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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 1

La noche en que el invierno se volvió rojo

El invierno en Rusia no perdona.

Esa fue la primera lección que aprendí.

La segunda fue que el apellido Sergeyev tampoco.

La noche que mi abuela murió, la nieve caía en silencio sobre la dacha familiar. Todo parecía en calma. Demasiado en calma. El aire estaba frío, pero no hostil. La casa estaba iluminada, protegida, vigilada.

O eso creía yo.

—No frunzas el ceño así, Isabella —dijo mi abuela sin apartar la vista de la ventana—. Pareces un soldado esperando guerra en una cena familiar.

Yo estaba de pie, cerca de la puerta. De guardia.

No porque me lo hubieran pedido.

Sino porque necesitaba demostrar que podía hacerlo.

Milan y Alexei estaban en el ala este, revisando informes con mi padre. Idris supervisaba la cena en la cocina, asegurándose de que todo estuviera perfecto, como siempre.

La matriarca estaba bajo mi cuidado.

Y yo estaba orgullosa de eso.

—Estoy alerta —respondí.

Ella sonrió apenas.

—Estar alerta no es lo mismo que estar preparada.

Antes de que pudiera replicar, el mundo se rompió.

El disparo atravesó el vidrio como un trueno.

No hubo advertencia.

No hubo negociación.

El segundo disparo impactó en su pecho.

El tercero confirmó que no era un error.

Todo ocurrió en menos de tres segundos.

Tres segundos que me persiguen desde entonces.

Reaccioné.

Pero tarde.

Corrí hacia ella mientras el vidrio estallaba a nuestro alrededor. El frío entró violento. La nieve comenzó a cubrir el suelo mezclándose con la sangre.

La sostuve antes de que cayera por completo.

—Abuela… —mi voz no parecía mía.

Sus manos, aún firmes, se cerraron sobre mi muñeca.

Sus ojos grises me miraron con una claridad devastadora.

No había miedo en ellos.

Solo decepción… o tal vez fue mi imaginación.

—¿Qué eres? —preguntó con un hilo de voz.

La pregunta me golpeó más fuerte que los disparos.

—Soy Alfa —respondí, temblando.

—Entonces… compórtate como una.

Y su agarre se aflojó.

El peso de su cuerpo cambió.

Su pulso desapareció bajo mis dedos.

El silencio fue peor que el ruido.

Los hombres de seguridad irrumpieron. Milan apareció primero. Alexei detrás de él, arma en mano. Mi padre llegó segundos después.

Aleksander Sergeyev observó la escena como si estuviera evaluando una traición estratégica.

Su madre en el suelo.

Su hija cubierta de sangre.

No gritó.

—Sellen el perímetro —ordenó.

Milan se arrodilló a mi lado.

—¿Qué pasó?

No supe responder.

Porque la verdad era insoportable.

Fallé.

Idris llegó último. Cuando me vio, no miró la sangre. Me miró a mí.

—Isabella… —susurró.

Y en ese tono entendí algo que nadie dijo en voz alta:

Yo debía estar vigilando el perímetro exterior.

Yo debía anticipar el ataque.

Yo debía haber sido suficiente.

El funeral fue blanco.

Demasiado blanco.

Aliados y enemigos asistieron con el mismo respeto fingido. El nombre Sergeyev seguía siendo fuerte. Intocable.

Pero dentro de la familia algo había cambiado.

Milan asumió una postura más rígida.

Alexei estaba sediento de represalias.

Mi padre se volvió aún más silencioso.

Idris me observaba como si temiera que me rompiera.

Y yo…

Yo no podía dejar de escuchar la pregunta.

¿Qué eres?

Esa noche cenamos en silencio.

La silla de la matriarca estaba vacía.

—Encontraremos al responsable —dijo mi padre.

Su voz era firme. Inquebrantable.

No me miró.

Pero tampoco necesitaba hacerlo.

Alexei fue el primero en romper la tensión.

—El tirador tenía información interna.

La palabra “interna” quedó flotando en el aire.

No era una acusación directa.

Pero dolía igual.

Milan me sostuvo la mirada.

—No fue tu culpa.

Pero en nuestra familia, la culpa no necesita declaración formal.

Se siente.

Y yo la sentía en cada respiración.

No dormí esa noche.

Entré en el despacho de mi abuela cuando todos creían que estaba en mi habitación.

Toqué su escritorio. Sus documentos. El mapa donde tenía marcadas rutas y nombres.

Pensé en su pregunta.

Pensé en mi respuesta.

Y entendí que, si me quedaba, siempre sería la Alfa que falló.

La menor que no protegió a la matriarca.

No podía permitirlo.

No en un mundo donde el respeto se construye sobre reputación.

Tomé lo necesario.

Dinero que nadie notaría.

Un pasaporte secundario que sabía que existía.

Ropa oscura. Ligera.

No escribí cartas.

Las despedidas son debilidad.

Me detuve frente a la puerta del dormitorio de mis padres.

El silencio al otro lado era pesado.

Idris siempre decía que podía sentir cuando uno de nosotros estaba herido.

Tal vez esa noche sintió algo.

Tal vez no.

Pero no abrió la puerta.

Bajé las escaleras sin hacer ruido.

El frío me golpeó el rostro al salir.

La nieve cubría todo como si intentara borrar mis pasos.

No miré atrás.

Porque si lo hacía… me quedaría.

Y quedarme significaba vivir bajo la sombra de mi error.

Subí al vehículo que me esperaba en el punto acordado con un contacto que jamás mencionaría.

Mientras nos alejábamos de la propiedad, entendí algo con una claridad brutal:

No estaba huyendo del enemigo.

Estaba huyendo de mí misma.

Del fracaso.

De la culpa.

El avión despegó al amanecer.

Rusia quedó cubierta por una capa blanca interminable.

Y yo dejé de ser solo Isabella.

Me convertiría en algo más frío.

Más fuerte.

Más implacable.

Porque nunca volvería a fallar.

Aunque para lograrlo tuviera que desaparecer.

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