

​—¿A dónde irán? —preguntó Aranda, bajando el arma lentamente.

​Elena lo miró por última vez, con una mezcla de la niña que fue y la mujer en la que se había convertido. —Vamos a volver al origen. Al lugar donde el Maestro guardaba los nombres de los otros "sujetos". Vamos a liberar al resto de la familia.

​IV. El Amanecer de los Blackwood

​Los tres hermanos desaparecieron en la tormenta antes de que llegaran los refuerzos. Aranda encontró en el mostrador de la librería una sola cosa: la foto vieja de los tres niños. Pero ahora, alguien había escrito una nueva línea bajo el "Sé libre por nosotros".

​La nueva caligrafía, firme y elegante, decía: "Ya no tenemos miedo del fuego. Nosotros somos el fuego".

​Mientras tanto, en un complejo subterráneo en las afueras de Washington D.C., un monitor se encendió. Un hombre de cabello cano observaba la grabación de la librería. Vio cómo Elena doblegaba a Gabriel con un susurro.

​—Sujetos 01, 02 y 03 han entrado en fase de convergencia —dijo el hombre a una habitación llena de generales y científicos—. El experimento ha pasado a la fase de campo. Activen a los cazadores. Quiero a los Blackwood vivos, pero si no es posible... asegúrense de que no dejen nada en pie.

​La guerra por la identidad de los Blackwood apenas comenzaba. Niclaus, Marta y Elena ya no huían del pasado. Ahora, el pasado tenía todas las razones del mundo para huir de ellos.

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