Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 8
La noche cayó sobre el clan como un manto de silencio y cuchillos.
En las sombras del salón principal, tres figuras conspiraban.
— ¡Voy a acabar con esa maldita! — insistió el hermano mayor, golpeando la mesa con el puño —. No puedo soportarlo más. Verla ahí, sentada en el trono que me pertenece, con ese esclavo en su cama... ¡Es una humillación!
El padre levantó una mano, pidiendo calma.
— Debemos ser pacientes — respondió, con esa voz que había usado durante décadas para controlar el clan —. Todo a su tiempo.
— ¿Cuánto tiempo? — saltó el hermano —. ¿Hasta que tenga un hijo con ese inmundo gusano? ¿Hasta que su sangre mezclada herede el clan?
— Cálmate.
— ¡No quiero calmarme!
El padre lo miró fijamente. Y en sus ojos había algo que el hermano no esperaba: odio. El mismo odio que sentía él.
— Vamos a hacer las cosas bien — dijo el padre —. Los ancianos ya están de nuestro lado. Pronto habrá un juicio. Un juicio que ella no podrá ganar.
— ¿Un juicio?
— Su relación con el esclavo. Es contra las tradiciones. Es contra el honor. Es contra todo lo que este clan representa. Usaremos eso.
El hermano sonrió.
— ¿Y si el fuego vuelve a intervenir?
— El fuego habló una vez. No hablará dos. Los elementos no se meten en asuntos de mortales dos veces. Ella está sola.
Las risas llenaron la sala.
Pero no vieron las sombras que se movían detrás de la puerta.
LA MADRE
Ella había escuchado todo.
Cada palabra. Cada plan. Cada cuchillo verbal apuntando al corazón de su hija.
Su pequeña. Su princesa. La niña que había criado con amor, a la que había enseñado a sonreír, a la que ahora querían destruir.
Las lágrimas corrían por su rostro sin que pudiera detenerlas.
Pero no hizo nada.
Porque ¿qué podía hacer? Era una mujer en un mundo de hombres. Era la esposa, no la jefa. Era la madre, pero no la protectora.
Su poder empezaba y terminaba en el silencio.
Y mientras se alejaba de esa puerta, sintió que ese silencio era su peor enemigo.
"Lo siento, hija mía", pensó. "Lo siento tanto... pero no puedo salvarte."
El mundo estaba empeñado en que ninguna mujer fuera líder, jefa, fortaleza.
Y ella, su propia madre, era parte de ese mundo.
EN LA HABITACIÓN DE SAKURA
Ajena a las conspiraciones, Sakura yacía en brazos de Mitsuki.
La luna entraba por la ventana, pintando sus cuerpos de plata y sombra.
— Te amo — susurró ella, con los ojos cerrados, con el rostro enterrado en su pecho.
Mitsuki acarició su cabello. Lentamente. Con devoción.
— Yo también, amor mío — respondió.
Pero su corazón... su corazón estaba lleno de dudas.
Cada caricia era un "¿merezco esto?". Cada beso, un "¿hasta cuándo?". Cada te amo, un "¿y si un día deja de ser cierto?".
Ella dormía plácida.
Él velaba con los ojos abiertos, mirando el techo, preguntándose cuánto duraría esta felicidad antes de que el mundo la destrozara.
EL CONSEJO DE ANCIANOS
En la sala más profunda del clan, los sabios se reunían.
No para aconsejar. Para juzgar.
— El juicio comenzará en tres días — anunció el anciano de la libreta —. Hemos reunido pruebas suficientes. Testigos. Declaraciones.
— ¿Y el esclavo?
— Hablará.
— ¿Está de acuerdo?
El anciano sonrió.
— Aún no lo sabe. Pero lo hará. Le daremos motivos.
— ¿Qué motivos?
— Su libertad. Su dignidad. Un lugar en el mundo. Cosas que una mujer no puede darle.
Risas. Siempre risas.
— ¿Y si se niega?
— Entonces su vida será mucho más corta de lo que espera.
El plan estaba en marcha.
Y Sakura, la poderosa Sakura, la elegida del fuego, no tenía ni idea.
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LA CARTA DEL EMPERADOR
Esa misma noche, un halcón blanco cruzó los cielos del clan.
Traía un pergamino con el sello imperial.
Tae lo recibió. Lo leyó. Y supo que todo acababa de complicarse.
Llevó la carta a Sakura, que aún descansaba en brazos de Mitsuki.
— Mi jefa — dijo desde la puerta, sin atreverse a mirar la escena —. Esto llegó para ti. Del emperador.
Sakura se incorporó, confundida. Tomó el pergamino. Lo abrió.
"A Sakura, jefa del clan del Cuervo"
Tu fama ha llegado a mis oídos. La primera mujer en liderar un clan de cultivo demoníaco. La elegida del fuego. La portadora de la runa del caos.
El imperio necesita de tu ayuda. Una amenaza crece en las fronteras, y solo alguien de tu poder puede enfrentarla.
Pero además... deseo conocerte en persona.
Serás recibida en la corte con todos los honores. Trae a tus guerreros. Trae a tus consejeros. Trae a quien consideres necesario.
El imperio te espera.
Emperador de las Nueve Provincias."
Sakura leyó la carta dos veces. Tres veces.
— ¿Qué dice? — preguntó Mitsuki, preocupado.
— El emperador... me llama.
Mitsuki se incorporó.
— ¿A ti?
— A mí. Necesita mi ayuda. Y quiere conocerme.
— Eso es... — Mitsuki buscó la palabra —. ¿Bueno?
— No lo sé.
Sakura miró por la ventana. La luna seguía ahí. El clan seguía ahí. Las conspiraciones seguían ahí.
Pero ahora, el emperador la llamaba.
Y eso cambiaba todo.
Porque si el emperador la reconocía... si el imperio la validaba... entonces quizás, solo quizás, los ancianos no podrían tocarla.
— Tae — dijo, volviéndose hacia la puerta —. Prepara todo. Vamos a la corte.
— ¿Cuándo?
— Mañana.
Mitsuki la miró con miedo.
— ¿Tan pronto?
Ella tomó su mano.
— Tú vienes conmigo.
— ¿Yo? Pero soy...
— Eres mi amor. Y si el emperador va a conocerme, va a conocerte también a ti. Como mi igual.
Mitsuki sintió que el mundo se detenía.
¿Él? ¿En la corte imperial? ¿Él, un esclavo, ante el emperador?
— Sakura, yo no puedo...
— Tú puedes. Porque yo estoy a tu lado. Y si alguien se atreve a mirarte mal, ya sabes lo que pasa.
Sonrió.
Y por un momento, Mitsuki sintió que tal vez, solo tal vez, podía haber esperanza.
Pero en las sombras, los ancianos también recibían noticias.
Y sonreían.
Porque en la corte imperial, las reglas eran otras.
Y allí, una mujer con un esclavo no era una jefa.
Era un escándalo.