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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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VIII- el regimiento de la pluma

Clara:

El sol de la mañana golpeaba el jardín de la finca con una intensidad que mis ojos, todavía resentidos por el "Pan Pedro", no terminaban de agradecer. Sin embargo, tenía una misión. Una misión que requería disciplina, orden y catorce pares de patas naranjas sincronizadas.

—¡Izquierda, derecha, izquierda! ¡Capo, mantén la línea! ¡Mini-Al, deja de morderle la cola a Venganza o habrá consejo de guerra!

Estaba en mitad del césped, todavía en pijamas —unos pantalones de seda con dibujos de medialunas que no gritaban precisamente "autoridad"— y con el pelo recogido en un moño improvisado del que escapaban varios mechones salvajes. Me veía como un náufrago que acababa de heredar una granja, pero me sentía como un general de élite.

Valentina estaba sentada en la mesa de hierro forjado del jardín, bebiendo su café con una parsimonia insultante. Tenía las piernas cruzadas y observaba la escena por encima del borde de su taza, con una ceja levantada que lo decía todo.

—Clara, cariño —dijo Val, tras dar un sorbo pausado—, son patos. No son los Marines. Lo único que van a conquistar es el plato de agua y, probablemente, tu dignidad.

—¡Silencio en las gradas, Valentina! —exclamé, señalándola con una ramita que usaba a modo de batuta—. La disciplina es la base de cualquier sociedad civilizada. ¡Aristóteles, vuelve aquí! ¡No te interesa lo que hay en ese arbusto!

A unos metros, apostados cerca de la entrada principal, los guardias de Alessio —tipos que probablemente habían sido entrenados para ignorar explosiones y torturas— estaban sufriendo su mayor prueba de fuego. Los miré de reojo; sus rostros, habitualmente de piedra, estaban sufriendo espasmos extraños. Uno de ellos incluso se tapaba la boca con la mano, fingiendo una tos muy poco convincente para ocultar la risa.

Era una imagen patética y adorable a la vez: yo, corriendo en círculos, intentando que catorce bolas de pelusa canela desfilaran en formación mientras ellos me seguían más por el interés en mis pantuflas que por respeto a mis órdenes.

—¡Atención! —grité, plantándome frente a la fila (que era más bien un semicírculo caótico)—. ¡Hoy conquistamos el estanque, mañana... el mundo!

—Mañana lo único que vas a conquistar es una gripe si no te pones algo encima —la voz de Alessio llegó desde el porche, profunda y cargada de esa burla que ya empezaba a resultarme familiar.

Me giré, tropezando casi con "Pucherito", y lo vi apoyado en la columna, observándome con los brazos cruzados. Se veía impecable, como siempre, pero había algo en su mirada que delataba que estaba disfrutando de mi locura matutina mucho más de lo que querría admitir.

Alessio:

Me apoyé en la columna del porche, observando el espectáculo más absurdo que mis jardines habían presenciado jamás. Clara corría descalza por el césped, con esos pantalones de pijama llenos de lunas y un moño desastroso que dejaba al descubierto su nuca, agitando una ramita como si fuera el mismísimo Napoleón ante sus tropas.

Catorce bolas de pelusa canela la seguían en un caos chillón, tropezando con sus propios pies.

Caminé hacia la mesa exterior y me senté frente a Valentina. Ella no se molestó en ocultar su desprecio; me dedicó una mirada gélida sobre el borde de su taza de café, apretando la mandíbula lo suficiente como para que se notara la tensión en su cuello. No me importó. El odio de Valentina era algo que entendía, algo sólido y lógico en mi mundo.

Pero lo que sentí cuando volví a mirar hacia el jardín no tenía nada de lógico.

Clara se había agachado para recoger a "Pucherito", que se había quedado rezagado. Al levantarse, soltó una carcajada limpia, genuina, y empezó a dar saltitos para incitar a los demás a seguirla. En ese preciso instante, algo en mi pecho hizo un ruido extraño. No fue un golpe, fue más bien como si un engranaje perfectamente aceitado se hubiera saltado un diente.

