Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Prólogo
*Sakura 18 años hija menor Del clan Cuervo*
Nací en un clan de cultivo demoníaco, entre sombras y secretos, entre espadas y sellos. Crecí viendo a mi padre liderar con puño de hierro, a mi madre sonreír desde un segundo plano, a mis hermanos entrenar para ocupar el lugar que les correspondía
Nunca imaginé lo que el destino me esperaba.
Nunca imaginé que el fuego me elegiría a mí.
Y nunca, nunca imaginé que esa elección sería mi sentencia de muerte.
La mañana de mi iniciación amaneció cubierta de niebla. El cerezo del patio central, el mismo que había visto florecer dieciocho primaveras, permanecía inmóvil, como si también él contuviera la respiración.
— Hoy es el gran día de mi hija — dijo mi madre mientras ajustaba mi túnica ceremonial.
Sus manos temblaban. O quizás era yo la que temblaba.
— El destino hablará — agregó, con esa voz que usaba para convencerse a sí misma más que a mí —. Dirá lo que te espera.
Las runas. Desde que tengo memoria, las runas eran la obsesión del clan. Al cumplir dieciocho años, los elementos revelaban nuestra esencia, nuestro lugar en el mundo, nuestro propósito. Mi hermano mayor había recibido la runa del tigre de acero, símbolo de fuerza y liderazgo. Mi padre sonrió durante una semana entera.
Yo solo quería sobrevivir a la ceremonia sin desmayarme del nerviosismo.
El gran salón estaba lleno. Todos los miembros del clan, desde los ancianos hasta los discípulos más jóvenes, se alineaban en silencio. El fuego ceremonial ardía en el centro, danzando con una intensidad que me pareció amenazadora.
Mi padre me esperaba junto al brasero. Alto. Imponente. Con esa mirada que siempre me hizo sentir pequeña.
— Bien, hija mía — su voz retumbó en el silencio —. Hoy es tu iniciación al clan. Veremos qué dicen los elementos y cuáles son tus dones.
No me miró a los ojos. Miró el fuego. Como si yo ya fuera invisible.
Mis hermanos estaban a su izquierda. El mayor, con los brazos cruzados y una sonrisa que intentaba ser benevolente pero resultaba condescendiente. Los otros dos, cuchicheando entre ellos, apostando seguramente a qué runa recibiría la hermana menor.
El menor de todos, el que jugaba conmigo cuando nadie miraba, desvió la mirada cuando intenté buscar consuelo en sus ojos.
Todos sabían algo que yo ignoraba: en este clan, las mujeres no recibían runas importantes. Flores, lunas, ríos... símbolos bonitos que significaban lo mismo: "sirve, obedece, desaparece".
Di un paso hacia el fuego.
Y todo cambió.
El calor me envolvió antes de que mi pie tocara el suelo. No era el calor del brasero. Era algo más antiguo, más profundo, algo que venía de dentro de mí y respondía a algo que venía de dentro de las llamas.
El fuego rugió.
No es una metáfora. El fuego RUGIÓ como una bestia despertando de un sueño de siglos. Las llamas se elevaron hasta el techo, pintando el salón de naranja y rojo, y los miembros del clan retrocedieron, algunos cayendo al suelo, otros buscando refugio detrás de los pilares.
Yo no podía moverme.
Y entonces, del corazón de las llamas, algo emergió.
Un ave.
Sus alas eran fuego vivo, sus ojos dos brasas blancas, su tamaño el de un hombre adulto. El ave de fuego, el espíritu elemental que solo aparecía en las leyendas, el que ningún miembro del clan había visto en mil años, descendió ante mí y habló.
— Tú — dijo, y su voz era el crujir de la madera quemándose, el silbido del vapor, el estallido de la pólvora —. Tu destino es el caos.
Mi corazón dejó de latir.
— La perdición te sigue — continuó —. Tú no caminas hacia la destrucción. Tú ERES destrucción.
Quise gritar. Quise negar. Quise correr. Pero mis pies estaban clavados al suelo, y mi espalda... mi espalda ardía.
Las runas estaban naciendo.
No como en mis hermanos, que aparecían suaves como tatuajes. Estas runas se ABRÍAN paso en mi piel como cuchillos de luz. Una a una, grabándose en rojo, un rojo tan intenso que parecía sangre viva, un rojo que nadie en la historia del clan había visto jamás.
Grité.
No de dolor. De terror.
Porque mientras las runas nacían, yo PODÍA VER. Veía caras desconocidas. Veía muertes. Veía un hombre arrodillado llorando. Veía un cerezo caer. Veía mis propias manos cubiertas de algo que no quería reconocer.
Y luego, silencio.
El ave de fuego, con una lentitud que hizo que cada segundo doliera, inclinó su cabeza frente a mí. Frente a UNA NIÑA de dieciocho años. Frente a LA HIJA, la que debía obedecer, la que debía desaparecer.
Hizo una reverencia.
Esa imagen quedará grabada en mi memoria hasta el día en que muera: el ser más poderoso que el clan había invocado, el espíritu elemental del fuego, inclinándose ante mí.
— Hagan reverencia — ordenó, con su voz de incendio — a la nueva jefa del clan.
El silencio fue tan absoluto que podía escuchar mi propia sangre corriendo.
Todos miraban. Todos con la boca abierta. Todos procesando lo imposible.
— ¡Esto es absurdo!
La voz de mi padre rompió el hechizo. Estaba de pie, temblando de ira, señalándome con un dedo acusador.
— ¡Ella es una mujer! ¡Es mi hija! ¡El líder debe ser mi hijo mayor, eso se decidió hace años!
El ave de fuego giró lentamente.
Sus ojos de brasa blanca se clavaron en mi padre, y en ese instante entendí lo que era el verdadero poder. No las espadas. No las técnicas de cultivo. No los años de entrenamiento.
El poder era que un ser divino te mirara y tú supieras que podías desaparecer.
— ¿Te atreves — preguntó el ave, con una calma aterradora — a desafiar mi palabra?
Mi padre, el jefe del clan, el hombre que había ordenado ejecuciones con una sonrisa, el que había matado demonios con sus propias manos... cayó de rodillas.
No cayó lentamente. Cayó como si un gigante invisible lo hubiera golpeado. Sus rodillas impactaron contra el suelo con un sonido que me rompió algo dentro del pecho.
— ¡Lo siento! — suplicó, con la voz quebrada, con los ojos en el suelo —. ¡No fue mi intención! ¡Perdón!
El ave lo observó un segundo más. Luego, con la misma lentitud con la que había llegado, comenzó a deshacerse en chispas, en humo, en nada.
Pero antes de desaparecer del todo, susurró algo que solo yo pude escuchar:
— Cuídate, pequeña caos. Te van a querer matar.
Las llamas volvieron a su tamaño normal.
El salón quedó en silencio.
Y yo, con la espalda ardiendo por unas runas que nadie entendía, miré a mi padre arrodillado, miré a mis hermanos pálidos, miré a mi madre llorando en un rincón.
Y supe.
Supe que desde ese momento, todos me odiarían.
Supe que mi destino no era liderar.
Mi destino era sobrevivir.
O morir en el intento.