Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
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CAPÍTULO 8 — La verdad tiene dueño
No esperé a que terminara la cena.
No esperé a que nadie me detuviera.
Y, por primera vez desde que todo esto comenzó… no pensé.
Solo corrí.
El aire nocturno me golpeaba el rostro mientras salía de esa casa que nunca sentí como un lugar… sino como una jaula elegante. Mis pasos eran rápidos, desordenados, pero firmes. No podía quedarme ahí un segundo más.
No después de lo que había escuchado.
No después de la mirada de mi madre.
No después del silencio de Alessio.
Conseguí un auto. No recuerdo cómo. No recuerdo qué dije. Solo recuerdo repetir una dirección una y otra vez como si fuera lo único que me mantenía en pie.
El lugar donde estaba mi padre.
Ese maldito lugar que siempre odié.
Las luces blancas del edificio me recibieron como una advertencia. Frías. Inertes. Deshumanizadas.
Pero esta vez… no dudé.
Entré.
El olor a desinfectante me golpeó de inmediato, trayendo recuerdos que nunca quise tener. Pasillos largos. Puertas cerradas. Miradas perdidas.
Todo seguía igual.
Menos yo.
—Vengo a ver al paciente Orlov —dije, con una seguridad que no sentía.
La recepcionista apenas levantó la vista.
—Horario de visitas terminó.
Apreté los dientes.
—No me importa.
Algo en mi tono debió hacerla reconsiderar, porque después de unos segundos incómodos, suspiró.
—Cinco minutos.
No respondí.
No lo necesitaba.
Caminé por esos pasillos como si cada paso me acercara a algo que no iba a poder deshacer.
Y cuando finalmente llegué…
Me detuve.
Mi mano quedó suspendida frente a la puerta.
Por un segundo, dudé.
No por miedo.
Sino porque una parte de mí sabía…
Que después de esto, nada iba a ser igual.
Abrí.
Él estaba ahí.
Sentado.
Más delgado. Más cansado. Más… humano de lo que recordaba.
Sus ojos se alzaron lentamente hacia mí.
Y por un segundo…
Vi al hombre que solía ser.
—Valeria… —su voz salió rota.
Mi pecho se apretó.
—Papá…
Cerré la puerta detrás de mí.
—¿Qué está pasando? —pregunté sin rodeos—. Mamá dice que estás mejor… que vas a salir.
Una sombra cruzó su rostro.
Y en ese instante…
Lo supe.
—No —susurré—. No es verdad.
Él bajó la mirada.
—Valeria…
—Dime la verdad —exigí, sintiendo cómo el corazón me latía en la garganta—. Ahora.
El silencio se hizo pesado.
Y entonces habló.
—Fui yo.
El mundo se quebró.
—¿Qué…?
—Yo hice el trato.
Las palabras fueron claras.
Sin adornos.
Sin excusas.
—¿De qué estás hablando?
Mi voz tembló, pero no me importó.
—Con Alessio Vercetti.
Mi respiración se detuvo.
—No…
—Lo perdía todo —continuó, como si necesitara justificarlo—. Las empresas, el dinero… todo. Él era la única solución.
Sentí náuseas.
—¿Y me vendiste?
El silencio fue su respuesta.
Mis ojos ardieron.
—¿Me vendiste?
—No tenía opción —dijo finalmente—. Era eso o quedarnos en la calle.
Una risa vacía salió de mis labios.
—Preferiste venderme.
—Te aseguré un futuro.
—Me destruiste la vida.
Las palabras salieron sin control.
Sin filtro.
Sin vuelta atrás.
Él cerró los ojos un segundo.
—No entiendes…
—No —lo interrumpí—. No quiero entender.
El silencio volvió.
Pero no duró mucho.
—Tu madre… —empezó.
Algo en su tono me hizo tensarme.
—¿Qué pasa con ella?
Dudó.
Y eso fue suficiente.
—Dímelo.
—Fue ella quien habló con el psiquiatra.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No necesitaba estar aquí tanto tiempo —continuó—. Pero ella… se aseguró de que no saliera.
El aire se volvió irrespirable.
—No…
—Quería el control total.
Cada palabra era una puñalada.
—De todo.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía definitivamente.
No quedaba nada.
Nada.
—¿Y tú? —pregunté en voz baja—. ¿También eres víctima?
No respondió.
No podía.
Porque ambos sabíamos la verdad.
Di un paso atrás.
Luego otro.
—Valeria…
—No.
Levanté la mano.
—No me llames así.
Mi voz ya no era la misma.
Era más fría.
Más vacía.
Más… decidida.
—Lo arreglaré —dijo—. Puedo hablar con él…
Una risa amarga escapó de mí.
—Ya hablaste suficiente.
Me giré.
No iba a quedarme ahí un segundo más.
No después de eso.
No después de perderlo todo en una sola conversación.
Abrí la puerta.
Y salí.
El pasillo se sentía más largo que antes.
Más pesado.
Más real.
Pero no me detuve.
No hasta que crucé la salida.
No hasta que el aire volvió a golpearme el rostro.
Y entonces lo vi.
Alessio Vercetti.
Recostado contra una pared.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Esperándome.
Observándome.
Su mirada se clavó en la mía sin esfuerzo.
—No soy el malo aquí.
Mi pecho subió y bajó con fuerza.
Pero esta vez…
No sentí miedo.
Sentí claridad.
—Lo sé.
Las palabras salieron sin temblor.
Eso fue lo que lo sorprendió.
Lo vi.
—Entonces —dijo, incorporándose lentamente—, ¿qué vas a hacer?
Di un paso hacia él.
Luego otro.
Hasta quedar frente a frente.
A su altura.
A su nivel.
—Acepto.
El silencio se hizo denso.
—Nos casaremos mañana.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Interés.
Sorpresa.
Algo más.
—No quiero invitados —continué—. No familia. No celebraciones.
Me incliné apenas hacia él.
Lo suficiente.
—Pero quiero que todos se enteren.
Su mirada no se apartó de la mía.
—¿De qué?
Sonreí.
Pero no fue una sonrisa suave.
Fue fría.
Decidida.
Irreversible.
—De que soy la señora Vercetti.
El aire entre nosotros cambió.
Y esta vez…
No fui yo la que perdió.