ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue
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La que volvió
El ferry atracó a las 6:47 AM y Marina supo que se había equivocado en cuanto olió el aire de San Cristóbal. Salitre, pescado frito y memoria.
Diez años no habían borrado nada. Solo lo habían oxidado.
Su maleta rodaba sobre el malecón agrietado con un sonido que le raspaba los dientes. Había elegido el primer barco del día para evitar gente. Para evitar _él_. No sirvió de nada.
Ahí estaba él, apoyado en una camioneta negra con el logo de _Vargas Constructora_ grabado en la puerta, más alto, más ancho de hombros, con la misma mandíbula terca que le había arruinado el último año de secundaria. El sol de la mañana le arrancaba reflejos dorados al pelo corto, ahora sin el tinte rebelde que usaba a los 18. Tenía 29 años, traje caro y cara de abogado que acaba de ganar un caso sucio.
Mateo Vargas.
"Marina López", dijo sin moverse. Su voz era más grave. Más lenta. Como si pronunciar su nombre le costara esfuerzo. "Pensé que te habías ido para no volver".
"No me fui por ti". Mintió. Mal. La voz le salió más aguda de lo que quería.
"Claro que no". Respondió él, empujándose de la camioneta. Cada paso que daba hacia ella hacía que su estómago se encogiera como hacía una década. "Te fuiste porque te pillaron copiando en mi examen de física. La profesora Morales nunca te perdonó".
Marina dejó la maleta de golpe. Tenía 28 años, un doctorado en biología marina por la Universidad de Cádiz y cero ganas de discutir con el chico que le había hecho la vida imposible en el colegio San Pedro.
"Tu papá me citó. El arrecife de Punta Negra se muere, Mateo. Y tu resort es el que le está echando cemento encima".
La sonrisa de él se borró como si se la hubieran arrancado.
"Entonces vas a tener un problema. Porque la construcción empieza en 30 días. No se detiene por un informe que te pagó GreenCoast".
"¿Informe pagado? Hice esas muestras a mano. Buceé 40 metros con una botella que tenía una fuga en la válvula". Levantó la mano izquierda. Todavía tenía la cicatriz blanca en el nudillo, recuerdo de cuando se cortó con coral muerto intentando sacar una muestra a las 2 AM. "¿Tú siquiera has bajado a verlo?"
Mateo se detuvo a un metro. Olía a colonia cara y a algo que ella no podía identificar. Café, tal vez. O a la presión de un hombre que lleva años cargando el nombre de su padre.
"Bajé a los 16. Antes de que tu papá decidiera vender su parte del terreno a mi familia". Sus ojos oscuros no parpadeaban. "No me des lecciones de lo que significa ese arrecife para este pueblo".
El viento del mar le pegó en la cara con fuerza, llevándose el olor a sal y dejándole el sabor a rabia en la boca. Treinta días para salvar lo único que le importaba. Y para no matar al único hombre que seguía haciéndole latir el corazón como a los 17, aunque eso la hiciera querer pegarle.
"¿Vas a dejar que tu papá lo convierta en una piscina para turistas con tragos de 20 dólares?"
"Voy a asegurarme de que mi pueblo no se muera de hambre cuando se acabe la pesca". Él se inclinó un poco, bajando la voz. "Tú te fuiste. Yo me quedé. No me vengas ahora con salvadora del mes".
El golpe dolió porque era cierto a medias.
Se fue a los 18 con una beca y no miró atrás. No podía. No después de lo que pasó en la fiesta de graduación. No después de que Mateo le dijera enfrente de todo el curso que ella solo estaba con él por lástima.
"Eso no fue lo que pasó", susurró.
"¿No?" Él ladeó la cabeza. "Entonces cuéntamelo ahora. Tengo 20 minutos antes de mi reunión con el alcalde".
Marina tragó. No iba a darle esa satisfacción. No en el malecón, con tres pescadores mirándolos como si fuera televisión gratis.
"Mándale un saludo a tu papá. Dile que el lunes le llevo el estudio de impacto completo. Si después de leerlo sigue queriendo construir, que lo haga. Pero que sepa que lo hará sabiendo lo que está matando".
Se agachó a recoger la maleta, pero la mano de Mateo le cerró el paso sobre el asa. Su piel estaba caliente.
"Marina".
"Quita la mano, Vargas".
"¿Sigues durmiendo con la luz del baño encendida?"
La pregunta salió de la nada. Estúpida. Personal. La dejó desarmada.
Se quedó quieta. Hacía diez años que nadie le preguntaba eso. Hacía diez años que nadie se había quedado despierto con ella después de las pesadillas, pasándole un vaso de agua sin decir nada.
"Sí", admitió antes de poder detenerse. "¿Y tú sigues coleccionando entradas de conciertos que nunca fuiste?"
El atisbo de sonrisa volvió. Esa sonrisa torcida que siempre significaba problemas.
"Las vendí para pagar la carrera de mi hermana".
Ah. Eso no lo sabía.
