León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Prólogo
León, 18 años.
Soy León y soy un Omega dominante. Una maldición, vaya.
En este mundo, los Omegas ocupamos el escalón más bajo. Somos pisoteados, utilizados y desechados por los Alfas, esos seres que se creen dueños de todo por su maldita biología. Los odio. Los desprecio con cada fibra de mi ser. Son unos perversos sin escrúpulos que aman dominar y maltratar, hijos de la crueldad y la riqueza. Animales.
Por eso, mi círculo se limita a Betas y Omegas. Son los únicos que entienden. Y lo juro por mi vida: jamás seré el Omega de un Alfa. Prefiero mil veces la muerte antes que arrodillarme ante uno de ellos.
*Mateo Alfa dominante 19 anos de edad*
—¡Mateo! —escucho la voz de Kim a lo lejos, pero no le presto atención. Estoy concentrado en el libro, aunque mi olfato capta la llegada de alguien nuevo.
—Mateo, llegaste temprano —dice Kim, tomando del brazo al recién llegado.
Mateo camina a su lado, pero su mirada se desvía, imantada por una presencia. Allí, en una banca, rodeado de otros Omegas, está él. León. No necesita moverse ni hablar para imponer su presencia. Su aura es un campo de fuerza, una advertencia silenciosa pero clara: no te acerques.
—¿Quién es él? —pregunta Mateo, fascinado. No puede apartar la vista.
Kim baja la voz, instintivamente. —¿Ése? Es León, un Omega... diferente. Es famoso en la universidad. Mejor no te acerques, ¿vale? Odia a los Alfas con toda su alma. Siempre tengo cuidado cuando paso cerca. No lo mires directamente.
Pasan junto al grupo. El aroma a canela y algo más profundo, algo salvaje, golpea a Mateo con la fuerza de un tsunami. Su lobo interior se eriza, ruge, se estremece. El mundo se detiene. No hay duda.
—Kim —susurra Mateo, una sonrisa de incredulidad y dicha naciendo en sus labios—. Él es mi Omega. Mi destinado.
Kim lo mira como si hubiera enloquecido. —¿Te volviste loco? ¿No escuchaste lo que te dije? ¡Te odiará por ser Alfa!
Pero Kim observa bien a su amigo. Mateo, de 19 años, no encaja en el molde de un Alfa dominante. Es dulce, tranquilo, estudioso. Sus rasgos son delicados, casi etéreos, y su aura es de una ternura pura, nada que ver con la arrogancia típica de los suyos.
—La verdad —admite Kim—, pareces más un Omega que otra cosa.
Antes de que puedan seguir, un grito desgarrador rompe la calma del campus. Todos giran. Cala, un Alfa de 21 años conocido por su brutalidad, tiene acorralado a un Omega pequeño contra una pared.
—¡Suéltalo, imbécil!
La voz de León es un látigo. Se ha levantado y camina hacia ellos con paso firme, sus amigos intentando retenerlo sin éxito.
Cala suelta al otro Omega y se gira, una sonrisa depredadora curvando sus labios. Sus ojos recorren a León de arriba abajo, lujuriosos y posesivos.
—Vaya, vaya... Eres lindo, ¿sabes? Pensándolo bien, eres más mi tipo —dice, y en un movimiento rápido, sujeta a León del brazo.
Mateo siente un arranque de furia y protección. ¡Es su momento! ¡Puede ser el héroe, el caballero que salve a su destinado! Da un paso al frente, listo para intervenir...
Pero no hace falta.
León, con una rapidez felina, gira sobre sí mismo. Su puño conecta con la mandíbula de Cala en un golpe seco y preciso. El Alfa, el doble de su tamaño, cae al suelo como un saco de patatas, noqueado antes de darse cuenta de lo que le ha pasado.
Un silencio sepulcral se hace en el campus.
Los ojos de Mateo se abren como platos. Su corazón no se detiene por el miedo, sino por la emoción. Una admiración pura, un asombro absoluto, lo inunda.
—Eso... —murmura, con los ojos brillándole de fascinación—. ¡Eso ha sido maravilloso!
Jamás había visto algo así. Un Omega feroz, imponente, que se hace respetar con un solo golpe. Un Omega que no necesita que nadie lo salve.
Kim pone una mano en el hombro de su amigo, apretando con preocupación.
—¿Ves? Te lo dije. Así es él. Si lo molestas, él te dejará noqueado a ti también. Es mejor que te alejes de él, Mateo. En serio.
La alegría de Mateo se desvanece, sustituida por una tristeza profunda. Ve cómo se llevan a León hacia la oficina de dirección, sin duda a declarar por el altercado. Su silueta, orgullosa incluso en la distancia.
—Pero él es mi Omega, Kim —dice, con la voz rota por la certeza—. Mi destinado. No puedo simplemente olvidarlo. Lo sentí en su aroma, en mi piel, en mis huesos. Él es mi destino.
—¡Maldito Omega! —el rugido de Cala, ya despierto y limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano, los saca de su trance. Su mirada es un pozo de odio y un deseo enfermizo—. ¡Yo te voy a enseñar cuál es tu puto lugar!
Se limpia la sangre del labio, y en sus ojos no hay solo ganas de venganza. Hay una lujuria cruel, la necesidad de doblegar a ese Omega rebelde. Quiera o no. Le importa un carajo si debe obligarlo, marcarlo contra su voluntad, romperlo entero. Ese Omega será suyo.
Mateo observa la escena, su puño apretado. No conoce a León, pero ya sabe que lo protegería con su vida. El problema es... ¿cómo proteges a alguien que no quiere tu ayuda? ¿Cómo le demuestras a un león que tú no eres un domador, sino otro ley?
espero el siguiente capítulo