Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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Grietas
La discusión no terminó en el carro.
Continuó en el apartamento.
—No me mires así —dijo Daniel apenas cerraron la puerta—. Yo no soy el que sigue jugando a los encuentros casuales.
Sofía dejó el bolso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No estoy jugando a nada.
—¿Ah, no? Porque arriba en ese escenario parecía que el tiempo no hubiera pasado.
Las palabras dolieron.
No porque fueran del todo falsas.
Sino porque él las estaba usando como arma.
—Fue un reconocimiento profesional —respondió ella, intentando mantener la calma—. Somos arquitecta y consultor financiero. Trabajamos en el mismo proyecto. Eso es todo.
Daniel soltó una risa seca.
—No me trates como idiota.
El tono subió un grado más.
—Lo que viste fue tensión porque tú la creaste —dijo Sofía.
—No. La tensión ya estaba ahí.
Silencio.
Uno peligroso.
Daniel se acercó demasiado.
No la tocó.
Pero invadió su espacio.
—No voy a perderte por segunda vez.
La frase no sonó romántica.
Sonó posesiva.
Sofía sintió un escalofrío.
—No soy algo que puedas perder o retener, Daniel.
Él apretó la mandíbula.
Y por primera vez, en su mirada no había tristeza.
Había control.
—Entonces compórtate como alguien que está en una relación.
Esa noche durmieron en extremos opuestos de la cama.
Y el silencio pesó más que cualquier grito.
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Al día siguiente, Sofía recibió un mensaje inesperado.
Mateo.
*“¿Podemos hablar? Solo cinco minutos. Es importante.”*
Su corazón se aceleró.
Dudó.
Sabía que no debía.
Pero también sabía que necesitaba claridad.
Aceptó.
Se encontraron en una cafetería discreta cerca de la oficina de ella.
Mateo ya estaba allí.
Sin traje formal esta vez. Más relajado. Más humano.
Pero sus ojos estaban tensos.
—No quiero causarte problemas —dijo de inmediato.
—Ya los hay —respondió ella con honestidad.
Él la miró con atención.
—Lo imaginé.
Silencio.
Mateo respiró hondo.
—Laura no es solo mi socia.
La confesión quedó flotando.
Sofía sintió un pequeño golpe interno.
—Estamos intentando algo —continuó él—. Después de lo nuestro… pensé que era momento de avanzar.
La palabra avanzar le dolió más de lo que esperaba.
—Me alegra por ti —mintió suavemente.
Mateo la sostuvo con la mirada.
—No te estoy diciendo esto para darte celos.
—No los tengo.
Él alzó una ceja.
No le creyó.
—Te vi anoche, Sofía. Y vi cómo él te habló.
Ella bajó la mirada.
Mateo se inclinó un poco hacia adelante.
—Eso no es amor sano.
—No te metas en eso.
—Me meto porque todavía me importa.
Ahí estaba.
Sin adornos.
Sin orgullo.
Sofía levantó la vista.
—No puedes aparecer cada vez que dudas de tu decisión.
—No dudo de haber querido algo serio contigo —respondió él con firmeza—. Dudo de haberme ido sin pelear más.
La tensión cambió.
Ya no era celos.
Era verdad.
—Tú elegiste irte —susurró ella.
—Porque sentí que nunca me elegiste del todo.
El golpe fue directo.
Sofía sintió el pecho apretarse.
—Y ahora estás con alguien más.
—Intentándolo —corrigió él—. Pero anoche entendí que todavía hay algo entre nosotros. Y no soy tan buen actor como para fingir que no.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era frío.
Era cargado.
Vivo.
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Desde la entrada de la cafetería, alguien observaba.
Daniel.
Había salido antes del trabajo con la intención de sorprenderla.
Y la sorpresa fue otra.
Los vio.
Sentados frente a frente.
Cerca.
Demasiado cerca.
No escuchó la conversación.
No necesitó hacerlo.
La escena fue suficiente.
Su expresión se endureció.
El celular vibró en su mano.
Una notificación bancaria.
Un movimiento reciente.
Un pago que Sofía había hecho esa mañana para separar un pequeño estudio independiente para trabajar en un nuevo proyecto personal.
Ella no se lo había dicho.
Otra decisión sin consultarlo.
Otra independencia.
Daniel sintió algo oscuro crecer en su pecho.
Celos.
Orgullo herido.
Miedo.
Pero también algo más peligroso.
Necesidad de recuperar control.
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Dentro de la cafetería, Mateo habló más bajo.
—Si algún día decides que quieres algo distinto… yo no voy a salir corriendo esta vez.
Sofía sintió el pulso en las sienes.
—No puedo vivir entre dos posibilidades.
—Entonces deja de elegir por miedo.
La frase quedó suspendida.
Antes de que ella pudiera responder, su teléfono vibró.
Un mensaje de Daniel.
*“Espero que la conversación haya valido la pena.”*
El corazón se le cayó al suelo.
Levantó la mirada hacia la puerta.
Y lo vio.
De pie.
Mirándolos.
Sin moverse.
Sin parpadear.
El aire se volvió denso.
Mateo giró levemente y entendió de inmediato.
—Esto no va a terminar bien —murmuró.
Y por primera vez desde que todo había comenzado…
Sofía sintió que ya no estaba en medio de un triángulo amoroso.
Estaba en medio de una guerra silenciosa.
Y alguien iba a salir herido.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.