La emotiva historia de dos gemelos que no sabían la existencia de su padre. Cuando lo conocen muchos sentimientos encontrados se posesionaron de su mente y de su corazón.
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¡Dios mío!, se parecen bastante a Marco
Marco y Gisela estaban de luna de miel. Después de tantos contratiempos, por fin la vida les sonreía. Cada uno por su lado habían sufrido lo indecible; pero ahora todo eso había quedado en el pasado.
Visitaron varios pueblos cercanos a Cancún. Todos esos paseos estuvieron llenos de emotividad. Gisela, ni en sus sueños más caros había ido a esos lugares tan hermosos.
Marco también disfrutaba como nunca. La vida le devolvía mucho de lo que le había negado. Ahora estaba casado, tenía un hijo de sangre, tres por decisión, además de hermanos y hermanas. Era muy feliz, su familia era tan numerosa como antes estaba vacía.
¿Sabes, amor?, tú me has traído la felicidad, mi vida siempre estuvo vacía de amor. Nunca tuve nada en la vida, tú eres mi mayor felicidad.
Y tú la mía. Me sentí morir cuando te fuiste con Bertha de vacaciones, aunque fue por una buena causa, no dejaba de sentirme muy celosa.
Ay Gisela, perdón por todo el daño que te hice sin proponérmelo.
Bueno, dejemos eso en el pasado, lo que verdaderamente importa es que tú y yo nos amamos y estamos juntos.
La pareja de enamorados regresaron al hotel, ya era tarde y estaban muy cansados, pero eso no les impidió que se entregaran a la pasión.
Marco era un hombre muy apuesto, hermoso, elegante, y Gisela gozaba de un hermoso cuerpo. Además de su juventud.
Las manos de Marco recorrían el cuerpo de su amada, libres y sin censura.
Gisela se dejaba querer, sentía escalofríos por todo el cuerpo. Su amor iba más allá de todo lo posible. Su ritual del amor duró hasta altas horas la noche, cuando quedaron exhaustos, se durmieron abrazados.
El nuevo día llegó con malas noticias...
Se había llegado la hora de regresar a su casa, al barullo de toda la gente que vivía ahí.
¿Ya están listas las maletas?, el taxi no tarda en llegar, preguntó Marco y le dio un beso.
Sí, amor, ya está todo listo. El solo hecho de abandonar este lugar me pone triste, disfruté como nunca a tu lado.
Y yo también disfruté mucho, amor, pero nos espera un mar de familia, jajaja.
Tú lo has dicho, un mar de familia.
Así las cosas, el regreso se hizo en silencio.
En la casa-restaurante los recibieron con "bombos y platillos".
En la entrada, una lona grande adornaba la puerta.
"Bienvenidos, Gisela y Marco".
Los abrazos de todos los presentes los envolvieron. Había mucha calidez y buenos deseos.
Varios días después...
Amor, necesitamos contratar más personal, sobre todo otro chef para que se haga cargo del anexo, ya no nos damos abasto.
Édgar ya se hizo cargo de eso, espero que los aspirantes lleguen pronto, dijo Gisrla, en sus manos aún tenía la cuchara con la que estaba moviendo el guiso.
(Para los que no saben, Édgar es el hermano de Marco).
Para las 12 del mediodía, el restaurante estaba lleno a reventar. Édgar había sido ascendido a contador, él se hacía cargo de las finanzas. Todo lo que entraba y salía de dinero era supervisado por él. También se encargaba de anotar todos los pedidos, tenía todo bajo control.
Marco se encargaría de entrevistar a los posibles uevos trabajadores.
Para las seis de la tarde, la clientela disminuyó.
Marco había citado a los posibles empleados a las 6:30 de la tarde para no estar a las carreras.
Había varios chicos entre 20 y 30 años, y algunas chicas jóvenes. A Marco le pareció que no daban la talla, pero aun así los entrevistó uno a uno, pacientemente.
A las 7:30 ya había entrevistado a todos.
Gracias, yo les llamo, dijo Marco tratando de no desilusionarlos. No era lo que buscaba.
Gisela entró al despacho.
¿Cómo te fue, amor?, preguntó, acercándose mucho a Marco.
Pues, los chicos estaban muy dispuestos, pero ninguno sabía nada de cocina.
Eso es lo de menos, yo puedo enseñarlos.
¿De verdad harías eso?, mira que será muy pesado para ti.
No te preocupes, yo puedo hacerlo.
Bueno, entonces tendré que escoger a cuatro, dos meseros y dos cocineros.
Muy bien.
Los citaré para mañana a las 9 para que vayan familiarizándose.
De acuerdo, entre más pronto les empiece a enseñar, mejor.
Marco revisó los documentos de cada uno.
De entre ellos seleccionó 4.
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A esa misma hora dos chicos revisaban los anuncios del internet.
Mira, Alex, están solicitando personal en el restaurante ese del que te hablé.
Justo lo que andamos buscando, dijo Santos.
Ambos chicos eran gemelos, habían quedado huérfanos desde que nacieron, ya que su madre falleció al darlos a luz. Los abuelos maternos los criaron. Nunca supieron quién era su padre. La versión que les dieron los abuelos fue que su padre los abandonó al enterarse de que Juanita estaba embarazada.
Ellos crecieron con esa idea. Ansiaban encontrar a su padre para reclamarle su abandono, pero por más que investigaban no habían dado con él. No tenían ningún indicio, nada para iniciar una búsqueda. Tal parecía que se lo había tragado la tierra.
Ambos chicos estaban decididos a presentarse en el restaurante. Estaban lo suficientemente preparados para ese trabajo como chefs.
Santos y Alex llevaban el arte culinario en la sangre.
A ellos les gustaba preparar diferentes platillos, para halagar el paladar del más exigente de los comensales.
Al ver el anuncio en internet no lo dudaron ni un segundo y decidieron presentarse en el acto sin importar la hora.
¿Crees que el dueño nos atenderá?, mira la hora que es, son las 8 de la noche, dijo Santos dudando de si deberían ir o no.
No importa, total, si no nos aceptan nos vamos y san se acabó, dijo Alex con total tranquilidad.
Tú como siempre muy tranquilo, ¿no tienes temor de que nos echen con cajas destempladas?, dijo Santos algo nervioso.
Ya, no es para tanto. Necesitamos ese trabajo, nuestros abuelos ya no pueden andar de allá para acá.
Está bien, pues vamos entonces.
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¿Sabes qué, amor?, estos cuatro son los que van a venir mañana, los voy a llamar de inmediato.
En eso el timbre de la puerta los sorprendió.
¿Quién puede ser a esta hora?, preguntó Marco, intrigado.
Ni idea, respondió Gisela.
Édgar tocó a la puerta del despacho.
Pasa, dijo Marco.
Dos chicos quieren hablar contigo.
Marco levantó las cejas, quienquiera que sea, no son horas para visitas y menos para entrevistas.
Édgar se encogió de hombros, como digas.
Iba a salir del despacho, pero Marco lo detuvo. Espera, voy a hacer una excepción. Déjalos entrar.
Te espero en la alcoba, dijo Gisela, cansada del trabajo del día.
Gisela sintió algo raro, pero no supo qué era al ver a los dos chicos.
De pronto, una idea se cruzó por su mente: "¡Dios mío!, se parecen bastante a Marco".