Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 24: “¿Usted qué está haciendo con su vida?”
Narra Joaquín
Ese día llegué a la casa cansadísimo.
Pero era un cansancio raro.
Mental.
Porque había salido con Violeta otra vez y sinceramente esa mujer me tenía pensando demasiado.
Mientras manejaba iba acordándome de cómo se reía, de cómo hablaba de la hija, de esa tranquilidad que me daba estar con ella.
Y eso me asustaba un poquito.
Porque hacía muchísimos años yo no sentía algo así por alguien.
Llegué a la casa como a las nueve de la noche, aflojándome la corbata y pensando que por fin iba a descansar un rato.
Pero apenas entré, la empleada salió rápido de la cocina con cara preocupada.
Y ahí supe que algo había pasado.
—Don Joaquín…
Yo fruncí el ceño.
—¿Qué pasó?
Ella dudó un segundo.
—Es Samuel.
Sentí la paciencia irse de una.
—¿Ahora qué hizo?
—Lo expulsaron del colegio.
Me quedé quieto.
—¿Cómo así?
—Se peleó con otro muchacho… y encontraron licor en el bolso.
Parce…
la rabia me subió horrible.
—¿Qué?
Ella bajó la mirada.
—Llamaron esta tarde…
Yo respiré profundo intentando calmarme, pero sentía la sangre hirviendo.
—¿Dónde está?
—En el cuarto.
Subí las escaleras rápido.
Cada paso me daba más rabia.
Porque ya no sabía qué hacer con ese pelado.
Literalmente ya no sabía.
Abrí la puerta del cuarto duro.
Samuel estaba acostado viendo el celular como si nada hubiera pasado.
—Levántese —dije serio.
Él apenas levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Qué qué? ¿Usted sí cree que esto es un juego?
Samuel soltó un suspiro fastidiado.
—Ya empezamos…
Eso me hizo explotar más.
—¡Claro que empezamos! ¿Usted qué está haciendo con su vida, ah?
Él tiró el celular a un lado.
—Ni que hubiera matado a alguien.
—¡No me conteste así!
Me acerqué más.
—¿Licor? ¿Peleas? ¿Expulsado del colegio? ¿Qué sigue después?
Samuel rodó los ojos.
—Ay ya…
—¡Ya nada! —levanté la voz—. ¡Yo estoy cansado de sus shows!
Él se levantó bravo.
—¿Mis shows? Usted nunca está acá y viene a gritarme.
—¡Porque me toca trabajar, Samuel!
—Pues no le pedí que lo hiciera.
Eso dolió.
Pero seguía lleno de rabia.
—Todo lo que tengo lo hice por usted.
Samuel soltó una risa seca.
—Claro. Plata sí hay. Tiempo no.
Me pasé la mano por la cara respirando fuerte.
—¿Usted cree que la vida es fácil? ¿Ah? ¿Usted cree que a mí me regalaron algo?
—Yo no dije eso.
—¡Pues compórtese como alguien que entiende las cosas entonces!
Samuel me miraba lleno de rabia.
Igualito a mí cuando era joven.
Y eso era lo que más miedo me daba.
—¿Sabe qué me dijeron hoy? —pregunté serio—. Que usted llevó licor al colegio.
Él se encogió de hombros.
—¿Y?
Ahí sí exploté.
—¡¿Y?! ¡¿Cómo así que y?! ¡¿Usted está loco o qué?!
Le señalé el piso con rabia.
—¡Yo me maté trabajando toda mi vida para que usted venga a hacer esas estupideces!
Samuel también gritó.
—¡Pues yo no le pedí nada!
—¡Pero mientras viva bajo este techo me respeta!
El silencio cayó pesado un segundo.
Samuel respiraba rápido.
Yo también.
La rabia nos tenía a los dos cegados.
—¿Y por qué se peleó? —pregunté después.
Él no respondió.
—¡Le estoy hablando!
—Porque sí.
—Samuel…
Él apretó la mandíbula.
—Un man habló de mi mamá.
Yo me quedé callado.
—¿Qué dijo?
Samuel bajó la mirada un segundo.
—Que se fue porque usted era un muerto de hambre.
Sentí algo horrible en el pecho.
Y ahí entendí parte de la rabia.
Samuel levantó la mirada otra vez.
—Y me dio piedra.
Yo respiré profundo.
Porque aunque entendía el dolor… eso no justificaba lo demás.
—¿Y por eso se va a tirar la vida? ¿Ah? ¿Por eso va a volverse igual de desordenado que todos esos pelados que terminan mal?
Samuel no respondió.
Yo seguí hablando serio.
—Escúcheme bien. Yo no me maté estudiando y trabajando para que usted termine perdido.
Él se rió sin humor.
—Usted nunca está conmigo.
—¡Porque estoy trabajando precisamente para darle un futuro!
—¡Pues prefiero que esté conmigo a que tenga plata!
Esa frase me dejó callado.
Pero seguía bravo.
—No me manipule.
Samuel negó con la cabeza.
—No lo estoy manipulando. Solo digo la verdad.
Después me miró directo.
Y habló más bajito.
—Hoy todos tenían papás allá menos yo.
Sentí el pecho apretarse horrible.
Porque sí.
No estuve.
Otra vez.
Él tragó saliva intentando hacerse el fuerte.
—La rectora preguntó si alguien iba a ir por mí… y nadie llegó.
Eso me golpeó más duro que cualquier grito.
Yo bajé un poco la voz.
—Samuel…
Pero él ya estaba lleno de rabia otra vez.
—Usted siempre llega tarde a todo.
—No diga eso.
—¡Es verdad!
Agarró el morral y lo tiró al piso.
—Siempre es el trabajo. La empresa. El teléfono. Todo menos yo.
Yo me quedé mirándolo en silencio.
Porque en el fondo sabía que algo de razón tenía.
Samuel respiró hondo.
Y después soltó la frase que más me destruyó esa noche.
—Yo no necesito plata, pa. Lo necesito a usted.
Ahí ya no pude seguir gritando.
Porque entendí que detrás de toda esa rebeldía…
solo había un niño sintiéndose solo.