Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La peor idea posible
Rachell
Tokio seguía igual.
Fría.
Elegante.
Perfectamente ordenada.
Pero mi paciencia no.
Llevábamos días encerrados organizando rutas, negociando territorios y reorganizando conexiones después del desastre en Nueva York.
Y convivir con Damien Bloodworth empezaba a sentirse como una guerra diaria.
El estudio de la mansión estaba lleno de mapas, documentos, pantallas encendidas y hombres entrando y saliendo constantemente.
Pierce discutía con uno de los encargados del puerto mientras Yuri revisaba envíos desde una de las computadoras.
Yo estaba inclinada sobre la enorme mesa central revisando números cuando Damien apareció frente a mí dejando una carpeta negra sobre el vidrio.
-Tus rutas de Osaka están lentas.
Levanté apenas la mirada.
-Las tuyas en América perdieron dos cargamentos en una semana.
Pierce soltó un pequeño "ouch" desde el fondo.
Damien ignoró el comentario.
-Estoy hablando en serio.
-Y yo también.
Silencio.
Pesado.
Como siempre.
Tomé otra carpeta revisando documentos.
-Necesitamos cambiar el paso fronterizo de Busan antes de mover las armas.
-No.
Alcé una ceja lentamente.
-¿No?
-Moverlas ahora levantaría sospechas.
-Quedarse quietos es peor.
-Ya envié hombres.
-Sin consultarme.
Él sonrió apenas.
Arrogante.
Odio esa sonrisa.
-No necesito permiso.
-Y yo no necesito corregir tus errores, pero aquí estamos.
Pierce literalmente decidió desaparecer del estudio antes de que explotáramos.
Cobarde.
Damien caminó lentamente alrededor de la mesa mientras hablaba.
-Tenemos que empezar a trabajar mejor juntos.
Solté una risa seca.
-Eso sonó casi civilizado.
-Aunque te cueste creerlo, no quiero discutir contigo todo el tiempo.
-Entonces deja de actuar como un idiota controlador.
-Y tú deja de desafiar cada decisión que tomo.
Lo miré fijamente.
-No nací para obedecer hombres.
Eso le arrancó una sonrisa peligrosa.
-Créeme, ya lo noté.
Volví la atención a los documentos.
-Además, pronto volveremos a América y necesito todo estabilizado aquí antes de irnos.
Eso hizo que levantara la cabeza inmediatamente.
-¿"Volveremos"?
-Sí.
-No pienso quedarme meses en Nueva York otra vez.
-Vas a hacerlo.
-No me des órdenes.
-Es parte del acuerdo.
Sentí la rabia subir lentamente.
-Tu acuerdo no controla mi vida.
-También son tus negocios ahora.
-Mis negocios estaban perfectamente antes de que aparecieras.
-Claro. Y tus rutas casi explotan hace dos semanas.
Me acerqué lentamente a él.
-¿Quieres seguir hablando de errores? Porque puedo empezar por las rubias semidesnudas de tus oficinas.
Su mandíbula se tensó.
Perfecto.
-Otra vez eso.
-¿Qué? ¿Te incomoda?
-No significaba nada.
-Qué alivio para tu club de putas.
Yuri soltó una tos falsa desde el fondo intentando ocultar la risa.
Damien me miró peligrosamente.
-Mide tus palabras.
-¿O qué? ¿Vas a irte otra vez sin decir nada?
-No necesito explicarte cada movimiento.
Escuche de lejos como la puerta se cerro anunciando la salida de Yuri y Pierce, ahora si estábamos completamente solos.
-No. Solo los que involucren mujeres desnudas en tu oficina.
Él soltó una risa oscura.
-¿Celosa, Takahashi?
Eso bastó.
-Ni en tus mejores sueños.
-Entonces deja de actuar como esposa traicionada.
-Y tú deja de comportarte como un imbécil arrogante.
-Difícil cuando me provocas cada cinco minutos.
-Difícil no hacerlo cuando eres insufrible.
El silencio cayó pesado entre nosotros.
Y aun así ninguno retrocedió.
Como siempre.
Demasiado cerca.
Demasiado orgullosos.
-Eres imposible -gruñó él.
-Y tú un desastre con ego gigante.
-Por lo menos no huyo de mis problemas.
-No. Solo te escondes detrás de mujeres fáciles.
La tensión explotó.
Lo vi en sus ojos.
Oscuros.
Intensos.
Peligrosos.
Y antes de que pudiera decir otra cosa...
Damien me besó.
Brusco.
Violento.
Lleno de rabia contenida.
Mi espalda chocó contra la mesa mientras sus manos me sujetaban con fuerza.
Y por un segundo...
El mundo entero desapareció.
Solo quedó él.
El sabor amargo del whisky.
Su respiración.
La tensión acumulada durante semanas enteras explotando entre nosotros.
Debería haberlo empujado.
Debería haberlo golpeado.
Pero le devolví el beso con la misma rabia.
Con el mismo caos.
Con todo el orgullo destruido entre nuestras bocas.
Y eso fue todavía peor.
Porque Damien respondió inmediatamente.
Más intenso.
Más profundo.
Como si llevara demasiado tiempo conteniéndose.
El aire se volvió pesado.
Peligroso.
Sus manos bajaron apenas hacia mi cintura mientras yo sujetaba su camisa entre mis dedos.
Y entonces...
Nos separamos bruscamente.
Silencio.
Los dos respirando fuerte.
Mirándonos como si acabáramos de cometer un error gigantesco.
Nadie habló.
Nadie supo qué decir.
Porque eso jamás debió pasar.
Jamás.
Damien seguía demasiado cerca.
Yo podía sentir su respiración todavía.
Sus ojos bajaron otra vez hacia mis labios.
Y maldita sea...
Esta vez fui yo quien lo besó.
Más lento al principio.
Pero solo duró un segundo.
Porque él volvió a sujetarme de la cintura acercándome completamente contra su cuerpo.
El beso se volvió intenso otra vez.
Desordenado.
Peligroso.
Como una pelea donde ninguno quería perder.
Mi corazón golpeaba demasiado rápido.
Y odiaba eso.
Odiaba que él pudiera hacerme sentir así.
Damien apoyó la frente contra la mía apenas nos separamos otra vez.
Respiración agitada.
Silencio absoluto.
-Esto es una pésima idea -murmuré.
Él soltó una risa baja.
-La peor que hemos tenido.
Y aun así...
Ninguno de los dos quería apartarse de los besos.