Sentí una calidez invasiva, una especie de... ¿ternura? No. La ternura era para los débiles. ¿Empatía? Peor aún. Era una sensación viscosa y desconocida que me recorría la columna, algo que hacía que mi corazón, normalmente una piedra fría y eficiente, se sintiera pesado, como si se estuviera derritiendo en un charco de debilidad absoluta.

—Es patético, ¿verdad? —soltó Valentina, rompiendo el silencio con un tono cargado de veneno—. Una chica brillante, reducida a pastorear patos en la jaula de oro de un monstruo.

La miré, pero sus palabras apenas me rozaron. Mis ojos volvieron a Clara. Ella acababa de tropezar con su propia pantufla y se había sentado en el césped, rodeada de patitos que intentaban escalar por su regazo. Estaba radiante. Estaba... feliz.

Me resultó asqueroso. Me resultó insultante que esa mujer, a la que yo mantenía cautiva por pura estrategia, fuera capaz de desarmarme con un simple movimiento de su moño deshecho. Sentí una náusea emocional ante mi propia falta de control. Yo no sentía "cosas". Yo poseía, yo mandaba, yo destruía. Pero verla allí, riéndose de nada y de todo a la vez, me hacía querer bajar al jardín, apartar a los patos y... ¿qué? ¿Abrazarla? ¿Pedirle perdón?

Apreté los puños sobre la mesa, sintiendo el metal frío bajo mis palmas. Esa vulnerabilidad que me provocaba verla así era el sentimiento más peligroso que había experimentado en mi vida. Era una debilidad que no podía permitirme, pero que, por alguna razón maldita, no quería dejar de mirar.

—No es una jaula, Valentina —dije, con la voz más ronca de lo habitual, sin apartar la vista de la "general" de los patos—. Es una inversión. Y parece que hoy estoy obteniendo mejores dividendos de los que esperaba.

—Eres un asco, Alessio —escupió Valentina, levantándose de la mesa con un gesto brusco.

—Probablemente —murmuré, mientras mi corazón seguía haciendo ese estúpido e insoportable ejercicio de ablandarse contra mi voluntad.

Dante apareció por el sendero cargando una estructura de madera y malla metálica que parecía más una suite de lujo que una jaula para aves. Tenía ese aire eficiente y silencioso de siempre, pero sus ojos delataban una chispa de incredulidad ante la escena del "regimiento de la pluma".

—Señorita Rossetti, creo que sus tropas necesitan un cuartel general antes de que decidan anexionar el salón —dijo Dante con una inclinación de cabeza casi imperceptible.

Clara soltó un grito de alegría y se puso manos a la obra. Verla trabajar con Dante era otro golpe bajo para mi sistema; ella lo trataba con una confianza natural, sin el veneno que me reservaba a mí. Entre los dos, empezaron la operación de captura. Clara atrapaba a cada patito con una delicadeza extrema, susurrándoles palabras de aliento como si los estuviera enviando a una misión secreta, mientras Dante los depositaba con cuidado dentro del recinto.

—¡Cuidado con Venganza, Dante! Es un poco temperamental —advirtió ella, entregándole al pequeño terrorista canela.

Una vez que los catorce estuvieron dentro, comenzó la verdadera locura. Clara desapareció dentro de la cabaña y regresó cargada de suministros: un par de mis mantas de cachemira (que seguramente me costarían una fortuna limpiar), juguetes de goma que no sé de dónde sacó y, para mi horror absoluto, una de sus propias pantuflas de felpa.

—Necesitan sentirse como en casa —murmuró ella, acomodando las cobijas en un rincón de la jaula.

Me quedé observando desde la mesa, todavía con esa sensación viscosa de "ternura" pegada a las costillas como si fuera chapapote. Valentina seguía allí, ignorándome, pero yo no podía dejar de mirar a Clara. Se arrodilló frente a la jaula, con el moño ya medio deshecho y briznas de hierba en el pijama, vigilando cómo sus "hijos" reaccionaban al nuevo entorno.

