Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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El encuentro que lo cambió todo
Wishcalia entró en la sala de juntas como si el edificio entero le perteneciera. Tacones altos, traje negro entallado que marcaba cada curva con precisión militar, y una mirada que hacía que los hombres más poderosos de la ciudad bajaran la vista sin atreverse a sostenerla más de dos segundos.
A sus treinta y dos años, era dueña de una de las firmas de consultoría estratégica más respetadas del país. No pedía permiso. No negociaba debilidades. Decidía. Y el mundo, la mayoría de las veces, obedecía.
Esa mañana de otoño, la reunión era con un importante grupo hotelero que necesitaba salvar su imagen después de un escándalo. Wishcalia había preparado la estrategia en menos de cuarenta y ocho horas. Mientras exponía los puntos clave con voz firme y clara, sintió una mirada distinta entre los presentes.
Al final de la larga mesa de caoba, un hombre la observaba sin disimulo. No con la habitual mezcla de deseo y temor que ella provocaba. Había algo más: curiosidad, respeto y un brillo peligroso en sus ojos verdes.
Alexander Montenegro. Heredero del imperio hotelero Montenegro, pero no el típico hijo de papá. Se rumoreaba que había rechazado la presidencia para construir su propio camino en el extranjero y que acababa de regresar para tomar las riendas tras la muerte de su padre.
Cuando la reunión terminó y los aplausos educados llenaron la sala, él se acercó sin prisa.
—Señorita Wishcalia —dijo con una voz grave que parecía acariciar el aire—. Ha sido… impresionante. No suelo quedarme sin palabras, pero hoy lo has logrado.
Ella arqueó una ceja perfecta, cruzando los brazos bajo el pecho.
—Señor Montenegro, si cree que un cumplido genérico va a hacerme bajar la guardia, está muy equivocado.
Alexander sonrió. Una sonrisa lenta, segura, que le marcó un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—No era un cumplido genérico. Era la verdad. Usted no solo salvó la cuenta. Dominó la habitación. Me pregunto si alguna vez alguien la ha dominado.
El silencio que siguió fue eléctrico. Wishcalia sintió un calor inesperado subir por su cuello. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía.
—Nadie lo ha intentado dos veces —respondió ella, con la voz baja y cortante como un filo.
—Entonces seré el primero —replicó él sin apartar la mirada.
Esa misma noche, contra todo pronóstico, cenaron juntos.
Wishcalia había cancelado una reunión importante solo para aceptar la invitación. Mientras cortaba el filete con precisión quirúrgica, lo estudiaba. Alexander era alto, de hombros anchos, con el cabello oscuro ligeramente revuelto como si acabara de bajar de un yate. Tenía esa clase de atractivo que no gritaba, sino que susurraba peligro.
Hablaban de negocios, de viajes, de arte. Pero debajo de cada palabra había una corriente subterránea. Cada vez que él sonreía, ella sentía que perdía un poco el control. Y a Wishcalia no le gustaba perder el control.
—¿Por qué yo? —preguntó de pronto, dejando el tenedor sobre el plato—. Podría haber invitado a cualquiera de las mujeres que lo miraban en esa sala como si fuera un premio.
Alexander se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos verdes atraparon a los de ella.
—Porque ninguna de ellas me miró como si pudiera comerme vivo y escupir los huesos si me atrevía a desafiarla. Usted lo hizo. Y me gustó.
Wishcalia soltó una risa corta, casi incrédula.
—Eres peligroso, Alexander.
—Y tú eres adictiva, Wishcalia.
Seis meses después, estaban comprometidos.
La boda fue un evento que ocupó portadas de revistas. Wishcalia eligió un vestido blanco impecable, con escote profundo en la espalda y una cola que parecía interminable. Caminó hacia el altar con la cabeza alta, sin lágrimas, sin temblores. Cuando Alexander la vio, su expresión cambió. Por primera vez, él pareció vulnerable.
—Estás… increíble —susurró cuando ella llegó a su lado.
—Lo sé —respondió ella con una sonrisa pequeña, solo para él.
La noche de bodas fue fuego y entrega. Wishcalia no se sometió. Mandó. Y Alexander, por primera vez en su vida, se dejó llevar gustoso.
Un año más tarde nació su primer hijo: un niño al que llamaron Mateo. Dos años después llegó Sofía. La casa, una mansión moderna con vistas al mar, se llenó de risas, juguetes y noches en las que Wishcalia, por primera vez, se permitía llegar a casa y quitarse la armadura.
—Nunca pensé que querría esto —le confesó una noche a Alexander mientras veían dormir a los niños—. Controlar el mundo… y después volver aquí y dejar que tú me controles a mí.
Él la abrazó por detrás, besándole el cuello.
—Solo cuando tú lo permitas, mi reina.
Todo parecía perfecto.
Hasta que, tres años después del nacimiento de Sofía, la suegra decidió que ya era suficiente.
Doña Elena Montenegro llegó una tarde de domingo sin avisar, con su habitual sonrisa de porcelana y ojos que cortaban como navajas. Era una mujer elegante, de cabello plateado impecable y modales impecables… que escondían un veneno lento y preciso.
—Querida Wishcalia —dijo mientras besaba el aire cerca de su mejilla—, qué bien te ves. Aunque un poco… cansada. Criar dos niños y seguir dirigiendo tu empresa debe ser agotador. ¿No crees que ya es hora de que te dediques solo a la familia? Mi hijo necesita una esposa que esté presente, no una que llegue a las diez de la noche con olor a oficina.
Wishcalia sonrió con frialdad.
—Elena, agradezco tu preocupación. Pero yo decido cómo equilibro mi vida. Y Alexander parece bastante contento con la forma en que lo hago.
La suegra soltó una risa suave.
—Por supuesto, querida. Solo quiero lo mejor para mi hijo… y para mis nietos. Sabes que siempre he apoyado tu matrimonio. Aunque… —hizo una pausa dramática— a veces me pregunto si no habría sido mejor que Alexander se hubiera quedado con alguien más… compatible.
Wishcalia sintió la punzada, pero no lo demostró.
Esa noche, después de acostar a los niños, Alexander llegó tarde. Olía a whisky y a un perfume que no era el suyo.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella desde la cama, con voz tranquila pero firme.
—Una cena de negocios con mi madre. Ya sabes cómo es.
Wishcalia se incorporó, mirándolo fijamente.
—No me mientas, Alexander. Nunca lo hagas.
Él suspiró y se sentó en el borde de la cama.
—Mi madre solo… mencionó a Camila. Dijo que la vio el otro día. Que está de regreso en la ciudad.
Camila. El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque quieto.
La primera novia de Alexander. La mujer con la que había estado prometido antes de conocer a Wishcalia. La que todos decían que era “más adecuada” para el mundo de los Montenegro.
Wishcalia sintió cómo su estómago se apretaba, pero su voz salió fría y controlada:
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Nada —respondió él rápidamente, tomando su mano—. Absolutamente nada. Solo que mi madre… a veces no sabe cuándo callarse.
Wishcalia retiró la mano con suavidad pero con decisión.
—Dile a tu madre que si vuelve a mencionar a Camila en mi casa, voy a ser yo quien le explique personalmente por qué no debe hacerlo.
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando el mar oscuro.
Por fuera seguía siendo la misma mujer indomable.
Por dentro, por primera vez en años, sintió un pequeño temblor.
El pasado había regresado.
Y la suegra acababa de abrirle la puerta.
Wishcalia apretó los puños.
Nadie le quitaría lo que había construido.
Ni siquiera el fantasma de un primer amor.