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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: La promesa bajo la luna..

Antes de la oscuridad

Catorce horas  antes, el mundo de Evan todavía estaba iluminado por la luz y la inocencia.

Era invierno. De esos inviernos donde el viento se desliza como un suspiro helado, en los que las

calles parecen desiertas y los árboles tiemblan y crujen como si recordaran secretos que no quieren

contar. Pero esa noche, sin embargo, no parecía amenazante, sino calmada.

Esa misma noche, Evan y Aurora — dos niños de apenas ocho años — jugaban bajo la luna.

Cantaban canciones sin sentido y tonterías inventadas, corrían, reían… y se empujaban en la nieve, se lanzaban bolas de nieve, rodaban en el suelo helado y reían como si fueran los últimos niños felices sobre la Tierra.

Evan no podía imaginar ni sentir un lugar más seguro que a su lado.

Aurora, sin embargo, era distinta. A veces decía cosas extrañas, como si tuviera pensamientos que no

fueran del todo suyos, sino que vinieran de otra parte. Le gustaba alzar la vista al cielo y contar

estrellas invisibles que no existían. Y tenía la costumbre de quedarse en silencio de repente, como si escuchara un murmullo que nadie más podía escuchar.

Pero al segundo siguiente volvía a ser una niña: soplando nieve sobre la cara de Evan, reía con la

nariz roja del frío y decía cosas como “cuando sea grande voy a tener un castillo de hielo para que vivamos ahí”.

La promesa

Aurora — ¿Vos alguna vez... lo sentiste a veces? — susurró, sin dejar de mirar la luna.

Evan — ¿Sentir qué? — preguntó, intentando sonar despreocupado.

Aurora frunció el ceño, pensativa, y luego bajó la voz:

Aurora — como si hubiera algo… ahí afuera, esperando.

Evan se rió, nervioso. Pensó que era otro de sus juegos. Pero Aurora no sonrió.

Solo tomó un puñado de nieve y lo apretó hasta que se derritió en su mano.

Antes de separarse, hicieron una promesa.

Aurora — Mañana es tu cumpleaños… quiero que vengas a las diez, acá, bajo esta misma luna —

dijo, extendiendo su meñique.

Evan — Lo prometo — respondió Evan, sonriendo nervioso mientras enganchaba su dedo con el de

Ella.

Se abrazaron. Un gesto poco común en chicos de esa edad, pero entre ellos siempre había algo difícil

de explicar: una cercanía que dolía sin doler.

La noche prometida

El cumpleaños de Evan comenzó raro. Su madre lo notó desde la mañana: estaba callado, distraído,

sin ganas de regalos ni de torta. Sólo esperaba que llegara la noche. Cada media hora miraba el reloj.

Cuando por fin las manecillas marcaban las diez en punto, salió de casa en silencio, sin despedirse.

El lugar del encuentro estaba vacío. Al principio esperó con una sonrisa impaciente. Después

La sonrisa se volvió inquietud. Minutos más tarde, miedo. El viento ya no sonaba igual. La luna se veía

enferma, pálida y en el aire flotaba un olor a ceniza.

La casa en llamas

pasaron veinte minutos que se le hicieron eternos. La ansiedad lo empujó a caminar hacia la casa de

Aurora. En el sendero, notó huellas frescas en la nieve. Eran grandes. Demasiado grandes para ser de

ella… o de alguien que conociera.

El corazón se aceleró. Corrió.

Al llegar, vio el fuego brotar por las ventanas, como una herida abierta iluminando la oscuridad. La

puerta estaba entreabierta. Dentro, el humo y el calor del fuego le golpearon el rostro incluso antes de

cruzar la entrada. El humo le raspaba la garganta y hacía llorar sus ojos. El crujido de la madera

ardiendo se mezclaba con un silencio antinatural.

Evan — ¡Aurora! — gritó, la voz quebrada.

El eco fue su única respuesta.

Entonces la vio: un rastro oscuro en el suelo, sangre fresca sobre la nieve y la madera, dibujando un

camino hacia el interior.

Su estómago se contrajo. Corrió siguiendo las huellas, mientras sus manos pequeñas se aferraban al marco de la puerta como si pudiera detener el temblor de todo su cuerpo.

El cuarto cerrado

El olor metálico le quemó la nariz. Las paredes estaban manchadas, y en el suelo…

El camino de sangre llevaba hasta una puerta entreabierta. Evan temblaba. No por el frío. Sino por

algo más profundo: una parte de él ya sabía.

Abrió.

