"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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Jaulas de Oro
El sol de Madrid no calienta la piel, solo rebota contra los edificios de cristal de la zona financiera. Pablo Rossi caminaba por el vestíbulo de la corporación con la seguridad de quien se sabe dueño del mundo. Cada paso que daba estaba calculado; cada saludo, medido.
En el último piso, la oficina de Alessandro Rossi olía a cuero caro y a tabaco de importación. Alessandro, un hombre de mirada de acero, ni siquiera levantó la vista de sus informes cuando Pablo entró.
—Llegas dos minutos tarde, Pablo —sentenció Alessandro con voz ronca—. Un Rossi no hace esperar al tiempo.
—Estaba terminando de revisar el cierre de la bolsa, padre —respondió Pablo, sentándose frente a él con la misma frialdad—. Los Valenzuela están satisfechos con el crecimiento de este trimestre.
Alessandro cerró la carpeta con un golpe seco. —A los Valenzuela no les importa el trimestre, les importa la boda. Don Gonzalo quiere que la unión sea el evento del año en toda Europa. Pero antes de eso, necesito que demuestres que tienes el colmillo necesario para manejar la expansión en el Pacífico.
Pablo arqueó una ceja. Había oído hablar de ese proyecto, pero siempre lo consideró algo secundario.
—¿Ese pueblo en la selva? Es un trámite menor, padre. Podría enviar a un equipo legal.
—No —replicó Alessandro, fijando sus ojos en los de Pablo—. Quiero que vayas tú. Quiero que mi heredero sea quien cierre ese paraíso bajo llave para nuestra exclusividad. Beatriz no está feliz con tu partida, pero ella sabe que el poder requiere distancias.
Mientras tanto, en la mansión de los Rossi, el silencio era interrumpido por el suave roce de las tijeras de podar. El jardinero trabajaba en los rosales de la entrada, con el sudor corriéndole por la frente. Por la ventana del gran salón, Patricia lo observaba con una angustia que le apretaba la garganta.
Cada vez que veía las manos de ese hombre, recordaba por qué Pablo tenía esa fuerza y ese carácter que no encajaba con la fragilidad de los Rossi de sangre. Pero su pensamiento fue interrumpido por la llegada de Beatriz Valenzuela.
—¡Patricia, querida! —exclamó Beatriz, entrando como un torbellino de seda y perfume francés—. He visto a Pablo salir de la oficina con una cara de pocos amigos. ¿Es cierto que se va a ese lugar horrible en medio de la nada?
—Son negocios, Beatriz —respondió Patricia con una sonrisa forzada—. Pablo volverá pronto. Sabes que él hace todo por el apellido que lleva.
En la biblioteca, al final del pasillo, Lorenzo Rossi escuchaba las voces. Sostenía entre sus dedos una pequeña caracola de mar, desgastada por los años. Al oír el nombre de "Jurubirá" en boca de Beatriz, cerró los ojos con dolor. El pasado no era un recuerdo, era una herida que volvía a sangrar cada vez que el viento soplaba desde el sur.
De vuelta en Jurubirá, el ambiente no podía ser más distinto. La tarde estaba cayendo y el cielo se había teñido de un rosa intenso que se reflejaba en el agua.
Aurora y Sofía estaban sentadas en el muelle, con los pies colgando sobre el agua cristalina. Santiago intentaba pescar con un hilo y un anzuelo viejo, gritando cada vez que un pececillo le robaba la carnada.
—¿Te imaginas viajar algún día, Aurora? —preguntó Sofía, recostando la cabeza en el hombro de su hermana mayor—. Ir a esos lugares que salen en los libros, donde la gente usa abrigos largos y las casas son de piedra.
Aurora sonrió, acariciando el cabello de su hermana.
—¿Y para qué, Sofi? ¿Para pasar frío? Aquí tenemos el sol, el mar y a mi mamá que hace las mejores arepas del mundo. No hay nada allá afuera que no tengamos nosotros aquí.
—Pero dicen que allá la gente es diferente —insistió Sofía con un brillo de curiosidad en los ojos—. Elena dice que en Europa los hombres son como caballeros de película.
—Elena lee demasiadas novelas —rio Aurora—. Aquí los hombres son de verdad, Sofía. De los que saben navegar una tormenta y traen comida a la casa. Los de allá... esos deben ser de papel, que se deshacen con la primera lluvia.
Las dos hermanas rieron, sin saber que el hombre de "papel" ya tenía un boleto de avión con destino a sus vidas. En la casa, Bertha las observaba desde la ventana, apretando una vieja medalla de plata que llevaba colgada al cuello, oculta bajo la blusa. El aire estaba cambiando, y Bertha, que conocía los secretos del viento, sabía que la paz de sus hijos estaba a punto de enfrentarse a la tormenta más grande de todas.