Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 6: Sello
El ascensor subía demasiado lento.
Lía tenía las manos metidas en los bolsillos de la campera que Lilith le tiró antes de irse —blanca, dos talles grande, olía a perfume caro y a pólvora—. En el otro bolsillo, la hoja de Mateo hecha ceniza pero todavía tibia. No ceniza normal: si la apretaba, manchaba los dedos de rojo.
Piso 66. Las puertas se abrieron y el departamento estaba a oscuras salvo por la ciudad allá abajo.
Damián estaba en el living, de espaldas, sin saco, la camisa blanca manchada de negro a la altura de las costillas. Se la estaba sacando.
No era un corte. Era un tajo largo, desde la costilla hasta la cadera, y no sangraba rojo. Salía un líquido espeso, negro, que humeaba apenas al tocar el aire. Cada gota que caía al mármol lo marcaba con una mancha que no se iba.
—No entres —dijo sin girarse.
Lía entró igual.
—¿Eso te lo hizo Malphas?
—Eso me lo hizo el cascarón antes de que llegara. Los cuerpos prestados traen veneno. —Se sentó en el borde del sillón con un gruñido—. Se cierra solo. Tarda.
No se cerraba. Lía lo veía. La piel alrededor estaba gris, como si se estuviera pudriendo desde adentro.
—¿Por qué no te curás como antes?
—Porque gasté demasiado hoy. Ancla débil, cuerpo débil. Reglas.
Se apoyó contra el respaldo y cerró los ojos. Los cuernos de sombra no estaban. Solo él, pálido, con la mandíbula apretada. Por primera vez parecía humano.
El anillo de Lía latió. Una vez. Fuerte. PUM.
Damián abrió los ojos y la miró.
—No.
—¿No qué?
—No lo pienses.
—¿Pensar qué?
—El contrato te está ofreciendo cerrar la herida. Lo sentís, ¿no?
Lo sentía. No como voz. Como certeza. Como si supiera, sin que nadie se lo explicara, que si ponía la mano donde estaba el corte y pensaba cierra, se cerraría. Y que el contrato cobraría.
—¿Qué pide a cambio? —preguntó Lía.
—Contacto. Real. No un roce. —La miró a los ojos—. Un sello.
—¿Un beso?
—Un beso que el contrato reconozca como voluntad. No por orden. Por elección. —Se rió sin ganas—. Irónico.
Lía se quedó de pie. El corte seguía humeando. Cada vez que respiraba, la mancha se hacía más grande.
—¿Y si no lo hago?
—Me desangro en doce horas. No muero. Me deshago. Y vos te quedás viuda con un penthouse, medio millón y un hermano marcado. —Se encogió de hombros—. Buen negocio.
—¿Y si lo hago?
—Me curo. El contrato se alimenta de eso y se refuerza. Y la próxima vez que Malphas te toque, yo lo siento antes de que pase. —Hizo una pausa—. Y vos vas a ver algo mío que no quiero mostrar.
—¿Qué?
—Lo que estaba pensando cuando firmaste.
Lía tragó.
El anillo volvió a latir. Más fuerte.
Se acercó. Un paso. Otro. Se arrodilló al lado del sillón para quedar a su altura.
Damián no la tocó. La dejó decidir.
—Si esto es trampa —dijo Lía—, te juro que te mato cuando pueda.
—No es trampa. Es precio.
Levantó la mano. La puso sobre la piel justo encima del corte. Estaba fría. Mucho más fría que un cuerpo vivo.
Cerró los ojos.
Ciérrate.
El anillo ardió. No quemó: ardió. Luz roja subió por sus dedos, entró en la herida y se metió dentro de él. Lía sintió un tirón en el pecho, como si le arrancaran algo chico pero suyo.
Damián jadeó.
—Ahora —dijo con la voz ronca—. O lo retirás y me desangro, o lo terminás.
Lía lo miró. Tenía los ojos negros abiertos, fijos en ella, y por un segundo vio miedo. Real. No de morir. De que ella se fuera.
Se inclinó.
No fue suave. Fue torpe y desesperado y con los dientes chocando al principio. Pero cuando sus labios se tocaron, el contrato hizo lo que quería desde el día uno: conectó.
No fue solo un beso. Fue una caída.
Lía cayó dentro de él.
*Oscuridad. Frío. Cadenas.
Un salón enorme de piedra negra. Tronos vacíos. Gritos lejos. Damián —no el de ahora, más joven, sin traje, con armadura oscura y los cuernos reales— arrodillado frente a algo más grande que él. Una voz que no era voz:
“Elige: el trono o ella.”
Una mujer en el piso. Pelo castaño, ojos de Lía. Sangrando. No Lía. Su mamá.
Damián eligió el trono.
La mujer murió mirándolo.
Después, silencio. Siglos. Vacío. Hasta una carpeta en un café y una chica que firmó sin leer porque su hermano se moría.
“No la dejes morir como la otra.”*
Lía se separó de golpe, respirando como si hubiera corrido.
El corte en el costado de Damián estaba cerrado. Solo quedaba una línea fina, roja, que palpitaba al ritmo del anillo.
Él tenía la frente apoyada contra la de ella. No la tocaba con las manos. Solo respiraba.
—¿Viste? —preguntó él, sin abrir los ojos.
—Sí.
—Bien. Ahora ya sabés por qué no sonrío.
Lía se alejó. Se limpió la boca con el dorso de la mano. No por asco. Porque le temblaba.
—Ella era mi mamá.
—Sí.
—¿La dejaste morir?
—Sí. —Abrió los ojos. Rojos, pero menos—. Y llevo trescientos años pagándolo. No te voy a dejar morir a vos también. Aunque tenga que romper el contrato.
—¿Se puede romper?
—Si los dos queremos lo mismo al mismo tiempo. —Se levantó despacio, todavía pálido—. Pero no va a pasar. Porque yo quiero el trono y vos querés que tu hermano viva. Nunca vamos a querer lo mismo.
Se metió en el pasillo sin mirar atrás.
Lía se quedó en el sillón con la boca sabiendo todavía a él y la cabeza llena de un recuerdo que no era suyo: cadenas, tronos, una mujer muriendo.
El anillo ya no latía. Estaba caliente, tranquilo, como satisfecho.
En el bolsillo, el celular vibró. Mensaje de número desconocido.
M: Lindo beso. El sello brilló hasta acá. Nos vemos en la gala del sábado. Llevá algo rojo. Te queda bien cuando sangrás.
Lía borró el mensaje. Las manos le temblaban.
Cuando fue a su cuarto, la puerta negra del fondo del pasillo estaba cerrada. Pero en el piso, justo delante, había una pluma negra larga, como de ala. No estaba cuando entró.
La levantó. Pesaba más de lo que parecía. Y estaba tibia.
La dejó sobre la mesa de luz y se acostó vestida.
No soñó con fuego.
Soñó con Damián, joven, arrodillado frente a su mamá, gritando un nombre que no era Lía.
Elena.
Se despertó a las 4:12 am con el anillo ardiendo y la pluma negra convertida en ceniza sobre la mesa.
Y con una certeza nueva en el pecho: el contrato no la iba a dejar ir.
Porque ahora, una parte de él estaba dentro de ella.
Y una parte de ella, dentro de él.