Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
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CAPÍTULO 1 Nací otra vez (y nadie me preguntó)
Elián Ríos murió de la forma menos épica posible.
No fue atropellado.
No cayó por un acantilado.
No lo invocó ningún dios misterioso.
Murió leyendo BL a las tres de la mañana.
—Un capítulo más… —murmuró, con el celular peligrosamente suspendido sobre su cara—. Solo uno.
Era mentira. Siempre era mentira.
La novela que estaba leyendo era su favorita: un mundo de nobles, omegas, alfas dominantes, dramas innecesarios y tragedias que podían haberse evitado con una conversación decente. La había leído tres veces, pero igual volvía a ella.
—Si yo reencarnara aquí… —bostezó— haría todo mejor que estos idiotas…
El celular resbaló.
Un dolor breve atravesó su pecho, como si el aire hubiera decidido abandonarlo. Intentó incorporarse, llamar a alguien, pensar algo importante.
No alcanzó.
Oscuridad.
El mundo no volvió con palabras.
Volvió con sensaciones.
Calor envolviéndolo.
Un ritmo profundo, constante, que no era suyo.
Un aroma suave, dulce, tranquilizador.
Luego, sonido.
—¡Respira bien!
—Está sano.
—¡Es un omega!
El aire le quemó los pulmones y lloró.
No porque estuviera triste.
Porque su cuerpo diminuto no sabía hacer otra cosa.
Brazos lo envolvieron con cuidado, sosteniéndolo con una firmeza amorosa. El aroma que lo rodeaba era intenso, protector, seguro. Si Elián hubiera podido pensar con claridad, habría reconocido esa sensación como algo parecido a casa.
Pero no podía.
Durante semanas —o meses— no hubo conciencia real. No existía el tiempo. No existían los recuerdos. El mundo se reducía a hambre, sueño y contacto. A veces, mientras dormía, aparecían imágenes extrañas: letras brillantes, escenas borrosas, figuras masculinas demasiado cercanas.
No entendía nada.
Y eso estaba bien.
Su nombre era Elio Renard Valemont.
No lo supo de inmediato, pero lo escuchó tantas veces que terminó reconociéndolo como propio. Era el segundo hijo legítimo de la Casa Valemont, una de las más antiguas y poderosas del Reino de Asterion.
Duques del Norte. Guardianes de frontera. Aliados directos de la Corona.
Nada exagerado.
Su padre era Su Excelencia, el Duque Alaric Valemont, alfa dominante, héroe de guerra… y el hombre más orgulloso que Elio conocería jamás.
—¿Ya viste a mi hijo? —preguntaba a cualquier visitante, sirviente o noble desprevenido—. Es perfecto.
—Alaric —suspiraba su esposa—, tiene dos semanas.
—¡Exacto! ¡Y ya es impresionante!
Su madre, Su Gracia, la Duquesa Lysenne Valemont, omega noble de inteligencia afilada y sonrisa peligrosa, solo observaba con diversión silenciosa. Había aprendido hace años que discutir con su esposo cuando estaba orgulloso era inútil.
—Va a crecer fuerte —decía él, meciendo al bebé—. Se le nota.
—Alaric —respondía ella—, está dormido.
—Dormir con carácter —corregía.
Elio, si hubiera podido, habría rodado los ojos.
Tenía dos hermanos.
El mayor era Aurelian Valemont, alfa heredero del ducado. Desde pequeño mostró una seriedad impropia para su edad, combinada con una devoción absoluta por su hermano menor.
—Es pequeño —decía con tono solemne—. Hay que protegerlo.
La menor era Mirelle Valemont, beta, lengua rápida y observación peligrosa.
—Nuestro hermano piensa raro —anunció una vez—. Me gusta.
Nadie entendió a qué se refería.
Ella sí.
El tiempo pasó.
A los dos años, Elio observaba demasiado.
A los tres, hacía silencios largos.
A los cuatro, respondía con miradas que parecían evaluar a los adultos.
Lysenne empezó a sospechar.
—Nuestro hijo… —murmuró una noche— piensa más de lo normal.
—Es brillante —respondió Alaric sin dudar—. ¿A que sí?
—Tiene cuatro años.
—Exacto.
No ayudaba.
Todo cambió la noche que cumplió cinco años.
Despertó sobresaltado, empapado en sudor, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar. Las imágenes llegaron de golpe, sin orden ni piedad.
Su habitación anterior.
El celular.
La novela BL.
La muerte absurda.
Elio se sentó en la cama infantil, respirando con dificultad.
—…reencarné —susurró con una voz demasiado pequeña para ese pensamiento.
Y luego recordó lo peor.
Este mundo.
Esta familia.
Este nombre.
Elio Renard Valemont.
En la novela, ese nombre pertenecía a un omega secundario.
Noble.
Frágil.
Irrelevante.
Uno que moría joven para justificar el drama.
Elio apretó las sábanas con fuerza.
—No —dijo con una determinación que no correspondía a su edad—. Eso no va a pasar.
Había nacido otra vez.
Había vivido cinco años sin saberlo.
Y no pensaba morir siguiendo un guion mal escrito.
Desde esa noche, Elio dejó de ser solo un niño omega noble.
Se convirtió en alguien que conocía la historia…
y estaba decidido a arruinarla por completo.