Una epidemia mortífera provocada por un fármaco que corrompió la sangre humana, extermina por completo a todos los vampiros del mundo. Tan solo sobrevive una mujer, Claudia Dumitrache, debido a que ella fue engendrada antes que estallara la fatídica pandemia. Claudia descubrirá que es una mujer vampiro por sus incontrolables deseos de beber sangre y hacer el amor sin contenerse. Así se inicia toda suerte de riesgos, aventuras, romances y peligros para Claudia en su afán de encontrar a otros vampiros, como ella, recuperar el abolengo y ser feliz con los suyos. Claudia, en efecto, buscará prolongar la estirpe y a la especie engendrando otros vampiros, empero debido a la sangre corrompida de los humanos, ya no surtirá efecto, no solo en sus deseos de embarazarse ni tampoco habrá transformación al morderles el cuello y beberle la sangre a sus víctimas. Claudia es capitana de policía y deberá evitar ser descubierta aunque su naturaleza de mujer vampiro la hará buscar, en forma vehemente y febril, la sangre humana por la ciudad, provocando todo tipo de situaciones y enredos que harán las delicias de los lectores. Claudia buscará igualmente el verdadero amor y en esos afanes, conocerá a muchas personas tratando de hallar la felicidad.
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Capítulo 1
-Sangre, sangre, quiero sangre-
Descubrí que era una mujer vampiro cuando quería hacer el amor a toda hora con desesperación y tenía enormes ansias de beber sangre, de manera extrema, incluso. Le mordí el cuello a un chico hermoso con tanta furia que lo dejé inconsciente y tumbado en el suelo, víctima de mi voraz apetito. Ya de antes soñaba con sangre, paladeaba sangre en mi boca y tenía las ansias de acostarme con un hombre para morderle el cuello y saborear excitada y extasiada su sangre. Me veía además hermosa, cruel, despiadada, enorme, muy sexy y sensual, mostrando mis colmillos gigantes, la mirada amarillenta y las garras afiladas frente a mi víctima.
Me sentía demasiado sensual. Mi armario se llenó de botas, tops, vestidos, minifaldas, leggins y shorts de látex. tenía un látigo, también y me maquillaba haciendo toda suerte de redondeces en los ojos, coloreaba mis labios de oscuro profundo y me percibía muy sugerente, despampanante y hermosa a todo momento, con ganas de seducir y ser seducida.
Cualquier hombre me parecía ideal para beberle la sangre, Pasear por las calles me era un suplicio porque quería hacer el amor con el primero que se cruzaba en mi camino y beberle luego la sangre. Eso no podía ser normal. Entonces leí en el internet por mis ansias incontrolables de beber sangre y pensarme siempre sensual y malvada y descubrí que yo era una mujer vampiro.
Quería quedar embarazada con desesperación, ya les digo. Ansiaba tener un bebé. Deseaba concebir con locura y desenfreno. El fuego me calcinaba por los deseos de estar encinta. Las llamas incineraban mis entrañas y sentía la inquietud intensa de hacer el amor carcomiéndome con insistencia. Todas las noches era lo mismo. Me volvía una ovillo en la cama, sollozando excitada, gimiendo con desesperación y suspirando enloquecida, soplando humo en mis jadeos sensuales, por la angustia de hacer el amor, de estar con un hombre haciéndome suya, tomándome entre sus brazos, invadiendo mis vacíos con mucha fuerza, obnubilándome y eclipsándome hasta llevarme al delirio absoluto y terminar preñada.