Soltó la maleta. No podía seguir ahí. Si se quedaba un minuto más, iba a decir algo de lo que se arrepentiría. O peor, iba a tocarle el antebrazo como hacía antes, solo para sentir que estaba real.
"Nos vemos el lunes, ingeniero".
"Doctora", la corrigió él. "Y no llegues tarde. Mi papá odia esperar".
Se subió a la camioneta sin mirar atrás. El motor rugió y se fue dejando una nube de polvo que le cubrió los zapatos.
Marina se quedó mirando el lugar donde había estado. Diez años. Un doctorado. Tres artículos publicados. Y con una frase la había devuelto a los 18, con el corazón hecho un nudo y las palmas sudando.
"Idiota", murmuró.
Pero no se fue a su casa.
Caminó hacia el muelle 3.
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El agua de Punta Negra estaba más turbia de lo que recordaba.
Se quitó las botas y se sentó en el borde de madera podrida, dejando que los pies colgaran sobre el mar. Desde aquí podía ver las boyas naranjas que marcaban el límite de la construcción. Habían empezado a dragar la semana pasada. Levantaban sedimento del fondo y lo tiraban dos millas mar adentro. Los pescadores decían que los peces se estaban yendo.
Sacó el teléfono. Tenía 12 mensajes de su madre: _"Llegaste bien?", "Comiste?", "No hables mal de los Vargas, hijo, que el padre te da trabajo a tu hermano"_.
Contestó solo uno: _Llegué. Estoy bien. No te metas_.
Luego abrió las fotos.
Las fotos del arrecife que tomó hace tres semanas, en secreto, a las 4 AM cuando los guardias cambiaban turno. Coral cerebro blanqueado. Anémonas muertas. Un pez loro agonizando entre escombros.
La garganta se le cerró.
Había vuelto por esto. No por Mateo. No por el pueblo. Por esto. Por las 200 especies que no tenían voz para decir que se estaban muriendo.
"¿Lloras o solo te entró sal en el ojo?"
La voz le hizo dar un respingo. Se giró rápido y casi se cae al agua.
Era él. Otra vez. Apoyado en un poste, con una bolsa de pan y dos cafés en la mano.
"¿Me seguiste?"
"No necesito seguirte. Este es el único lugar donde vienes cuando estás jodida". Se acercó y le extendió un café. "Negro. Sin azúcar. Como te gusta cuando estás enojada".
Marina lo miró. Luego miró el café. Hacía diez años que no tomaba café con él. La última vez fue después del examen de física. Él le había dicho que si aprobaba, le invitaba un café. Aprobó. Él no apareció.
"No quiero nada tuyo", dijo, pero tomó el café. Estaba caliente. Quema.
Mateo se sentó a su lado, dejando una distancia prudente entre ellos. La que se deja cuando sabes que tocar a la otra persona sería un error.
"Mi papá no va a parar", dijo de repente. "Pero yo sí puedo retrasar las cosas. Dos meses. Tal vez tres".
Marina dejó de mirar el agua.
"¿Por qué harías eso?"
"Porque vi tu informe preliminar", confesó. Sacó unos papeles doblados del bolsillo interior de su saco. "Mi secretaria me lo mandó anoche. No debí leerlo. Pero lo hice".
Sus dedos rozaron los de ella al darle los papeles. El contacto fue eléctrico.
"Hay fotos ahí que no salieron en el informe público", continuó él, sin mirarla. "Una tortuga carey anidando en la zona que van a rellenar. Si eso sale en el periódico, el proyecto se retrasa por ley ambiental. Mínimo seis meses".
Marina sintió que se le cortaba la respiración.
"¿Me estás dando esto?"
"Te estoy dando una oportunidad de ganar tiempo", corrigió él. "No me hagas héroe. Si mi papá se entera, me echa de la empresa".
"¿Y por qué arriesgarte?"
Mateo se quedó en silencio un buen rato. El mar rompía contra las rocas abajo. Una gaviota gritó a lo lejos.
"Porque cuando tenía 17 años te dije que eras una mentirosa", dijo al fin. "Y no dormí bien en seis meses después de eso".
Marina sintió que el café se le hacía piedra en el estómago.
"Mateo..."
"No digas nada". Él se puso de pie, sacudiéndose los pantalones. "Tienes 72 horas antes de que mi papá firme el contrato final. Si vas a usar eso, úsalo bien".
Se fue caminando por el muelle, las manos en los bolsillos, sin mirar atrás.
Marina se quedó con los papeles temblándole en las manos y el corazón haciéndole algo peligroso. Algo que se parecía demasiado a la esperanza.
Abrió la primera foto.
Era ella. A los 17. Durmiendo en la playa después de un día de muestreo, con la cabeza apoyada en su chaqueta. Él le había tomado la foto. Nunca se la había enseñado.
Debajo, con su letra desordenada, había escrito: _"Para cuando vuelvas y me odies menos"_.
La fecha era del 14 de junio de 2015. Tres días antes de la graduación.
Marina cerró los ojos. El mar olía igual. El problema era que ella también.