Poco a poco, los cuacs frenéticos empezaron a silenciarse. Los catorce patitos, exhaustos tras su fallido entrenamiento militar, empezaron a amontonarse sobre la pantufla y las mantas. Se buscaban unos a otros, hundiendo los picos entre las plumas del compañero, hasta que formaron una sola masa compacta de color canela que respiraba al unísono. Se quedaron dormidos en un grupo perfecto, una alfombra de pelusa viviente.

Clara se quedó allí, en silencio, con una expresión de paz que me revolvió el estómago de la forma más contradictoria posible. Se veía tan pequeña y tan... mía.

—Mira, Alessio —susurró ella sin girarse, con la voz suave—. Hasta los guerreros necesitan una siesta.

—Parece que tu ejército se ha rendido a la primera de cambio, Rossetti —respondí, intentando que mi voz sonara tan fría como el mármol, aunque por dentro sentía que mi resolución se estaba desmoronando como un castillo de naipes.

Era asqueroso. Era humillante. Pero mientras la miraba sonreírle a un montón de aves dormidas, supe que estaba perdido. Había empezado queriendo un juguete y terminé comprando un zoológico solo para verla brillar así.

Clara se escabulló hacia el interior de la cabaña, probablemente buscando refugio de mi mirada y del escrutinio de Valentina. Pero yo ya no era dueño de mis impulsos. Ese sentimiento viscoso, esa mezcla de posesividad y fascinación que me había estado taladrando el pecho en el jardín, me empujó a seguirla.

Entré en su habitación sin llamar. La cortesía es para los invitados, y en esta finca, yo soy la única ley.

Me detuve en seco. Clara estaba de espaldas a la puerta, en mitad del proceso de cambiarse el pijama. El aire se me quedó atascado en la garganta. Su cuerpo era una obra de arte tallada en una realidad que me golpeó con la fuerza de un mazo: una piel sutilmente bronceada que parecía pedir a gritos ser marcada, caderas anchas que se curvaban con una generosidad pecaminosa y un abdomen plano que contrastaba con la redondez de sus muslos firmes. Sus pechos, de un tamaño perfecto, subían y bajaban con su respiración agitada cuando se giró asustada al oír el portazo.

—¡Alessio! —exclamó, intentando cubrirse con la primera prenda que encontró, pero ya era tarde. El daño, o el milagro, estaba hecho.

No le di tiempo a reaccionar. Crucé la distancia que nos separaba en dos zancadas y la acorralé contra el borde de la cama. Mis manos se apoyaron a ambos lados de su cuerpo, atrapándola en el espacio entre mis brazos y el colchón. La madera de la cama crujió bajo mi peso mientras me inclinaba sobre ella, invadiendo su espacio personal hasta que pude sentir el calor que emanaba de su piel.

La miré directamente a los ojos, esos ojos que anoche lloraban por patos y hoy me desafiaban con un destello de puro terror mezclado con algo que no supe identificar.

—¿Crees que puedes andar por mi casa, revolucionar a mis hombres y jugar a las casitas con catorce animales sin que haya consecuencias, ratoncito? —mi voz salió más grave de lo que pretendía, vibrando con una amenaza que era mitad castigo y mitad deseo.

Ella tragó saliva, y vi cómo su pecho subía y bajaba con rapidez. El moño deshecho terminó de caer, dejando que su cabello enmarcara su rostro asustado pero extrañamente magnético. En ese momento, el "monstruo" que Valentina decía que yo era se sintió más vivo que nunca, pero por razones que no tenían nada que ver con el odio.

—Alessio... sal de aquí —susurró, aunque no hizo ningún intento real por empujarme.

—Todavía no —murmuré, acortando la distancia hasta que mi aliento rozó sus labios—. Me debes una explicación por esa sonrisa de ahí fuera. Y por hacerme sentir cosas que detesto.