Los deseos se repetían noche tras noche, con insistencia, y era una sensación irrefrenable y deliciosa, sin embargo. Quería hacer el amor con un deseo intenso, volcánico que me volvía impetuosa, iracunda, vehemente y envuelta siempre en candela. Golpeaba mis rodillas furiosa, jalaba mis pelos con ira y me invadían constantes descargas eléctricas remeciendo mi cuerpo una y otra vez, excitándome más y más sin cesar al extremo de gemir y gemir igual a una gata en celo
Bañarme era un placer tan erótico que no necesitaba de agua caliente porque mi cuerpo se tornaba en una gran tea y la ducha se convertía en un baño sauna por mis propios humos. Yo gemía y suspiraba disfrutando de los chorros de agua acariciando mi piel suave y lozana, corriendo por mis curvas y mis sinuosas carreteras y redondeces con placer extremo, volviéndome un huracán de ansias y deseos.
No resistía más esas ansias de hacer el amor y quedar embarazada. Eso fue luego que descubrí que era una mujer vampiro. Hice el amor con Jonathan, el chico delivery que me trae las compras por el internet. Es guapo, alto, vigoroso, espléndido en músculos, muy distendido, agradable y ocurrente y me encanta que sea así de hermoso, ideal para que se convierta en el semental que me haga suya.
Lo esperé en mi casa con una sugestiva lencería roja, con mis pelos desparramados por mis hombros, bien maquillada, súper sensual y sexy, incluso calcé zapatos taco catorce para verme enorme. Las pitas del sostén y del calzón con las justas sostenían mis carnes tan deliciosas y apetitosas. Apenas Jonathan llegó en su motocicleta lineal, le abrí la puerta y me recosté en la puerta con un brazo y una rodilla alzada, los dientes juntos, la mirada felina y la vocecita de femme fatale. -Hola, chico-, le dije incluso muy erótica y despampanante.
La boca de Jonathan rodó por el suelo viéndome tan hermosa, delictual, apetitosa y provocativa, y su cuerpo se tornó, de pronto, en un gran volcán en erupción, tanto que se abalanzó sobre mí como una fiera hambrienta y empezó a besarme con locura y afán, con encono, vehemencia y violencia, tanto que me hacía gemir y aullar de placer entre sus brazos.
Ni siquiera llegamos a la cama. Hicimos el amor en la alfombra de la sala en forma desenfrenada, como náufragos recién rescatados del océano, disfrutando de nuestras carnes desnudas, ardiendo en las llamas que brotaban en él y en mí de tanta pasión y emoción.
Entonces no me pude controlarme. Yo temía eso, también, que mi apetito se volviera voraz. Teniendo a Jonathan en mi poder, al alcance de mis colmillos, me transformé en una bestia. Mis ojos se inyectaron de candela, mi corazón empezó a bombear de prisa y sentí el fuego incinerando por completo mis entrañas. Mi sensualidad, entonces, se volvió en un ciclón y viéndolo a Jonathan tan apetecible, delicioso, a mi merced, embelesado y prendado a mi belleza,. ¡pum! le mordí el cuello con muchísima furia,
Jonathan gritó de color cuando sintió mis colmillos hundiéndose en su cuello como grandes puñales, avanzando en sus venas y abriéndose paso hacia sus arterias,. pataleó, me golpeó la espalda, quiso escapar dando tumbos, se remeció igual si estuviera electrocutado y empezó a pedir auxilio angustiado pero no podía porque yo seguía encaramada a su delicioso cuello, probando su sangre con deleite, embriagándome con esa miel tan caliente, deliciosa y deífica de su sangre, satisfaciendo mis anhelos intrínsecos.
-¡¡Estás loca, Claudia!!-, me gritó él , entonces, aterrado, cuando me derrumbé satisfecha y extasiada sobre la alfombra, saboreando la sangre de Jonathan, paladeando su sabrosura, con mis labios remojados en su sangre, deleitándome con ese líquido sanguinolento que me extasiada tanto y enervaba por completo.
Jonathan huyó y jamás volvió por mi casa, incluso, creo, se marchó a otro país, espantado de esa experiencia tan extraña que tuvimos en la alfombra de mi casa.
Debí quedar embarazada por tanto pasión con Jonathan pero no pasó nada. Y supe entonces recién que yo no podría engendrar porque era una mujer vampiro.