Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Capítulo 1
Tenía el cuerpo dormido.
No era cansancio. Era anestesia.
Luna Salcedo abrió los ojos como pudo y vio batas blancas, cubrebocas, luces demasiado fuertes. Algo le entraba en la piel. La sangre corría por un tubito delgado, de regreso a una bolsa que se llenaba poco a poco.
Qué frío.
El frío le estaba entrando hasta los huesos.
Quiso hablar, pero la boca no le respondió.
—Señor Salcedo, si seguimos así, no va a sobrevivir.
—No me importa. Saquen más. Con eso no alcanza para Renata. Muévanse, mi hija no puede esperar.
Luna sintió que el corazón se le partía antes de detenerse.
Esa voz era de su padre.
—Papá... ¿de verdad no hay otra opción?
Mateo.
Su esposo.
Luna no podía mover ni un dedo, pero por dentro algo se retorció con violencia. Su padre y su esposo la habían llevado con engaños a una clínica clandestina.
—Mateo, Renata intentó matarse por ti. Piensa en la niña que tuvieron. Tiene ocho años. No puede quedarse sin mamá. Tengo dos hijas, pero tú sólo puedes escoger a una.
Hubo un silencio.
Después, la voz de Mateo cayó como una sentencia.
—Escojo a Renata. No puedo volver a fallarle.
Luna lo vio acercarse. Él la miró con esos ojos que antes le parecían dulces, llenos de una pena falsa, inútil.
Luego se fue.
La dejó sobre esa mesa helada como si no valiera nada.
Mateo no podía perder a Renata.
Si una de las dos tenía que morir, entonces que muriera Luna.
Claro.
Renata Salcedo.
Su hermana.
La mujer que había tenido una hija con su esposo desde hacía ocho años.
Luna quiso reír, pero ni eso pudo hacer.
Qué estúpida había sido.
—Señor Salcedo, me parece que ella ya no aguanta. No se preocupe, yo me encargo del cuerpo. Igual que hace nueve años con su primera esposa. Nadie va a enterarse.
—¿Viviana? Ja. Esa mujer tuvo suerte. El accidente que le preparé solo la dejó herida. Menos mal que tú ayudaste a que muriera en la mesa de operaciones. Cuando esto termine, tendrás el dinero en tu cuenta.
Todo dentro de Luna se apagó por un segundo.
Su mamá no había muerto por el accidente.
La habían matado.
Su propio padre la había mandado matar.
Y Damián Alcázar...
Ella lo había odiado por un crimen que no cometió.
El frío ya no estaba en el cuarto. Estaba dentro de ella.
--------
Dolor.
Dolor en la cabeza, en los brazos, en las piernas. Dolor en cada rincón del cuerpo.
Luna abrió los ojos de golpe.
El sonido de la regadera venía del baño. La luz del sol entraba por las cortinas y le lastimó la vista, pero también le dejó claro algo imposible.
Seguía viva.
La cama estaba hecha un desastre. Las sábanas revueltas, la ropa rota en el piso, el olor de una noche demasiado intensa.
—Ay...
Se incorporó apenas y el hombro le ardió. Tenía marcas moradas sobre la piel. Todo el cuerpo le pesaba.
Miró alrededor.
Tardó unos segundos en entender.
Había vuelto.
Cinco años.
Regresó al día que debía casarse con Mateo Morales.
También regresó a la mañana después de que Damián Alcázar la hiciera suya.
En la otra vida, ella lo había odiado. Lo había obligado a soltarla amenazando con morirse. Damián se fue del país, y tiempo después ella recibió la noticia de su muerte.
Nunca volvió a verlo.
—Despertaste.
La voz grave, baja, todavía con sueño, salió del baño.
Luna levantó la mirada.
Damián Alcázar caminaba hacia ella con el cabello húmedo, la camisa abierta y ese rostro que siempre parecía tallado en hielo. Para Luna, habían pasado cinco años desde la última vez que lo vio.
—Tú...
No supo qué más decir.
Damián se detuvo frente a la cama. Dudó un instante. Luego abrió la mano.
Una pastilla blanca descansaba sobre su palma.
—Tómatela.
Luna miró la pastilla.
—¿Qué es?
