Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar
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A.B
El sábado llegó demasiado rápido.
Alexa llevaba buena parte de la tarde mirando la caja que había recibido el día anterior.
La máscara blanca seguía allí.
Esperándola.
Y aunque había aceptado ir a la fiesta, todavía no terminaba de creer que realmente lo haría.
No sabía quién era A. B.
No sabía cómo sería verlo.
No sabía siquiera si aquella noche terminaría siendo una buena idea.
Pero había algo que sí sabía.
Tenía curiosidad.
Demasiada.
—¿Vas a quedarte mirando la caja toda la tarde? —preguntó Emma desde la cama.
Alexa levantó la mirada.
—Estoy pensando.
—Eso es peligroso.
—Muy graciosa.
Emma se incorporó.
—¿Ya sabes qué vas a ponerte?
—Algo negro, supongo.
Emma la miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—Es una fiesta de máscaras en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad.
—Precisamente.
—Necesitas un vestido.
Alexa suspiró.
—No tengo uno.
—Entonces solucionemos eso.
Antes de que pudiera responder, Emma ya estaba buscando algo en su teléfono.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Emma.
—Nada.
Alexa entrecerró los ojos.
—No confío en esa cara.
Emma sonrió.
—Ya es demasiado tarde.
Dos horas después, Alexa seguía frente al espejo.
El vestido que había recibido no era suyo.
Había llegado en otra caja aquella misma tarde.
Blanco.
Elegante.
De líneas sencillas, pero diseñado para ajustarse perfectamente a su figura.
El escote era delicado.
La espalda descubierta de manera sutil.
La tela caía hasta sus piernas con una elegancia que hacía que Alexa se sintiera como una persona completamente diferente.
No había sido necesario añadir demasiado.
Su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros.
Un maquillaje suave resaltaba sus ojos.
Y la máscara blanca terminaba de convertirla en alguien irreconocible.
Emma apareció detrás de ella.
Se quedó en silencio.
Alexa la miró a través del espejo.
—¿Qué?
—Nada.
—Emma.
—Te ves increíble.
Alexa sonrió.
—¿De verdad?
—Sí.
Alexa bajó la mirada.
Había una pequeña tarjeta junto a la caja.
La tomó nuevamente.
“Esta noche, no quiero que seas invisible.”
Debajo estaban las mismas iniciales.
A. B.
Alexa pasó el pulgar sobre ellas.
—¿Qué piensas? —preguntó Emma.
—Que tiene gustos caros.
Emma soltó una carcajada.
—Eso sí.
Alexa dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Y un poco de dramatismo.
—Eso también.
A las ocho en punto, un automóvil negro se detuvo frente al edificio.
Alexa recibió un mensaje.
Desconocido:
Estoy abajo.
Ella miró a Emma.
—Ya llegó.
—¿Estás nerviosa?
Alexa tomó su pequeño bolso.
—Un poco.
—¿Quieres que vaya contigo?
Alexa sonrió.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Emma se acercó y acomodó ligeramente su cabello.
—Entonces diviértete.
Alexa asintió.
—Lo intentaré.
Bajó.
El automóvil esperaba frente a la entrada.
Un conductor salió y abrió la puerta trasera.
—¿Señorita Alexa?
Ella asintió.
—Sí.
Subió.
El interior era elegante, amplio y silencioso.
Alexa se acomodó y miró por la ventana.
El automóvil comenzó a avanzar.
Durante el trayecto, su teléfono vibró.
Desconocido:
¿Llevas la máscara?
Alexa sonrió.
Alexa:
Sí.
Desconocido:
¿El vestido?
Ella miró hacia abajo.
Alexa:
También.
Desconocido:
Bien.
Alexa:
¿Estás nervioso?
La respuesta tardó unos segundos.
Desconocido:
Más de lo que debería.
Alexa sonrió.
Alexa:
Eso me tranquiliza.
Desconocido:
No debería.
Ella soltó una pequeña risa.
El automóvil finalmente comenzó a reducir la velocidad.
Alexa miró hacia adelante.
El hotel apareció frente a ella.
Enorme.
Iluminado.
Con decenas de automóviles estacionados y personal de seguridad recibiendo a los invitados.
Alexa respiró profundamente.
Había llegado.
El automóvil se detuvo.
El conductor bajó y abrió la puerta.
