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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

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Capítulo 14: La Identidad Robada

El aire en el refugio de Niclaus era viciado, una mezcla de tabaco rancio, ozono de servidores encendidos y el sudor frío de dos hermanos que habitaban una tumba social. Marta se miró en el pequeño espejo del baño. Ya no quedaba rastro de la gran dama de la Fundación Valmont. Su cabello, antes un casco de oro perfecto, ahora lucía oscuro, teñido con un tinte barato de farmacia. Sus ojos, privados de maquillaje caro, parecían dos pozos de obsidiana sedientos de una verdad que quemaba.

​—¿Estás lista para morir otra vez, Marta? —la voz de Niclaus resonó desde la habitación principal.

​Ella salió, ajustándose una peluca castaña y unos anteojos de montura gruesa. Su nueva identidad era Ana Reyes, una bibliotecaria solitaria con un currículum falsificado que la situaba como una experta en gestión de archivos históricos. Era el caballo de Troya perfecto para entrar en la mansión de los De la Vega.

​Capítulo 14: La Identidad Robada

​I. El Palacio de Cristal de Isabel

​La mansión del Magistrado De la Vega en las colinas de la ciudad era una afrenta a la memoria de los Blackwood. Piedra blanca, jardines podados con precisión quirúrgica y una paz que resultaba violenta para quien conocía el caos. Marta, ahora Ana, caminaba por el sendero de gravilla sintiendo el peso de la grabadora oculta en su pecho.

​Isabel de la Vega la recibió en el solárium. Al verla, Marta sintió que el corazón se le detenía. Era Elena. Era la misma nariz recta, la misma forma de inclinar la cabeza, pero sus ojos... sus ojos estaban limpios. No había rastro del humo del sótano, ni de la regla del Maestro, ni del terror de la traición. Isabel era una mujer que nunca había tenido que elegir entre su vida y la de otro.

​—Gracias por venir, Ana —dijo Isabel, ofreciéndole una mano suave y tibia—. Mi padre, el Magistrado, tiene una biblioteca privada que necesita orden. Hay documentos que datan de hace treinta años que están empezando a deteriorarse.

​—Es un honor, Sra. De la Vega —respondió Marta, forzando una voz tímida—. Me apasiona rescatar lo que el tiempo intenta borrar.

​Isabel sonrió, una sonrisa radiante que a Marta le dolió como una bofetada. —A veces es mejor que el tiempo borre las cosas, ¿no cree? Pero mi padre es un hombre sentimental con sus papeles.

​Marta la siguió por los pasillos de la mansión. Cada paso era una tortura. Veía a su hermana moviéndose con una gracia natural, ajena al hecho de que a pocos kilómetros, su hermano biológico vivía en una cloaca tecnológica planeando su destrucción. Isabel hablaba de galas benéficas y de su amor por la música clásica, mientras Marta recordaba cómo Elena solía tararear canciones de cuna para calmar los temblores de Niclaus.

​II. El Archivo del Magistrado

​Una vez sola en la biblioteca, Marta comenzó su labor. Pero sus ojos no buscaban incunables o registros legales. Buscaba la carpeta con el sello de la Fundación Blackwood.

​Niclaus le había dado una frecuencia de radio específica. —Si encuentras el servidor privado del Magistrado, conéctate. Yo haré el resto —le había dicho.

​Marta encontró una caja fuerte oculta tras una edición de lujo de La Divina Comedia. Con la destreza que solo da la desesperación, usó un dispositivo de escucha que Niclaus le había entregado. Los clics de la cerradura rítmicos, clac, clac, clac, la devolvieron por un segundo al sonido de los soldados de plomo.

​Al abrirla, no encontró dinero. Encontró cintas de video. VHS viejos con etiquetas escritas a mano: "Sujeto 03 - Adaptación".

​Puso la cinta en un reproductor antiguo que había en un rincón de la biblioteca. La pantalla mostró una habitación blanca. Una niña de diez años, Elena, estaba sentada en una silla. Un hombre de espaldas —el Magistrado joven— le hablaba con una voz suave, casi hipnótica.

​—No te llamas Elena, querida —decía el hombre—. Eso fue un mal sueño. Te llamas Isabel. Eres mi hija. Niclaus no existe. Marta no existe. El fuego nunca ocurrió.

​La niña en la pantalla lloraba, llamando a sus hermanos, pero cada vez que lo hacía, un enfermero le aplicaba una pequeña descarga eléctrica en el brazo. Vio cómo, sesión tras sesión, la luz de Elena se apagaba para dar paso a la máscara de Isabel.

​Marta sintió una furia que nunca antes había experimentado. No era la furia egoísta de su supervivencia; era una ira pura, volcánica, contra los hombres que habían despedazado a su familia para sus propios fines.

