Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Banquete de la Justicia
El juicio comenzó bajo una expectación mediática sin precedentes. El tribunal era un circo de cámaras y periodistas sedientos de sangre, pero dentro de la sala, Rose Smith era la dueña del espectáculo. Vestida con un traje azul medianoche que acentuaba su palidez y su determinación, Rose se movía por el estrado con una rudeza que dejaba a los fiscales sin palabras. Cada vez que presentaba una objeción, su voz cortaba el aire como una cuchilla.
John estaba sentado a su lado, impecable, observándola con una mezcla de orgullo y hambre. Él no necesitaba decir nada; su sola presencia intimidaba a los testigos. Rose, sin embargo, evitaba tocarlo. Sabía que si su piel rozaba la de él, la fachada de profesionalismo se desmoronaría frente al juez.
—La fiscalía no tiene pruebas físicas que vinculen al señor Blake con el arma del crimen —declaró Rose, fijando su mirada en el jurado—. Solo tienen conjeturas y el testimonio de un hombre que ya ha sido condenado por perjurio en el pasado. Mi cliente no es un santo, es un empresario exitoso. Y el éxito, señores, a menudo se confunde con la culpa.
Mientras hablaba, Rose sintió una oleada de náuseas. El olor de la sala de audiencias —el sudor de la gente, el perfume barato, el polvo de los archivos— se volvió insoportable. Su oído captó algo que la distrajo: el pulso acelerado de la fiscal, una mujer joven que estaba nerviosa. Rose podía escuchar la sangre corriendo por las arterias de la otra mujer, un sonido rítmico que la hacía salivar de forma involuntaria.
"Céntrate, Rose", se ordenó a sí misma, apretando los bordes del estrado con tanta fuerza que la madera crujió levemente.
En el receso de mediodía, John la arrastró hacia una pequeña sala de conferencias privada. Cerró la puerta con llave y la acorraló contra la mesa.
—Lo estás haciendo de maravilla, Rose —susurró, su aliento frío golpeando su cuello—. Pero te estás agotando. Tu sangre está pidiendo algo que yo puedo darte.
—No quiero nada de ti —jadeó ella, tratando de apartarlo, pero sus sentidos estaban demasiado alterados. El aroma de John era lo único que parecía calmar el caos en su cabeza.
—Mañana es el veredicto final —dijo John, ignorando sus palabras y bajando la mano para acariciar su cadera sobre la tela del traje—. Después de eso, el mundo será tuyo para huir... o para reinar a mi lado. Pero esta noche, Rose, vamos a ensayar tu libertad.
Él se inclinó y mordió suavemente el cuello de Rose, no para sacar sangre, sino para marcarla. Ella soltó un gemido que resonó en la pequeña habitación, una mezcla de odio por su manipulación y una pasión que ya no podía contener. La rudeza de Rose se desvaneció por un instante, reemplazada por una vulnerabilidad que John explotó besándola con una furia que prometía que lo que se avecinaba sería el fin de toda su resistencia.
Rose trato de reincorporarse, aunque con mucha fuerza de voluntad logró tomar distancia y liberarse de ese momento que no aunque no quería decirlo, la hizo sentir, por un instante, en calma.