—¿Qué crees?
Su tono no tenía calor. Nada.
Luna levantó la cabeza. La luz le caía detrás a Damián, pero aun así alcanzó a ver la tormenta negra en sus ojos.
—No quiero.
La voz le salió ronca. La garganta le dolía por lo que había gritado en la noche.
Debía ser la pastilla de emergencia.
Antes, tal vez la habría aceptado con rabia. Hoy no.
Damián entrecerró los ojos, como si esa respuesta no estuviera en el libreto. Aun así, le tomó la barbilla y le metió la pastilla en la boca.
—Damián...
No alcanzó a empujarlo.
Él bebió agua, se inclinó y cubrió su boca.
El beso fue duro, posesivo, casi castigo. El agua pasó de sus labios a los de ella, y con ella la pastilla. Luna tragó sin poder evitarlo.
Damián la sostuvo por el hombro.
El dolor de las marcas le arrancó un jadeo.
—Ay...
Su aliento caliente le rozó la oreja.
—¿Vas a llevar mis marcas para humillar a Mateo?
Luna se quedó quieta.
Giró un poco la cara. Sus labios rozaron la mejilla de Damián y entonces vio la locura contenida en sus ojos.
Nunca había entendido por qué ese hombre, al que medio mundo empresarial temía como si fuera un demonio, se había fijado en ella.
—Sí.
Damián se apartó de golpe.
La miró como si quisiera abrirle la cabeza y ver qué nueva mentira estaba armando.
Seguro pensaba eso.
Que Luna volvía a fingir, a ganar tiempo, a buscar otra forma de escapar.
No podía culparlo.
Durante cuatro años, ella había sido experta en herirlo.
—Entonces sí vas a ir a la iglesia.
La habitación se enfrió.
Luna bajó la mirada.
¿Ir?
Por supuesto que iba a ir.
Mateo Morales y Renata Salcedo estaban esperándola en el altar para seguir burlándose de ella. Su padre había vendido la vida de su propia hija. Y ella acababa de morir una vez escuchando la verdad.
La bondad ya no era una virtud.
Era un lujo que no pensaba pagar.
Luna levantó la cabeza. Sus ojos, todavía húmedos por el dolor físico, estaban limpios de miedo.
—Damián Alcázar, casémonos.
El cuarto quedó en silencio.
Damián la miró.
Después soltó una risa corta, sin alegría.
—Luna Salcedo, esta es la undécima vez.
Ella parpadeó.
Él cerró los ojos. La burla amarga le torció la boca.
—Desde el accidente, has encontrado muchas formas de torturarme. Esta es una de tus favoritas.
Luna sintió que la cara se le calentaba.
Recordó.
Claro que recordó.
La primera vez que le dijo que se casaría con él, Damián casi perdió la respiración. Y ella, cruel hasta la médula, le arrojó encima la frase más venenosa que encontró.
Si te mueres, me caso con tu foto. ¿Quieres irte a morir?
Cuatro años.
Cuatro años de odio mal puesto.
Cuatro años de hacerlo pagar por una muerte que él no provocó.
Con razón no le creía.
Luna apretó los dientes, buscó su bolsa en el buró y la vació sobre la cama. Labial, llaves, celular, recibos, una carpeta con los documentos para el Registro Civil.
Los documentos que iba a usar con Mateo.
Los levantó entre los dos.
—Esta vez es verdad.
—Décima vez que dices eso.
Damián abrió los ojos.
El fuego que traía adentro le dio a Luna un golpe directo en el estómago.
Sí. También había usado esa frase.
El problema de gritar "lobo" demasiadas veces era que, cuando el lobo por fin llegaba, nadie te creía.
—Me quitaste la inocencia —dijo ella, levantando la barbilla—. ¿No piensas hacerte responsable?
Si su credibilidad estaba muerta, al menos podía cargarle la culpa.
Damián se sentó en la silla junto a la cama. La observó de arriba abajo, lento, peligroso.
—Si anoche hubiera sido otro, ¿también le pedirías que se hiciera responsable?
Ese "otro" sonó como una amenaza.
Luna se enderezó de inmediato.
—Claro que no.
—Ajá.