Alexa salió.
Y entonces lo vio.
Un hombre vestido de negro estaba esperando junto a la entrada.
Llevaba una máscara oscura.
Traje impecable.
Una mano en el bolsillo.
La otra libre.
Cuando Alexa se acercó, él dio un paso hacia ella.
—Buenas noches.
La voz.
Alexa se detuvo.
La misma.
La voz que había escuchado durante semanas.
La voz que le había hablado aquella noche de verano.
La voz que también había escuchado en la videollamada con Adrián.
Pero su mente tomó la explicación más sencilla.
El recuerdo.
Solo eso.
—Buenas noches, A. B.
Adrián se quedó mirándola.
Por primera vez, pudo verla realmente.
No una fotografía.
No una pantalla.
No un recuerdo.
Alexa estaba allí.
Vestida de blanco.
Con la máscara cubriendo parte de su rostro.
Y aun así podía ver sus ojos.
Esos ojos que había recordado durante meses.
Adrián tomó su mano.
La llevó suavemente hasta sus labios.
Besó sus nudillos.
Alexa sintió un pequeño estremecimiento.
—¿Eso también es parte de la alta sociedad? —preguntó, intentando bromear.
—Solo cuando quiero impresionar a alguien.
Alexa sonrió.
—Entonces está funcionando.
Él soltó una pequeña risa.
Y finalmente quedaron frente a frente.
Mirándose a los ojos.
Sin una pantalla entre ellos.
Sin fotografías.
Sin distancia.
Alexa observó sus ojos detrás de la máscara.
Había algo extrañamente familiar.
Pero no consiguió encontrarlo.
Nada.
Su memoria seguía guardando un rostro incompleto de aquella noche.
Nunca había visto realmente al hombre del verano.
Por eso no podía reconocerlo.
Adrián, en cambio, tuvo que contener una emoción que amenazaba con desbordarlo.
Ella estaba allí.
Y lo estaba mirando directamente.
—¿Lista? —preguntó.
Alexa asintió.
—Sí.
Él le ofreció el brazo.
Ella lo tomó.
Y entraron juntos.
El hotel parecía pertenecer a otro mundo.
Desde la entrada podía verse que aquella no era una fiesta universitaria.
Había autos de lujo, choferes vestidos de traje, seguridad privada y una larga alfombra oscura que conducía hasta el enorme vestíbulo.
Dentro, todo era todavía más impresionante.
Una enorme lámpara de cristal descendía desde el techo.
Mesas cubiertas con manteles blancos ocupaban parte del salón.
Las copas de champagne brillaban bajo las luces.
Un cuarteto de cuerdas tocaba cerca de la escalera principal, mientras una orquesta esperaba su turno para comenzar.
Los invitados llevaban vestidos largos, trajes impecables y máscaras elaboradas.
Algunos hablaban en pequeños grupos.
Otros reían.
Y casi todos parecían conocerse.
Alexa observó todo con curiosidad.
—Esto es una locura.
—¿Te arrepientes?
Ella lo miró.
—No todavía.
Él sonrió.
—Entonces vamos.
Caminaron juntos por el salón.
Alexa comenzó a relajarse poco a poco.
Él le explicaba algunas cosas.
Le señalaba obras de arte.
Le mostraba los balcones que daban al jardín iluminado.
Y, poco a poco, dejó de sentirse fuera de lugar.
—¿Vienes mucho a lugares así? —preguntó.
—A veces.
—Se nota.
—¿Por qué?
—Porque pareces demasiado cómodo.
Adrián sonrió debajo de la máscara.
—¿Y tú no?
—Yo estoy intentando no romper nada.
Él soltó una risa.
—No creo que puedas romper nada.
—No me conoces.
Hubo un pequeño silencio.
—Créeme —respondió él.
Alexa lo miró.
—Eso sonó como si me conocieras bastante.
—Quizá te he observado más de lo que crees.
Ella entrecerró los ojos.
—Eso no es tranquilizador.
—Era un cumplido.
Alexa terminó riéndose.
Un camarero pasó junto a ellos con una bandeja.
Adrián tomó dos copas.
Le ofreció una.
—¿Champagne?
—Solo una.
—Solo una.
Brindaron.
Alexa tomó un pequeño sorbo.
—Definitivamente no es el tipo de lugar al que iría normalmente.
