Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA JAULA QUE CONSTRUYÓ PARA PROTEGERLA
La luz entraba con fuerza por los ventanales cuando finalmente escuché movimiento en la habitación.
No me había ido lejos.
No podía.
Había pasado la noche caminando entre la sala y el pasillo, fingiendo que revisaba el teléfono, cuando en realidad solo escuchaba. Cada cambio en su respiración. Cada pequeño sonido.
Cuando empujé la puerta suavemente al amanecer y la vi hecha un ovillo, con mi abrigo aún abrazándola… algo dentro de mí se tensó.
Demasiado frágil para alguien que había resistido tanto.
Los moretones en su muslo me hicieron apretar la mandíbula. Oscuros. Recientes.
Juramento silencioso.
No otra vez.
No mientras yo estuviera.
No sé cuánto tiempo me quedé ahí, pero fue suficiente para que abriera los ojos y se sobresaltara.
—Perdón —murmuré de inmediato, levantando una mano en señal de que no avanzaría más—. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
Parpadeó varias veces, ubicándose. Luego se incorporó rápido, ajustando el abrigo contra su pecho como si yo pudiera quitárselo.
—Estoy bien —respondió demasiado deprisa—. Gracias por traerme aquí. Pero me iré enseguida.
Ahí estaba.
Huida.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—No.
Frunció el ceño.
—¿No qué?
—No vas a irte.
—Dexter… —exhaló con incredulidad— no puedes decidir eso.
—Puedo cuando sé que afuera hay alguien que quiere hacerte daño.
—Eso no te da autoridad sobre mí.
—No es autoridad —repliqué, manteniendo la voz baja—. Es sentido común.
Ella se levantó de la cama.
—No soy tu responsabilidad.
La miré directo.
—Anoche lo fui.
—Porque te metiste.
—Porque él te estaba lastimando.
—Yo iba a arreglarlo.
Solté una risa breve, incrédula.
—¿Cómo? ¿Haciéndote invisible otra vez?
El golpe fue directo. Lo vi en sus ojos.
—No me subestimes —dijo, dolida.
—No lo hago. —Di un paso hacia dentro de la habitación, despacio—. Justamente porque no te subestimo sé que vas a intentar enfrentarlo sola.
—Siempre lo he hecho.
—Y ya viste cómo terminó anoche.
Silencio.
Su mirada bajó un segundo.
Luego volvió a mí, desafiante.
—No quiero depender de nadie.
—No te estoy pidiendo que dependas. —Incliné apenas la cabeza—. Te estoy diciendo que no estás sola.
Eso la descolocó más que cualquier orden.
Bajamos a la cocina. Caminaba despacio, como si todavía dudara si quedarse era un error.
Le serví agua. Preparé café. Corté pan. Actos simples.
Ella observaba cada movimiento.
—No pareces el tipo que hace esto —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Desayuno.
—Tengo talentos ocultos.
Una pequeña curva apareció en sus labios.
Victoria mínima.
Se sentó frente a mí. Sostenía la taza sin beber.
—No puedo quedarme mucho —dijo en voz baja—. Si él te ve conmigo…
—Que me vea.
—No sabes cómo funciona.
—Explícame.
Ella negó con la cabeza.
—Liam no soporta perder. Y cuando siente que algo es suyo…
—Tú no eres algo.
—Para él sí.
La ira volvió a hervirme bajo la piel.
Me incliné hacia ella, apoyando las manos en la mesa.
—Escúchame bien, Giselle. —Su nombre en mi boca ya no sonaba extraño—. Nadie te posee. Nadie te reclama. Nadie decide sobre ti.
Ella me sostuvo la mirada.
—Tú también intentas hacerlo.
Eso me detuvo.
Respiré hondo.
—Tienes razón. —Lo dije sin ironía—. A veces hablo como si lo hiciera.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—No quiero cambiar una jaula por otra.
La palabra quedó suspendida.
Jaula.
—Esto no es una jaula —dije más bajo—. Las jaulas no tienen la puerta abierta.
