Matrimonio por conveniencia
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Capítulo 9: El sastre, El Desastre y El Regalo de Alessandra
El atelier de *Monsieur Pierre* era el epítome de la elegancia rancia.
Paredes de caoba, olor a cedro y lavanda, y un silencio que solo era interrumpido por el siseo de las tijeras sobre la seda italiana.
Alessandra Valeriano estaba de pie, con los brazos cruzados, observando a Dante como un general examina a un recluta problemático.
César Iván Castro, sentado en un diván de terciopelo, sostenía una tablet y un café negro. Su rostro era un poema de resignación.
«Otra hora de mi vida que no recuperaré», pensó, ajustándose las gafas mientras veía a *Monsieur Pierre*, un hombre bajito y nervioso, orbitar alrededor de Dante con una cinta métrica.
Dante estaba de pie sobre una plataforma circular, vistiendo solo unos calzoncillos de diseñador negros que no dejaban absolutamente nada a la imaginación.
Su cuerpo, esculpido por horas de gimnasio y una genética insultante, parecía una estatua de bronce bajo las luces de la sastrería.
—*Monsieur* —dijo Pierre, con un acento francés exagerado—, este hombre... *c'est magnifique*. Sus proporciones son perfectas. El traje de tres piezas en lana virgen color carbón será... *chef d'oeuvre*.
—No quiero un *chef d'oeuvre*, Pierre —interrumpió Alessandra, su voz cortando el aire—. Quiero un traje que lo haga parecer un filántropo sobrio, no el protagonista de una fantasía de soltera. Y asegúrate de que el chaleco sea lo suficientemente ajustado como para recordarle que debe mantener la postura... y la boca cerrada.
Dante soltó una carcajada ronca, girando lentamente sobre la plataforma.
Miró a Alessandra a través del espejo gigante, con una chispa de pura malicia en los ojos.
—Pierre, mi buen amigo —dijo Dante, inclinándose ligeramente hacia el sastre—, ignora a la jefa. Ella está un poco... tensa últimamente. Escucha mis especificaciones: el saco tiene que ser ajustado en el pecho. Muy ajustado. A mi mujer —Dante guiñó un ojo a Alessandra en el espejo— le encanta cómo resalta mis pectorales cuando la abrazo. Dice que le da una sensación de... seguridad. Y a mí... a mí me encanta cómo ella babea por mí cuando uso camisas que amenazan con reventar los botones. Es un juego que tenemos, ¿sabes?
Alessandra sintió un tic en el ojo izquierdo.
Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Dante —siseó ella, cada palabra cargada de una promesa de castración quirúrgica—, si vuelves a usar la palabra "babear" y mi nombre en la misma frase, juro que te haré usar un bozal para la gala.
César dejó escapar un gemido ahogado en el diván.
«Dios mío... ¿Por qué no estudié contabilidad?», pensó
A estas alturas César staría revisando auditorías en un sótano tranquilo, no escuchando las fantasías eróticas de un gigoló y su jefa desalmada.
Dante ignoró la amenaza y continuó, disfrutando cada segundo de la furia de Alessandra.
Pierre, el sastre, estaba rojo como un tomate, alternando miradas entre la cinta métrica y la pareja enloquecida.
—Y Pierre, una cosa más —dijo Dante, bajando la voz a un tono confidencial que resonó en toda la habitación—, la parte del pantalón... la entrepierna. Necesito que la cortes con una precisión... quirúrgica. No queremos accidentes en la pista de baile, pero tampoco queremos que el "Regalo de Alessandra" para el mundo se pierda en un exceso de tela. Dejemos que el diseño desta—
Dante no pudo terminar la frase.
Antes de que la palabra "destaque" saliera de sus labios, Alessandra cruzó la distancia que los separaba con una velocidad inhumana.
Saltó sobre la plataforma de madera y le cubrió la boca con ambas manos, estampándolas con una fuerza que hizo que la cabeza de Dante se echara hacia atrás.
—¡Cállate! ¡Cállate de una vez, animal! —gritó ella, con el rostro a centímetros del suyo. La furia y la indignación hacían que su perfume cítrico chocara con el olor a sándalo y sudor ligero de Dante.
El tiempo se detuvo en el atelier.
Monsieur Pierre dejó caer las tijeras al suelo.
César, en el diván, se quedó petrificado, con la boca abierta en una mueca indescifrable, una mezcla de horror, shock y una extraña fascinación voyerista.
Su cara era un poema que gritaba: *"¿Me voy para no presenciar un asesinato o me quedo para ver cómo termina esta locura de 'Pasión de Gavilanes'?"*.
Dante, con la boca cubierta por las manos frías y firmes de Alessandra, no se inmutó. Al contrario, sus ojos brillaron con una diversión perversa. Vio la oportunidad perfecta para la revancha.
Lentamente, con una deliberación que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Alessandra, Dante sacó la lengua y le pasó una lamida larga y húmeda a la palma de su mano derecha.
Alessandra soltó un grito ahogado y retiró las manos como si hubiera tocado ácido sulfúrico.
—¡Eres un asco! ¡Un animal! ¡César, trae desinfectante! ¡Ahora mismo! —gritó ella, frotándose la mano frenéticamente contra su propio traje sastre, con una expresión de náusea y shock.
Dante sonrió, saboreando la victoria.
Se limpió los labios con el dorso de la mano, mirándola con una suficiencia insoportable.
—Ajuste perfecto en el pecho, Pierre. Y asegúrate de que el pantalón sea... memorable —dijo Dante, bajando de la plataforma con la elegancia de un depredador—. Tu jefa acaba de demostrar que, aunque dice que me odia, no puede resistirse a ponerme las manos encima. Y yo... yo no puedo evitar saborear cada momento de su atención.
César se levantó del diván, tambaleándose un poco.
—Resumen ejecutivo —murmuró, frotándose las sienes—. Incidente con fluidos corporales no autorizados. Señora Valeriano, el coche está esperando. Pierre... Pierre, por favor, envíe el traje a la mansión antes de que esta mujer decida incendiar su establecimiento. Mi seguro médico definitivamente no cubre esto.
Alessandra salió de la sastrería furiosa, con la mano lamida como si todavía pudiera sentir la lengua de Dante.
«Esta noche», pensó ella
«¡Código Negro!», pensó César mientras seguía a Alessandra.
«Bitácora de supervivencia, día 8: Dante le lamió la mano a Alessandra. En un atelier francés. Con un sastre de testigo. Declaro oficialmente zona de riesgo biológico. Si Recursos Humanos pregunta, yo soy Suiza. Y necesito terapia.»