Oscuridad total. Probó la luz. Nada. Probó de nuevo. Parpadeó… A la tercera, se encendió.

Y entonces... vio.

Aurora estaba ahí. Tirada en el suelo, respirando con dificultad, con los ojos entrecerrados. Junto a ella, sus padres, ya inmóviles. Las paredes estaban manchadas. Todo era rojo y negro. El olor era insoportable.

Aurora

Su respiración era un hilo frágil, sus ojos apenas abiertos. Tenía cortes profundos en el rostro y en los

brazos, como si hubiera sido arrastrada de su infancia a golpes.

Evan cayó de rodillas, las uñas clavándose en la madera.

Evan — Aurora…soy yo… Estoy acá — murmuró, arrastrándose hacia ella.

Se acercó arrastrándose. Ella giró el rostro lentamente. Lloraba. Una lágrima, mezclada con sangre, le corrió por la mejilla.

Su mirada era la de alguien que ya había visto el infierno.

Aurora — Evan… — tosió — Lo vi… Vi al monstruo… — repitió, con la voz rota.

Evan — ¿Qué monstruo? ¿Quién fue? — su voz sonaba más como un gemido que como una

pregunta.

Aurora jadeó. Sangre bajaba por la comisura de su labio.

Aurora — Nos miraba… desde antes… siempre estaba ahí… — susurró, con lágrimas y sangre en los labios

Su voz se quebró.

Aurora — Lo sentía cada noche… como si viviera en mi sombra…

Evan lloraba, sin entender, su frente pegada a su mano ensangrentada.

Evan — Te lo prometí… venir por vos… Perdón… perdón por no llegar antes…

Ella sonrió débilmente, como solo saben hacerlo los niños.

Aurora — No… no es tu culpa… nunca fue nuestra culpa…

Aurora, con voz inocente, preguntó:

Aurora — Evan… cuando tengamos el castillo de hielo… ¿vas a vivir conmigo ahí?

Y con eso Aurora tendida en el suelo, su respiración se apagó en un suspiro.

con los ojos entrecerrados. A su lado, sus padres yacían inmóviles. La habitación era un infierno

manchado de rojo y negro.

Evan estaba temblando. Ella alcanzó a sonreír,débil,antes de exhalar el último suspiro. Con la mano

temblorosa, se aferró a la suya. Evan gritó. Un alarido seco, desgarrador, que no parecía de un niño.

Feliz cumpleaños

Algo brotó de arriba: algo caliente cayó sobre su frente. Levantó la mirada hacia arriba.

Había palabras escritas en la pared, mientras goteaba sangre fresca, como si alguien las hubiera

escrito hacía segundos.

Esa frase lo marcaría para siempre:

“Feliz cumpleaños, Evan.”

El corazón se le rompió en mil pedazos. Se aferró al cuerpo de Aurora mientras gritaba. Un alarido seco, crudo, como si el alma intentara escapar del cuerpo. que llegó hasta los vecinos, hasta las sirenas, hasta el hospital.

La evaluación psicológica

Cuatro días después de su ingreso, Evan estaba sentado en una sala de evaluación del hospital

psiquiátrico.

El ambiente era demasiado limpio. Las paredes, demasiado blancas. Sin cuadros. Una lámpara. El

reloj sonaba más fuerte que los latidos del corazón. El olor a desinfectante impregnaba el aire.

Evan permanecía inmóvil en la silla, con la mirada perdida en el suelo. Sus pies no alcanzaban del

todo el piso, Y se balanceaba apenas, Sin ritmo, Como si ni él se diera cuenta. Sus uñas se clavaban

en el borde de la silla.

Frente a él, en una silla acolchada, estaba el doctor Smith. Un hombre de unos cincuenta años, de voz

calmada, cabello entrecano y unos lentes que no alcanzaban a ocultar la compasión en su mirada.

Sostenía una carpeta con notas, pero la mantenía casi cerrada: lo importante era mirar a Evan, no al

papel.

Dr. Smith — ¿Cómo te sientes, Evan? — preguntó despacio, como si temiera romper algo frágil.

Evan no respondió. Sus ojos seguían fijos en un punto vacío de la pared, tan quieto que parecía una

estatua, con los labios apretados hasta ponerse blancos.

El doctor esperó. Después asintió, como si esa ausencia también fuera una respuesta.

Dr. Smith — Entiendo que no quieras hablar.

A veces las palabras duelen más que el silencio. Lo que viviste fue… demasiado. Nadie de tu edad debería cargar con algo así.

