En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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18
La vida en Ironcliff había cambiado para siempre. La conexión mental entre Caelum y Elowen no era solo un vínculo, era una sinfonía constante de pensamientos, emociones y, para desgracia de su decoro, deseos carnales que no siempre respetaban el protocolo.
Durante la cena de gala para celebrar la recuperación de los campos, Caelum intentaba mantener una conversación seria con el Capitán Julian sobre las defensas del ala norte.
Elowen, sentada frente a él, discutía con24 Nana Martha sobre los suministros de invierno.
—Caelum, ese uniforme de gala te queda tan ajustado que apenas puedo concentrarme en lo que dice Martha sobre la harina —la voz de Elowen resonó en la mente de Caelum con una claridad cristalina.
Caelum se atragantó ligeramente con su vino.
—Elowen, por los dioses, estoy tratando de planear una estrategia militar —respondió él mentalmente, mientras su mirada ámbar se cruzaba con la de ella con una intensidad eléctrica.
—Mi estrategia favorita es la que planeamos anoche en la alfombra —continuó ella, enviándole una imagen mental de sus propias manos recorriendo la cicatriz de él.
Caelum tuvo que reajustar su posición en la silla, sintiendo que su rostro se calentaba. El Capitán Julian lo miró con curiosidad.
—¿Se encuentra bien, Excelencia? Parece... acalorado.
—Es el vino, Capitán —gruñó Caelum, mientras en su mente le advertía a Elowen: —Si sigues así, voy a terminar esta cena aquí mismo y te cargaré hasta la torre frente a todos los invitados.
—No te atreverías... —desafió ella, pero por el brillo en sus ojos rojos, estaba claro que deseaba que lo hiciera.
Tras la cena, la Marquesa de Valois pidió una audiencia privada. Estaba demacrada tras sus días de servicio bajo la supervisión de Nana Martha.
Al ver a Elowen y Caelum entrar en la sala, se arrodilló, no por miedo, sino por una comprensión tardía de la magnitud de su error.
—Elowen... he visto cómo Martha es tratada aquí. He visto la lealtad que inspiras.
Alistair no solo os odia, os teme. Y tiene razón —dijo la Marquesa—. Mi esposo, tu padre, guarda un secreto que Alistair ha usado para financiar su locura: la ubicación de la "Cripta de los Reyes".
Está bajo las ruinas del antiguo monasterio de San Calixto. Allí se guarda el tesoro robado de las arcas imperiales y, lo más importante, el testamento original del anterior Emperador que nombra a Caelum como heredero legítimo.
Caelum se tensó. El vacío en su interior vibró ante la mención de su padre.
—Si ese documento existe, Alistair ya no es un usurpador, es un traidor confeso —dijo Caelum—. Pero esa zona está custodiada por los "Elegidos del Silencio".
Alistair no esperó a que ellos movieran ficha. Sabiendo que el vínculo de Caelum con las sombras era su mayor ventaja, envió a su unidad de élite más aterradora: los Monjes Guerreros Ciegos.
Estos hombres habían sido privados de la vista y entrenados para pelear mediante la vibración y el sonido, pero lo más peligroso era que usaban capas de "Piel de Espectro", lo que los hacía invisibles a la magia de sombras de Caelum.
El ataque ocurrió en plena noche. Las sombras de Caelum no reaccionaron; los guerreros eran como fantasmas que no proyectaban oscuridad.
—¡Caelum! ¡No puedo sentirlos! —rugió el Duque, lanzando un zarpazo al aire que solo encontró vacío mientras una hoja de acero le cortaba el brazo.
Elowen, gracias a su conexión mental, sintió el dolor de él como si fuera propio.
—¡Agáchate! —le gritó mentalmente.
Elowen no dependía de las sombras. Ella era la Maestra de la Luz y el Color. Lanzó un frasco de "Fuego de Magnesio" al centro del salón.
La explosión de luz blanca fue tan intensa que, aunque los monjes eran ciegos, el calor y la alteración de la presión del aire los delataron.
—¡A tu izquierda, Caelum! ¡Tres pasos atrás! —Elowen comenzó a guiar los movimientos de su esposo a través de su vínculo mental.
Caelum cerró sus ojos y se dejó llevar por la visión de Elowen. Veía el mundo a través del rojo de los ojos de ella.
Con la precisión de una marioneta letal manejada por una diosa alquimista, Caelum comenzó a despedazar a los monjes ciegos. Sus garras encontraban carne donde sus sombras fallaban.
—¡Es inútil! —gritó el líder de los monjes antes de que Caelum le arrancara la garganta—. ¡El Emperador ya tiene el arma de almas lista!
Cuando el último monje cayó, la habitación quedó en silencio, iluminada solo por el fuego de los frascos de Elowen. Caelum respiraba con dificultad, con su sangre mezclándose con la de sus enemigos.
Se giró hacia Elowen, y la conexión mental estalló con una mezcla de gratitud y una necesidad animal.
—Me has salvado, mi pequeña víbora —pensó él, mientras caminaba hacia ella y la envolvía en un abrazo que casi le rompe las costillas.
—Somos uno solo, Caelum. Si tú caes, yo me apago —respondió ella, hundiendo su rostro en el pecho ensangrentado de él.
Caelum la levantó y la llevó hacia el balcón, mirando hacia el sur, hacia donde se encontraba la Cripta de los Reyes.
—Alistair ha enviado lo último que tenía. Ahora es nuestro turno. Mañana marcharemos por ese tesoro y por mi derecho de nacimiento.
—Pero esta noche... —Elowen pasó su lengua por la cicatriz de Caelum, limpiando un rastro de sangre— esta noche necesito que me demuestres que el Vacío todavía tiene hambre. No quiero dormir, Caelum.
Quiero que uses ese nuevo vínculo para hacerme sentir que el mundo entero desaparece.
Caelum la tomó por la nuca, sus ojos ámbar brillando con una determinación feroz.
—Te voy a dar una noche que hará que los dioses se sonrojen, Elowen.
Prepárate, porque ahora que puedo sentir tus nervios como los míos, voy a llevarte a un lugar donde el placer y el dolor son indistinguibles.
Esa noche, bajo el cielo estrellado de Oakhaven, la unión entre el Lobo y la Alquimista alcanzó una nueva profundidad.
No solo eran amantes y guerreros; eran una sola entidad preparándose para la batalla final.
Alistair había intentado cegarlos, pero solo había logrado que vieran con la claridad de la verdad absoluta: el trono les pertenecía, y no quedaría piedra sobre piedra en la capital hasta que fuera suyo