Clara:

Sentí que el aire se volvía denso, casi sólido, mientras Alessio me acorralaba contra el borde del colchón. Su presencia era abrumadora; olía a madera, a perfume caro y a ese peligro que te hace querer correr y quedarte al mismo tiempo. Un calor abrasador subió por mi cuello y se instaló en mis mejillas, encendiéndolas en un sonrojo que odié por delatarme.

—Oye, no... —murmuré, intentando que mi voz no temblara, aunque mis manos, que buscaban apoyo en las sábanas, decían lo contrario—. Aún no. Soy virgen y no pienso... no pienso darte nada.

Mis propias palabras sonaron pequeñas, casi infantiles, frente a la intensidad de su mirada. Traté de endurecer la expresión, de recordarme que él era mi captor, el hombre que me trajo aquí a la fuerza. Pero Alessio no retrocedió. Al contrario, se inclinó más, rompiendo esa última barrera de espacio personal.

Su nariz rozó la curva de mi oreja antes de bajar lentamente hacia mi cuello. Cuando sentí sus labios, cálidos y firmes, presionando mi piel sutilmente bronceada, un escalofrío eléctrico recorrió mi columna vertebral. Mi cuerpo, traicionero y rebelde ante mis órdenes mentales, reaccionó por cuenta propia. Sin que pudiera evitarlo, mi espalda se arqueó sutilmente hacia él, buscando más de ese contacto que me cortaba la respiración.

—Alessio... —volví a susurrar, pero esta vez fue más un suspiro que una protesta.

—¿Crees que quiero que me "des" algo, ratoncito? —su voz vibró contra mi piel, enviando una descarga directa a mis muslos—. Solo quiero que entiendas quién tiene el control aquí.

Sus labios continuaron su camino, dejando un rastro de fuego por la línea de mi tendón hasta llegar a la clavícula. Mi corazón martilleaba contra mis costillas como uno de mis patitos intentando escapar, pero mis piernas se sentían pesadas, casi de gelatina. Odiaba lo vulnerable que me hacía sentir, odiaba que su sola cercanía me hiciera olvidar que hace cinco minutos mi única preocupación era el bienestar de "Capo" y su regimiento.

Él se detuvo justo encima de mi pecho, mirándome de nuevo con esos ojos oscuros que parecían querer devorarme. Mi sonrojo se intensificó al darme cuenta de que estaba casi desnuda ante él, con mis curvas expuestas y mis defensas desmoronándose ante su tacto.

—Dijiste que no me darías nada —murmuró él, con una sonrisa que ya no era de burla, sino de pura posesión—. Pero tu cuerpo no parece estar de acuerdo con tu boca.

Lo miré fijamente, con los pulmones ardiendo y el pulso disparado. Tenía su rostro tan cerca que podía contar las pestañas de esos ojos oscuros que me observaban como si fuera su presa favorita. En ese momento, mi cerebro —el poco que me quedaba después del vino y el vapor del baño— sufrió un cortocircuito.

Olvidé los patos. Olvidé a Valentina. Olvidé que era mi captor.

Solo podía mirar sus labios y pensar, con una desesperación que me asustaba, que quería comerle la boca a besos. Quería enredar mis dedos en su cabello oscuro, tirar de él y obligarlo a que terminara con esa tensión que me estaba matando. Mi cuerpo se inclinó hacia él casi por inercia, mis labios se entreabrieron y juraría que el mundo se detuvo esperando el impacto.

Pero entonces, el hechizo se rompió.

Alessio soltó una risa baja, una vibración que sentí contra mi pecho, pero que no tenía nada de romántica. Se alejó apenas unos centímetros, lo suficiente para que el frío del aire golpeara mi piel sudorosa, y una chispa de burla regresó a sus ojos.

—Vaya, ratoncito... —dijo, ensanchando esa sonrisa sarcástica que tanto odiaba—. Por un momento pensé que ibas a saltar sobre mí. ¿Dónde quedó esa castidad de hierro de la que hablabas hace un segundo?

