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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:494
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

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Capítulo 22

La primera cosa que Elisabete sintió al despertar fue el frío.

No el frío de la noche.

Sino el frío de la piedra.

El olor a humedad, moho y sangre antigua impregnaba el aire pesado de la habitación donde había sido arrojada. Sus pulsos ardían presos a las cadenas de la cama de hierro. Las piernas, presas de la misma forma. El cuerpo entero protestaba.

Ella intentó moverse.

El dolor respondió.

Y la impotencia vino justo después.

El poder… no vino.

El silencio dentro de ella era ensordecedor.

Elisabete respiró hondo, luchando contra el pánico que intentaba dominar su pecho. No podía entregarse a la desesperación. No ahora. No allí.

—Yo todavía soy yo… —susurró para sí misma—. Yo todavía estoy viva.

Pero la presencia de él…

Ella sentía.

Caíque estaba próximo.

No físicamente todavía, pero como una sombra pegada a la propia alma.

La puerta chirrió al fondo.

Dos de los subordinados pasaron solo para verificar las cadenas. No dijeron nada. No necesitaron. La mirada de ellos decía todo: miedo mezclado con obediencia forzada.

Cuando quedaron solos nuevamente, Elisabete dejó las lágrimas correr en silencio.

No por debilidad.

Sino por humanidad.

Aun así, en el fondo del dolor, algo permaneció vivo:

El vínculo.

Alisson estaba de pie.

Ella sentía.

Herido, afligido… pero vivo.

—Aguanta… —susurró en la oscuridad—. Aguanta, Alisson… yo también voy a aguantar.

En el campo de batalla, Alisson ya no luchaba como un Alfa.

Él luchaba como algo que había sido arrancado de su propio eje.

La manada resistía.

Pero a costa de mucha sangre.

Cada golpe que él daba venía cargado de furia, de culpa, de impotencia. La ausencia de Elisabete resonaba en cada movimiento, quitándole el equilibrio, pero también alimentando una fuerza bruta, descontrolada.

—¡Están retrocediendo! —gritó un guerrero.

Pero Alisson no retrocedía.

Avanzaba.

Solo, él atravesó tres filas enemigas como un espectro cubierto de sangre. Garras, dientes, huesos quebrando. El mundo alrededor parecía lento de más para su dolor.

Hasta que un golpe fuerte lo alcanzó por la espalda.

Él cayó.

Rodó en la tierra.

Escupió sangre.

Se levantó de nuevo.

—No puedes caer ahora… —murmuró para sí mismo—. Ella necesita de ti.

El anciano surgió entre los guerreros, herido, pero de pie.

—¡Alisson! —gritó—. ¡Si tú mueres aquí, Elisabete muere contigo!

La frase lo alcanzó más fuerte que cualquier lámina.

Él se congeló por un segundo.

Respiró hondo.

Y entonces algo cambió.

La furia viró foco.

El dolor viró estrategia.

—Retrocedan para las cavernas sagradas —ordenó—. Formen defensa en círculo. Protejan a los heridos. Quien aún pueda luchar… se queda conmigo.

Los guerreros respondieron al unísono.

La manada no caería aquella noche.

En las ruinas, Caíque observaba la guerra de lejos, desde lo alto de una torre quebrada.

Sentía el campo de batalla como un animal siente el temblor de la tierra.

—Él todavía vive… —murmuró, irritado.

El beta se aproximó con cautela.

—El ataque no los quebró, Alfa.

Caíque rechinó los dientes.

—Entonces refuerza.

Él se viró en la dirección donde Elisabete estaba aprisionada.

—O tal vez…

Caminó lentamente hasta el cuarto donde ella estaba encadenada. Paró en la puerta. No entró.

Se quedó allí.

Sintiendo la presencia de ella.

—Tú deberías estar quebrada… —murmuró—. Pero aún resistes.

Él golpeó una vez en la puerta.

Apenas una.

Como si marcara territorio.

Y se fue.

No por piedad.

Sino porque el simple hecho de ella resistir estaba comenzando a quitarlo del control.

Más tarde, ya exhausta, Elisabete sintió algo diferente.

No era el poder.

Era… un eco.

Un susurro muy distante.

No de la Luna.

Sino de algo más antiguo.

—Tú aún no entiendes lo que es… —decía la voz—. Pero vas a entender.

El cuerpo de ella temblaba.

El corazón aceleró.

La cadena en los pulsos estalló levemente.

No quebró.

Pero respondió.

Elisabete lloró en silencio.

No de miedo.

Sino de percepción.

Ella no estaba apenas presa.

Ella estaba siendo preparada para algo mayor.

Al final de la noche, Alisson permaneció de pie entre los sobrevivientes.

La guerra había entrado en tregua temporaria.

No por victoria.

Sino por exhaustión.

Él miró para la Luna.

—Yo voy hasta ti, Elisabete… —murmuró—. Mismo que para eso yo tenga que atravesar el infierno en carne viva.

El anciano se aproximó.

—Y tú vas a atravesar —dijo—. Pero no solo.

Mientras tanto, en las ruinas…

Elisabete cerraba los ojos, respirando con dificultad.

Y, por primera vez desde que fuera capturada…

Ella sintió su poder moverse.

Aún fraco.

Aún inestable.

Pero vivo.

La luz aún no había desistido de ella.

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