Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
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Postulación 1
Una semana después, fue el profesor de la cicatriz quien la llamó al final del entrenamiento. El sol apenas descendía y el patio estaba cubierto de polvo y sudor. Los demás estudiantes se habían retirado, pero él permanecía de pie, firme, con los brazos cruzados detrás de la espalda.
—La milicia vendrá la próxima semana.. Reclutamiento oficial del ejército del reino de Bernicia.
El nombre del reino retumbó en el pecho de Constance como un tambor de guerra.
La fuerza militar en Bernicia era conocida por su disciplina. No aceptaban a cualquiera. Se decía que solo uno de cada veinte aspirantes superaba las pruebas iniciales. Y aunque en la historia del reino había habido mujeres en el ejército, su número era escaso y sus historias siempre estaban rodeadas de dificultad y sacrificio.
Constance no respondió de inmediato.
El profesor la observó con su único ojo visible, el otro oculto bajo la vieja cicatriz que le cruzaba el rostro.
—No te lo estoy ordenando.. Te lo pregunto. ¿Te interesa postular?
El aire parecía más denso.
Desde pequeña había entrenado en secreto. Se había levantado antes del amanecer. Había soportado golpes, moretones, cansancio extremo. Todo escondido bajo vestidos elegantes y sonrisas correctas.
Si entraba al ejército… ya no podría ocultarse.
Ya no sería solo una joven noble que estudiaba comercio. Sería una soldado.
—Sí.. Quiero postular.
El profesor no sonrió, pero algo en su postura cambió.
—Sabía que dirías eso.
Esa noche Constance no durmió.
Se sentó frente a la ventana de su dormitorio, todavía con el vestido formal del día. Desde afuera llegaban risas de otras estudiantes. Algunas hablaban de bailes, otras de pretendientes. Una incluso mencionó el nombre de Damian Devlin entre susurros emocionados.
Constance apretó la mandíbula.
La milicia.
No era un torneo académico.
No era un combate supervisado.
No era un juego de honor entre nobles.
Era guerra real.
Recordó la caída de su vida pasada. El golpe mortal. El instante en que todo se volvió negro.
Había recibido una segunda oportunidad.
¿La desperdiciaría escondiéndose?
Su mirada se endureció.
No.
Si había renacido, no era para vivir a medias.
Al día siguiente, cuando terminó el entrenamiento, el profesor Davies y el profesor Evans también estaban presentes. Ambos la observaron en silencio mientras practicaba una secuencia de ataque y defensa con precisión casi impecable.
—Si se presenta, no irá como niña noble jugando a soldado.
—No.. Irá como arma.
Cuando terminaron, el profesor de la cicatriz se acercó a ella.
—Las pruebas serán brutales. Resistencia, combate múltiple, estrategia y obediencia. No les importará tu apellido. No les importará tu género. Solo les importará si puedes sostener una espada cuando todos los demás hayan caído.
Constance asintió.
—¿Y si me rechazan?
El profesor la miró fijo.
—Entonces volverás aquí. Y entrenaremos hasta que no puedan rechazarte.
Por primera vez, una chispa de emoción cruzó el pecho de Constance.
No era simpatía.
Era reconocimiento.
La noticia del reclutamiento se esparció por la academia al día siguiente.
Muchos jóvenes hablaban emocionados. Algunos temerosos. Otros simplemente presumían que serían aceptados sin dificultad.
Damian Devlin, por supuesto, fue uno de los más ruidosos.
—¡Será divertido! Hace tiempo que quiero probar algo real.
Se acercó a Constance.. enmascarada, como siempre.. y bajó la voz.
—¿Te presentarás?
Ella no respondió.
—Claro que sí.. No entrenas así para quedarte aquí.
Ella lo miró, silenciosa.
Damian inclinó la cabeza con esa sonrisa despreocupada que tanto le molestaba.
—Si entramos los dos, prometo no decirle a nadie tu secreto.
Constance giró sobre sus talones y comenzó a marcharse.
—No necesito tu promesa —dijo sin mirarlo.
Él la observó alejarse, y por primera vez en meses, su expresión no fue divertida.
Fue seria.
Durante esa semana, el entrenamiento cambió.
Más peso.
Más repeticiones.
Menos descanso.
Los profesores no suavizaron nada. Si acaso, fueron más duros.
Constance sentía el cuerpo arder cada noche, pero también sentía algo más: dirección.
No estaba peleando por orgullo.
No estaba peleando por demostrar nada a su familia.
No estaba peleando contra Damian.
Estaba peleando por su lugar en el mundo.
Entrar al ejército de Bernicia significaba independencia. Significaba decisión propia. Significaba que nadie podría decirle qué era apropiado para una señorita.
Y si el mundo pensaba que no era un lugar para mujeres…
Entonces ella lo conquistaría igual.
Cuando finalmente llegó el día anunciado, el patio de la academia estaba lleno de soldados uniformados con los colores del reino.
Constance ajustó su máscara.
Respiró profundo.
Y dio un paso al frente.
La segunda vida que había recibido no sería tranquila.
Sería poderosa.