Me quedé helada. El sonrojo de deseo se transformó instantáneamente en un rojo de furia y humillación. Él lo había notado. Había notado cómo me moría por besarlo y lo estaba usando para divertirse.

—Parece que el instinto es más fuerte que la moral, ¿verdad? —continuó él, enderezándose por completo y recuperando su aire de superioridad, mientras me miraba de arriba abajo con una mezcla de satisfacción y desdén—. Pero tranquila, no voy a aprovecharme de una chica que todavía necesita un mapa para encontrar el baño. Límpiate la baba, Rossetti. Tienes catorce patos que cuidar y, por lo que veo, todavía tienes que aprender a controlarte a ti misma.

Se dio la vuelta, caminando hacia la puerta con una elegancia que me daban ganas de pisotear.

—¡Eres un idiota integral, Alessio! —le grité, agarrando una almohada y lanzándosela a la espalda, aunque él la esquivó sin siquiera mirar atrás.

—Y tú eres una virgen con muchas ganas, ratoncito —respondió desde el pasillo, su risa resonando por toda la cabaña—. Nos vemos en el almuerzo. Intenta no enamorarte de "Capo" mientras tanto.

Me desplomé sobre la cama, tapándome la cara con las manos. Lo odiaba. Lo odiaba con toda mi alma por haberme hecho sentir ese fuego y luego apagarlo con una manguera de sarcasmo.

Alessio:

Cerré la puerta de la cabaña con una fuerza innecesaria y caminé hacia mi estudio como si el mismísimo diablo me pisara los talones. Cada zancada que daba sobre la grava del sendero era un intento desesperado por sacudirme la imagen de Clara de la cabeza, pero era inútil. El rastro de su aroma —esa mezcla de jabón barato y piel cálida— parecía haberse filtrado en mis pulmones.

Entré en el despacho y, sin poder contenerme, descargué un golpe de puño seco contra la pesada mesa de roble. El estruendo resonó en las paredes, pero el dolor físico no fue nada comparado con la tormenta que rugía debajo de mi cinturón.

—¡Maldita sea! —gruñí, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

Me dejé caer en el sillón de cuero, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, pero eso fue un error. En la oscuridad de mis párpados, su cuerpo volvió a aparecer con una nitidez insultante. Esas caderas anchas, la curva perfecta de su trasero y la forma en que su espalda se había arqueado instintivamente cuando mis labios rozaron su cuello.

Sentía la erección palpitante, tensa contra la tela de mi pantalón, recordándome con cada latido que me había quedado a medio camino. Mi cabeza ardía. Una parte de mí, la más salvaje y primaria, gritaba que volviera allí, que pateara la puerta y la tomara sobre ese colchón sin importarme sus protestas ni su supuesta virtud. Podía haberlo hecho. Ella lo deseaba; lo vi en sus ojos castaños, en la forma en que buscó mi boca con una desesperación que casi me hace perder los estribos.

Pero me detuve. Y me burlé.

Me burlé porque el miedo a mi propia debilidad era mayor que mi deseo. Verla allí, tan vulnerable y a la vez tan dispuesta, me asustó más que cualquier amenaza de mis enemigos. Si la hubiera tomado en ese momento, habría dejado de ser el dueño de la situación para convertirme en el esclavo de esa sensación viscosa que me recorría el pecho.

Me pasé una mano por la cara, tratando de recuperar el aliento. Mi pulso seguía acelerado y el dolor de la excitación no cedía. Era una tortura autoinfligida. Había querido jugar con ella, demostrarle quién mandaba, y terminé siendo yo el que huía a su estudio con el cuerpo en llamas y el orgullo herido.

—Eres un imbécil, Alessio —susurré para el vacío de la habitación.

Ella era una virgen con ganas, sí. Pero yo era un hombre con hambre, y ese hambre empezaba a ser incontrolable.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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