—¿Y la tiene?
Me quedé quieto un segundo.
—Sí.
Ella me estudió, buscando mentira.
No la encontró.
—Entonces… ¿si me voy ahora no vas a detenerme?
Mi mandíbula se tensó.
—No voy a obligarte. —Cada palabra me costó—. Pero no quiero que te vayas.
—Eso no es lo mismo.
—No. —La miré fijo—. No lo es.
El silencio entre nosotros cambió de forma. Ya no era confrontación pura. Era tensión… pero distinta. Más íntima.
Sus dedos jugaban con el borde de la taza.
—¿Por qué haces esto? —preguntó de nuevo, más suave que antes—. No me conoces.
—Te equivocas.
—¿Ah, sí? ¿Qué sabes de mí?
La miré de arriba abajo, sin prisa.
—Sé que finges fortaleza incluso cuando estás rota.
Sé que te escondes detrás de un nombre que no es tuyo.
Sé que tu cabello rojo te hace sentir expuesta… pero también libre.
Y sé que cuando sonríes, aunque sea un poco, iluminas la habitación.
Su respiración se alteró.
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque me haces bajar la guardia.
—Ese es el punto.
Se levantó de la silla.
—No quiero que me mires como si fuera… —buscó la palabra— importante.
Me puse de pie también.
—Lo eres.
—No para ti.
—Especialmente para mí.
El aire entre nosotros se volvió más denso.
Me acerqué un paso.
Ella no retrocedió.
—Tu yo natural —murmuré— es mucho más fuerte de lo que crees. No la chica del club. No la que se esconde. La que vi anoche gritarle “nunca” en la cara. Esa.
Sus ojos brillaron.
—Tenía miedo.
—Y aun así lo dijiste.
Mi mano se movió casi por instinto, pero me detuve antes de tocarla.
—Eres hermosa, Giselle. No por cómo te ves. —Una pausa—. Aunque sí, lo eres. Mucho. Pero es por cómo sigues de pie después de todo.
Sus labios temblaron apenas.
—No me digas eso como si supieras lo que he pasado.
—No lo sé. —Mi voz bajó—. Pero quiero saberlo. Cuando tú quieras contarlo.
Silencio.
Ella levantó la mirada hacia mí, vulnerable y desafiante al mismo tiempo.
—¿Y si nunca lo cuento?
—Entonces me quedaré igual.
—¿Hasta cuándo?
La miré sin apartar la vista.
—Hasta que me eches.
Su respiración se volvió más profunda.
—Dexter… no soy una causa benéfica.
—Bien. Porque no soy un santo.
Eso le arrancó una pequeña risa.
—Eres imposible.
—Y tú eres la única que me ha dicho que no tantas veces.
—Tal vez debería decirlo otra vez.
Me incliné apenas.
—Inténtalo.
El desafío flotó entre nosotros, pero ahora era distinto. Más suave. Más cálido.
—No me mires así —susurró otra vez.
—No puedo evitarlo.
—¿Qué ves?
La respuesta salió sin filtro.
—Veo a una mujer que sobrevivió a algo que quiso destruirla… y aun así sigue teniendo fuego en los ojos.
Su garganta se movió al tragar.
—Me asusta que te metas en esto.
—Me asustaría más quedarme al margen.
—Podría salir mal.
—Podría salir bien.
—¿Y si te arrepientes?
Me acerqué lo suficiente para que sintiera mi voz más cerca.
—No me arrepiento de proteger lo que me importa.
Sus labios se entreabrieron apenas.
—¿Y yo te importo?
No dudé.
—Sí.
Esa palabra cayó entre nosotros como algo definitivo.
Ella bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad.
—No me prometas cosas que no puedas cumplir.
—No prometo finales felices. —Mi voz fue firme—. Prometo estar.
Lentamente, levantó la vista otra vez.
Y por primera vez desde que la traje aquí… no vi solo miedo.
Vi algo que empezaba a parecerse a confianza.
Y eso, maldita sea, era mucho más peligroso que cualquier pelea.