Evan se encogió un poco en la silla, mordiéndose el labio inferior hasta hacerlo sangrar.

También por un instante, Evan parpadeó, pero nada más.

El doctor tomó aire y apoyó las manos en sus rodillas.

Dr. Smith — He estado observando algunas cosas en ti, Evan. Y quiero que entiendas que no es tu culpa lo que te paso. Es tu mente intentando sobrevivir al dolor.

El niño seguía en silencio, pero sus dedos comenzaron a apretar el borde de la silla.

Los dedos de Evan tamborileaban nerviosos sobre la madera, cada vez más rápido.

Dr. Smith — Lo que veo primero es un trauma muy fuerte. Lo llamamos estrés postraumático. Te

despiertas con recuerdos, con imágenes, con sonidos que regresan una y otra vez… aunque quieras

olvidarlos. Eso explica por qué reaccionas cuando escuchas un ruido repentino. Es como si tu cuerpo

todavía creyera que está en esa noche.

Hizo una pausa. Evan apretó los ojos, como si quisiera expresar una imagen apenas visible.

Dr. Smith — también noté señales de depresión. — prosiguió el doctor con voz suave.

Te cuesta encontrar motivos para levantarte, no quieres comer, no tienes ganas de hablar ni de

jugar… todo se siente vacío. Y eso no significa que seas débil, Evan. Significa que llevas una tristeza

demasiado grande para tu edad.

El niño bajó un poco la cabeza, su respiración se entrecortaba. Como si esas palabras le pesaran.

Dr. Smith — Además, están los problemas de sueño. Te cuesta dormir, ¿verdad? Y cuando duermes…

las pesadillas no te dejan descansar. Eso agota el cuerpo y la mente.

Evan cerró los ojos por un segundo. No habló, para que una lágrima silenciosa. recorrió su mejilla.

El doctor no interrumpió. Le dio espacio. Luego, con voz más suave, continuó:

Dr. Smith — Y hay algo más, Evan he notado momentos en que parece que no estás aquí. Como si te desconectaras del mundo. A eso lo llamamos disociación. Es tu forma de escapar del dolor: tu mente

se va a otro lugar, aunque tu cuerpo se quede. Es una defensa. No está mal, pero también te hace sentir perdido: como si no fueras real, o como si lo que pasó hubiera sido un sueño.

Evan abrió los ojos de nuevo. Esta vez los movió apenas hacia el doctor. Un gesto mínimo, pero lleno

de fragilidad. Sus hombros temblaron apenas.

Dr. Smith — Y todo eso se mezcla con la ansiedad: esa sensación constante de que algo malo puede

pasar en cualquier momento. Es como vivir con un monstruo invisible al acecho… aunque estés en un

lugar seguro.

El niño respiró más rápido, como si esas palabras hubieran desaparecido algo dentro de él. El doctor

esperó a que el ritmo bajara.

Luego apoyó las carpetas sobre la mesa y habló con calma.

El doctor se inclinó hacia adelante.

Dr. Smith — Evan, no estás solo. No eres un monstruo. No eres culpable. Lo que sientes tiene un

nombre, y eso significa que podemos ayudarte. Vamos a trabajar juntos para que ese dolor no te

gobierne.

Una chispa mínima brillo en los ojos del niño. Apenas un destello.

Anotó algo en el expediente y sonrió con un gesto suave.

Dr. Smith — quiero que conozcas a alguien — sonrió el doctor. — Se llama doctora Silvina Krauss.

Ella es experta en traumas como el tuyo. Ha ayudado a muchos niños a salir de la oscuridad.

Evan lo miró por primera vez, apenas una destello de curiosidad en medio de la niebla.

Dr. Smith — ella vendrá a verte en dos días, por la mañana. Te explicará más, responderá tus dudas…

y poco a poco, juntos, iremos buscando la forma de aliviar lo que llevas dentro.

Evan no dijo nada, pero ese leve cruce de miradas fue lo más parecido a una respuesta en días. Para

el doctor, fue suficiente: una chispa diminuta, suficiente para empezar.

Silencio blanco

pasaron los días, aproximadamente cinco. Evan no hablaba, no lloraba, no comía. Solo se quedaba

sentado, mirando la pared blanca de su habitación en el hospital. Silencio absoluto. Una tarde, una

enfermera dejó un sobre en su mesa de noche.

No tenía remitente. Con manos temblorosas, lo abrió. Dentro había una sola hoja, escrita a mano, con una caligrafía irregular:

“Nos veremos pronto, Evan. No todos cumplen sus promesas.”

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