Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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La grieta
El eco de sus palabras me acompañó hasta que crucé la puerta de mi departamento.
Si alguna vez decides decirme la verdad… sabré escucharla.
Apoyé la espalda contra la madera y cerré los ojos. El corazón me latía con una fuerza que no sentía desde antes del accidente, desde antes de morir. Adrián siempre había sido peligroso para mí, pero ahora lo era de una manera distinta. No porque pudiera delatarme, sino porque seguía teniendo el poder de desarmarme con una sola frase.
—No puedes permitirlo —me dije en voz baja—. No ahora.
Me obligué a respirar. Contar. Pensar.
La venganza no se ejecuta con el corazón temblando.
Al día siguiente, el edificio de la fundación bullía de actividad. El evento benéfico se acercaba y todos parecían correr con una urgencia fingida. Sonrisas tensas, pasos rápidos, llamadas en voz baja. El ambiente perfecto para que los errores florecieran.
Y yo estaba ahí para observarlos.
—Emilia —me llamó Lucía desde uno de los escritorios—. ¿Tienes un minuto?
Me acerqué. Fingimos revisar documentos mientras hablábamos casi sin mover los labios.
—Isabella pidió adelantar la reunión con los patrocinadores —susurró—. Está nerviosa.
Sonreí apenas.
—Eso es nuevo.
—Uno de los reportes que señalaste… ya empezó a hacer ruido.
Ahí estaba. La grieta. Pequeña, casi invisible, pero real.
—Déjala crecer —murmuré—. No empujes todavía.
Lucía asintió y se alejó. Yo me enderecé justo cuando sentí esa presencia conocida a mi espalda.
—Buenos días, Emilia.
Adrián.
Giré despacio, con una sonrisa controlada.
—Buenos días.
Hoy estaba más cerca. Demasiado. Podía percibir su perfume, la calidez de su cuerpo, esa electricidad sutil que siempre se había encendido entre nosotros sin permiso.
—¿Puedo robarte un café? —preguntó—. Prometo no hacerte preguntas incómodas.
Le sostuve la mirada.
—No prometas lo que no puedes cumplir.
Sus labios se curvaron, apenas. Una sonrisa que no era feliz, sino cargada de intención.
Acepté.
El café estaba a unas calles. Caminamos lado a lado, sin tocarnos, pero conscientes de cada movimiento del otro. El silencio entre nosotros no era incómodo; era expectante.
—No sueles trabajar en este tipo de lugares —dijo de pronto—. No con tu perfil.
—¿Y cuál es mi perfil? —pregunté.
—Reservada. Observadora. Como si siempre estuvieras midiendo el terreno.
Solté una risa breve.
—Tal vez soy precavida.
—O tal vez vienes de un lugar donde confiar sale caro.
Me detuve en seco.
Él también lo hizo.
—¿Siempre analizas así a la gente? —pregunté.
—Solo a quienes me despiertan preguntas.
Nos miramos por un segundo más de lo necesario. Sentí el impulso absurdo de tocarlo, de comprobar que era real, que no estaba hablando con un recuerdo.
Entramos al café.
Mientras tanto, en la fundación, Isabella cerraba una llamada con el ceño fruncido.
—No, no es posible —decía—. Ese documento nunca existió.
Colgó con brusquedad y apretó el teléfono con fuerza. Algo se estaba saliendo de control, y lo sabía. Emilia Cruz había llegado con una sonrisa demasiado tranquila… y desde entonces, nada era igual.
—Investiga —ordenó a uno de sus asistentes—. Todo sobre ella.
De vuelta conmigo, Adrián me observaba por encima de su taza.
—Hay personas que entran en una habitación y no dejan huella —dijo—. Tú no eres una de ellas.
—Tal vez miras demasiado —respondí.
—Tal vez por fin estoy mirando bien.
Mi pulso se aceleró.
En ese instante, entendí algo con claridad aterradora:
Adrián no era solo una amenaza para mi mentira.
Era el único capaz de derrumbarla… sin querer hacerlo.
Y mientras Isabella comenzaba a sospechar,
yo me encontraba caminando por una línea demasiado delgada
entre la venganza
y el deseo.