—Solo entendí algo —dijo, tratando de mantener la calma—. Comparado con un calentador público como Mateo, prefiero un iceberg de diez mil años como tú.
Damián no contestó.
Luna subió la sábana hasta el pecho. Se movió demasiado rápido y alcanzó a ver cómo los ojos de él bajaban a sus hombros.
Todavía lo odiaba un poco por la noche anterior.
También le debía demasiado.
Amarlo era otra cosa. Ella no estaba ahí.
No todavía.
—Bien —dijo Damián, poniéndose de pie—. Si quieres jugar, juega. Pero luego no te arrepientas.
Salió del cuarto.
Sus pasos fueron demasiado rápidos para alguien que decía estar harto.
Luna soltó el aire cuando la puerta se cerró.
Miró la ropa rota en el piso y se tapó la cara.
—¿Pues qué pasó anoche?
Se envolvió con la sábana y abrió el clóset para buscar algo de Damián. Pero lo que encontró la dejó inmóvil.
Ropa de mujer.
Vestidos, faldas, abrigos, prendas de todos los estilos.
Luna tomó una.
Los dedos le temblaron.
Era su diseño.
No parecido. Igual.
De niña y de adolescente había llenado un cuaderno con ropa que soñaba confeccionar algún día: vestidos antiguos, uniformes, trajes de gala, prendas raras, caprichos, locuras. Después del accidente de hace cuatro años, su mano derecha quedó dañada y ya no pudo dibujar. Ese cuaderno también desapareció.
Y ahora sus diseños estaban allí, colgados en el clóset de Damián Alcázar.
Uno por uno.
Hechos a su medida.
El pecho se le apretó.
¿Cuántas cosas había hecho él sin que ella las supiera?
¿Cuántas veces ella eligió odiarlo sin siquiera mirarlo de verdad?
Se bañó rápido. Eligió un vestido rojo, de hombros descubiertos, lo bastante elegante para una boda y lo bastante cruel para mostrar las marcas que Damián le había dejado.
Frente al espejo, vio una versión más joven de sí misma. Fría, pálida, con el cuello marcado.
Perfecto.
Hoy no iba a esconder nada.
Se dio dos palmadas en las mejillas, tomó su bolsa y salió.
El mayordomo la esperaba al pie de la escalera. Apenas la miró, bajó la cabeza.
—Señorita Salcedo, el señor Alcázar la espera en el auto.
—Gracias.
—Para servirle.
Damián estaba en el asiento trasero, revisando documentos como si esa mañana no acabara de cambiarle la vida a nadie.
Luna subió y cerró la puerta.
—Al Registro Civil, por favor.
El chofer miró por el retrovisor. Damián no dijo nada.
—Sí, señorita.
Por fin Damián apartó la vista de los papeles. Sus ojos se detuvieron en los hombros descubiertos de Luna. Sin una palabra, sacó una manta delgada y se la lanzó encima.
Luna la atrapó.
—¿Qué? ¿No puedes ver tu obra?
Señaló las marcas en su cuello.
La primera vez le había dolido durante años. Había despertado en la cama del hombre que creía su enemigo, justo antes de casarse con otro. En su vida pasada, esa noche fue una cadena en su cuello.
Y ahora, aun después de renacer, seguía ahí.
Damián tosió, incómodo por primera vez.
—La próxima vez tendré cuidado.
Luna casi se atragantó.
—¿La próxima vez?
Él la miró como si la pregunta sobrara.
Luna se obligó a respirar. Se sentó derecha, sería.
—Escúchame bien, Damián. Casarme contigo no significa que acepte seguir acostándome contigo. Si no entiendes eso, entonces olvida lo del matrimonio.
El aire dentro del auto se volvió pesado.
Hasta el chofer fingió volverse invisible.
Damián soltó una risa baja.
—¿Y luego?
Luna lo miró, confundida.
Luego entendió.
Creía que otra vez lo estaba usando.
Qué fastidio.
La Luna del pasado había dejado su reputación hecha pedazos.
Ella tomó la manta y la aventó a un lado. Dejó los hombros descubiertos, las marcas a la vista, la barbilla alta.
—No hay luego. Este matrimonio va a pasar. Pero después necesito que cooperes conmigo.