—¿Te arrepientes?
Ella lo miró.
—Ya me preguntaste eso.
—Quería asegurarme.
Alexa sonrió.
—No.
Más tarde terminaron en una de las terrazas.
La ciudad brillaba debajo de ellos.
Alexa apoyó los brazos sobre la baranda.
—Esto es bonito.
—Sí.
—¿Vienes aquí para escapar?
Adrián la miró.
—A veces.
—¿De qué?
—De todo.
Alexa sonrió.
—Esa respuesta sí la entiendo.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Sabes qué es lo extraño? —dijo ella.
—¿Qué?
—Que siento que ya te conozco.
Adrián permaneció quieto.
—¿Por los mensajes?
Alexa negó.
—Por la voz.
Ella tocó ligeramente el borde de su máscara.
—Me resulta familiar.
Él supo inmediatamente a qué se refería.
—¿De aquella noche?
Alexa asintió.
—Sí.
Adrián bajó ligeramente la mirada.
—Entonces quizá tengas buena memoria.
—No tanta.
Ella sonrió.
—Si la tuviera, probablemente recordaría tu cara.
Adrián sintió una punzada en el pecho.
Pero sonrió.
—Quizá sea mejor así.
Alexa lo observó.
—¿Por qué?
—Porque todavía tienes algo que descubrir.
La música cambió.
Una melodía lenta comenzó a llenar el salón.
Adrián extendió la mano.
—¿Bailas?
Alexa miró la pista.
—No sé bailar esto.
—Yo sí.
—Eso dices.
—Puedo enseñarte.
Ella sonrió.
—Está bien.
Entraron en la pista.
Sus manos se encontraron.
Adrián colocó una mano en su cintura.
Alexa apoyó la suya sobre su hombro.
Comenzaron a moverse lentamente.
—Esto es extraño —murmuró ella.
—¿Qué cosa?
—Bailar con alguien cuyo rostro no conozco.
—Y aun así no quieres irte.
Alexa sonrió.
—No.
Adrián acercó ligeramente el rostro.
Ella levantó la mirada.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
El beso fue suave.
Breve.
Casi una pregunta.
Cuando se separaron, Alexa permaneció cerca.
—Eso no estaba en las reglas.
—No.
—Entonces…
—Eso fue decisión de los dos.
Alexa sonrió.
—Mentiroso.
Volvieron a besarse.
Esta vez apenas unos segundos más.
Sin prisa.
Sin necesidad de convertirlo en algo más.
Solo ellos.
Dos máscaras.
Una noche.
Y un secreto enorme entre ambos.
Más tarde regresaron a la terraza.
Alexa se apoyó contra la baranda.
—Creo que esta fue una buena idea.
—¿La fiesta?
—La fiesta.
—¿Solo la fiesta?
Alexa lo observó.
—Quizá no.
Él sonrió.
—Gracias por venir.
—Gracias por invitarme.
Alexa miró la máscara negra.
—Todavía quiero saber quién eres.
—Algún día.
—Siempre dices eso.
—Y siempre termino cumpliéndolo.
Ella sonrió.
—A. B.
—¿Sí?
Alexa se acercó un poco.
—Me alegra haberte conocido.
Adrián sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Porque ella creía que acababa de conocer a un desconocido.
Mientras él sabía perfectamente quién era la mujer que tenía delante.
Alexa inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—La que quieras.
—¿Alguna vez vas a quitarte la máscara?
Adrián la miró.
—No esta noche.
—¿Por qué?
—Porque quiero que mañana, cuando despiertes, todavía tengas algo que preguntarte.
Alexa sonrió.
—Entonces lo conseguiste.
Y volvió a besarlo.
Un beso suave.
Corto.
Pero suficiente para que Adrián cerrara los ojos detrás de la máscara.
Aquella noche no necesitaba imaginar cómo sería tenerla cerca.
La tenía allí.
Y ella no sabía que el hombre al que acababa de besar era el mismo que, pocos días atrás, había conocido como el padre de su mejor amiga.
Ni que había estado sentada a su lado durante horas sin descubrirlo.
Para Alexa, A. B. seguía siendo un misterio.
Para Adrián, aquella noche era algo completamente diferente.
Era la primera vez que podía tenerla cerca…
sin tener que fingir que no la conocía.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo