Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Un accidente intensional
La fiesta en la mansión de los Sinclair era un espectáculo cuidadosamente coreografiado. Cristales colgantes reflejaban luces doradas, la música flotaba con elegancia y el champán corría como si el éxito pudiera medirse en burbujas.
El contrato estaba firmado.
El negocio cerrado.
El triunfo asegurado.
Pero el verdadero peligro no estaba en ninguna cláusula.
Estaba en el modo en que mis ojos la buscaron entre la multitud casi por instinto.
Victoria Davenport.
Conversaba con Merlina, inclinándose ligeramente hacia ella, riendo con esa naturalidad que rara vez mostraba en reuniones formales. Su vestido abrazaba su figura con sobriedad impecable; nada exagerado, nada evidente… y sin embargo imposible de ignorar. La luz jugaba sobre su piel, delineando la curva de su cuello, la línea elegante de su espalda.
Mathews, a pocos metros, tenía la mano demasiado cerca de su secretaria.
Lo observé un segundo más de lo necesario.
Desprecio.
No por celos.
Por negligencia.
Volví a mirarla.
Y ella, como si sintiera la intensidad de mi atención, levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
El tiempo se ralentizó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Me acerqué con calma estudiada.
—Buenas noches, señoras. Espero que la celebración esté a la altura de las expectativas.
Merlina sonrió con interés inmediato.
—Sin duda lo está. Felicitaciones por el acuerdo, señor Blake.
—Jonathan, por favor.
Victoria no sonrió de inmediato.
—Jonathan… —repitió, con un tono que no era completamente formal ni completamente íntimo.
Conversé con ambas, ligero, encantador, midiendo cada palabra. Pero mientras hablaba, mi atención estaba en los pequeños detalles: cómo Victoria evitaba mirarme por más de tres segundos seguidos… cómo sus dedos jugaban con el tallo de su copa… cómo su respiración cambiaba cuando me acercaba apenas un poco más.
—¿Me disculpan un momento? —dijo de pronto, con una sonrisa demasiado calculada.
No esperó respuesta.
Se alejó.
Y yo conté hasta tres antes de seguirla.
El pasillo lateral estaba en penumbra, iluminado solo por lámparas de pared que proyectaban sombras suaves. El ruido de la fiesta quedó atrás, amortiguado por la distancia.
Sus tacones resonaban firmes, pero su paso no era completamente estable.
—Victoria.
Se detuvo.
No se giró de inmediato.
—No debería seguirme —dijo, todavía de espaldas.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
Giró lentamente.
La luz tenue dibujaba sombras sobre su rostro, intensificando el brillo inquieto de sus ojos.
—Esto es inapropiado.
—¿Por qué? —pregunté, avanzando un paso—. ¿Porque estamos solos?
—Porque sabes exactamente lo que haces.
Sonreí apenas.
—Siempre.
La distancia entre nosotros se redujo. No la tocaba todavía, pero el aire estaba cargado. Podía sentir el calor que emanaba de su piel.
—Regresa a la fiesta, Jonathan.
—Mírame y dime que eso es lo que quieres.
Sus labios se entreabrieron. No respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Mi mano buscó la suya con lentitud deliberada. Solo un roce. Apenas la yema de mis dedos contra su piel.
Electricidad.
Su respiración se cortó.
—No juegues conmigo —susurró.
—No estoy jugando.
Di otro paso. Ahora estábamos a centímetros.
—Tu esposo está a unos metros —dijo, como si necesitara recordárselo… o recordárselo a sí misma.
—Y tú estás aquí.
Su pecho subía y bajaba con más rapidez. La compostura comenzaba a fracturarse.
—Esto no puede pasar.
—Entonces deténlo.
No lo hizo.
Mi mano subió lentamente por su brazo, deteniéndose en su cintura. No la atrapé. Solo la sostuve lo justo para que sintiera que podía apartarse si realmente quería.
Pero no lo hizo.
Sus ojos bajaron a mis labios.
Ese gesto fue mi permiso.
Incliné el rostro lentamente, dándole tiempo de reaccionar.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Nada.
Cuando mis labios rozaron los suyos, el contacto fue suave, exploratorio, como si probara una frontera invisible.
Ella se tensó.
Luego su mano se apoyó en mi pecho.
No para apartarme.
Para sostenerse.
El beso se profundizó apenas, suficiente para que el mundo desapareciera. La música, las voces, la fiesta… todo quedó lejos.
Solo ella.
Solo el calor.
Solo el peligro.
Su cuerpo respondió con una honestidad que sus palabras jamás admitirían. Se acercó más, casi sin darse cuenta. Su respiración se mezcló con la mía, entrecortada.
Cuando me aparté apenas, su mirada estaba diferente.
Más oscura.
Más vulnerable.
—No… —murmuró, pero su voz no tenía fuerza.
Mi frente se apoyó contra la suya.
—Dime que no lo deseas.
Silencio.
Su mano aún estaba sobre mi pecho. Podía sentir los latidos acelerados bajo su palma.
—Jonathan… esto puede destruirlo todo.
—O puede ser lo único real en esta habitación.
Sus ojos brillaron con conflicto.
Desde el salón llegó una carcajada fuerte. La realidad regresó como un golpe lejano.
Ella dio un paso atrás.
El espacio entre nosotros se volvió frío de repente.
—No puedo hacer esto.
Pero sus labios aún estaban ligeramente hinchados.
Y sus mejillas, encendidas.
Me acerqué lo suficiente para que solo ella escuchara:
—No tienes que decidir nada ahora.
Mi pulgar rozó suavemente su mejilla, apenas un gesto.
—Pero no me digas que no sientes lo mismo.
La puerta del salón se abrió al fondo del pasillo. Voces se acercaban.
Victoria se apartó rápidamente, intentando recomponerse.
Antes de que regresara a la luz de la fiesta, la detuve con una última frase, baja, firme:
—Esto no fue un accidente.
Ella me miró una última vez.
Y en sus ojos no había arrepentimiento.
Había miedo.
Y deseo.
Y la certeza de que acabábamos de cruzar una línea que ninguno de los dos podría fingir que no existía.
La fiesta continuaba.
Pero algo había cambiado.
Y ambos lo sabíamos.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