​III. La Sombra de Aranda en Ginebra

​Mientras Marta descubría los horrores en la mansión, el Detective Aranda se encontraba en una oficina gris en Ginebra, Suiza. Frente a él, un banquero de rostro impasible le entregaba un sobre lacrado.

​—Estos son los registros de la cuenta de "Isabel de la Vega" —dijo el banquero—. Pero hay un detalle que quizás le interese, detective. El dinero que llega a esta cuenta no proviene de la Fundación Valmont. Proviene de una cuenta puente en las Islas Caimán, cuyo beneficiario final es... la familia Valmont original. Los padres de Marta y Niclaus.

​Aranda frunció el ceño. —¿Los padres? ¿Pero no murieron en un accidente hace décadas?

​—Oficialmente, sí —respondió el banquero—. Pero los depósitos se siguen realizando. Alguien, en algún lugar, está usando la fortuna de los Blackwood para mantener a Isabel en su jaula de oro. Y ese alguien firmó los últimos documentos de transferencia hace apenas una semana.

​Aranda miró la firma en el documento. No era la firma de Marta. No era la de Niclaus. Era una firma elegante, antigua, que decía: "El Maestro".

​El detective sintió un escalofrío. Si el Maestro estaba muerto, como Marta decía, ¿quién estaba operando las cuentas? ¿Y si el búnker no era una tumba, sino un centro de control que aún seguía activo?

​IV. El Encuentro en el Jardín

​De vuelta en la mansión De la Vega, Marta salió al jardín para recuperar el aliento. El aire fresco no lograba quitarle el olor a ozono y hospital de las cintas de video. Isabel estaba allí, cortando rosas blancas.

​—Ana, se ve pálida —dijo Isabel, acercándose—. ¿La biblioteca es demasiado sofocante para usted?

​—Solo... recordé algo —mintió Marta, mirando a su hermana a los ojos. Por un momento, tuvo el impulso de tomarla de los hombros y gritarle: ¡Despierta, Elena! ¡Estamos aquí! ¡Niclaus está vivo!.

​Pero en ese instante, el teléfono de Isabel sonó. Ella contestó con una sonrisa, pero su expresión cambió a una de absoluta confusión.

​—¿Hola? ¿Quién habla? —Isabel guardó silencio un momento. Marta vio cómo el color desaparecía del rostro de su hermana—. ¿Nicholas? No conozco a ningún Nicholas... ¿Un soldadito de plomo? No entiendo de qué me habla...

​Isabel colgó, temblando. Miró a Marta con los ojos llenos de una angustia antigua que empezaba a emerger de las profundidades de su memoria bloqueada.

​—Era un hombre —susurró Isabel—. Dijo que "yo nunca me fui". Dijo que el fuego está volviendo. Ana... ¿por qué siento que conozco esa voz?

​Marta se dio cuenta de que Niclaus había roto el pacto. Había llamado directamente a Isabel. La obsesión de su hermano estaba superando su estrategia. Niclaus no quería que Elena despertara poco a poco; quería que el trauma la golpeara como un mazo, sin importarle si la destruía en el proceso.

​—Tiene que entrar en la casa, Sra. De la Vega —dijo Marta, su voz volviéndose fría y protectora—. Cierre las puertas. Yo... yo terminaré mi trabajo mañana.

​Marta se alejó de la mansión, corriendo hacia el coche donde Niclaus la esperaba en las sombras del bosque. Al entrar, le propinó una bofetada que resonó en todo el vehículo.

​—¡Casi lo arruinas todo! —le gritó—. ¡Ella está empezando a recordar, pero no de la forma correcta! La vas a matar antes de que sepa quiénes somos.

​Niclaus se tocó la mejilla, con una sonrisa maníaca en los labios. —Ella necesita sentir el miedo, Marta. Es la única forma de romper el condicionamiento del Magistrado. La reina blanca tiene que caer para que nosotros podamos reinar en el tablero.

​—No eres tú quien decide eso —respondió Marta, sacando de su bolso la cinta VHS que había robado—. Mira esto, Niclaus. Mira lo que le hicieron. No fue solo el Maestro. Fue el Magistrado. Fue tu padre. Fueron todos.

​Niclaus miró la cinta, y por primera vez, Marta vio una lágrima correr por el rostro de su hermano. No era una lágrima de tristeza, sino de un odio puro, destilado durante veinte años.

​—Entonces no quemaremos solo su memoria —susurró Niclaus—. Quemaremos su mundo entero. Mañana, Marta, la función de caridad de los De la Vega será el escenario de nuestro acto final.

​Marta miró hacia la mansión iluminada en la colina. Sabía que el Capítulo 15 no sería una infiltración, sino una declaración de guerra. Y ella, la que siempre había vigilado y castigado, tendría que decidir si salvaría a su hermana o si se hundiría con su hermano en el abismo definitivo.

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