No pensé enamorarme de nuevo Y llegastes tu a cambiarlo todo.
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Mi historia
Escucho el despertador sonar, interrumpiendo el silencio de la madrugada y anunciando un nuevo día. Una jornada que comienza con cambios profundos y nuevas realidades; de esas que para unos significan dolor y para otros, la más pura felicidad.
Mientras apago la alarma, me quedo un momento contemplando el techo, asimilando el peso de mi propia historia antes de ponerme en pie.
Para que entiendan el punto al que he llegado, necesito contarles quién soy y de dónde vengo.
Mi nombre es Gabriella Gil. Actualmente, tengo 27 años y soy médico cirujano, nacida en el estado Aragua, Venezuela.
Estoy casada con Daniel Torres, un ingeniero civil de 31 años. Llevamos once años juntos, toda una vida desde que éramos unos muchachos, y de esa unión nacieron nuestros mayores tesoros: un par de hermosos gemelos que ya cumplieron 10 añitos.
Sí, como se lo están imaginando: salí embarazada a los 16 años. Era casi una niña que apenas cursaba la secundaria. Para muchos, una situación como esa habría sido el fin del mundo, el colapso de cualquier futuro profesional; para mí, aunque difícil, fue un proceso llevadero porque tuve la fortuna de contar con el amor incondicional de Daniel y el respaldo inquebrantable de mi familia.
Mis padres, Darío Gil y Antonia Zambrano, son los seres más maravillosos del mundo. Jamás nos soltaron la mano, ni en las buenas ni en las malas.
Mi padre es un eminente cardiólogo que trabaja en uno de los mejores centros del país, el Hospital Cardiológico Infantil Latinoamericano "Gilberto Rodríguez Ochoa".
Mi madre, por su parte, es una talentosa diseñadora de modas, creadora de imponentes vestidos de novia y de gala bajo su firma "Morenitas Moda".
Mis dos hermanos mayores, Gabriel y Gael, también decidieron seguir los pasos de mi papá; el primero es pediatra y el segundo, fisioterapeuta. Crecí en un hogar lleno de medicina, arte y sobre todo, mucho apoyo humano.
Daniel y yo nos conocimos en los pasillos del Liceo Don Rómulo Gallegos, gracias a vecinos y amigos en común.
Cuatro años mayor que yo, y cada vez que pasaba por mi lado, yo suspiraba como una tonta. Poco a poco empezamos a frecuentarnos. Compartíamos mucho tiempo juntos: coincidíamos en el mismo curso de idiomas e íbamos al mismo gimnasio, aunque practicábamos disciplinas diferentes. Lo importante era estar cerca. Cuando cumplimos un año de habernos conocido, me invitó a salir por primera vez —con el debido permiso de mis padres, por supuesto—.
Aquella cita fue perfecta y, al final del día, con los nervios a flor de piel, me preguntó si quería ser su novia. Con el corazón acelerado, acepté de inmediato. El tiempo pasó y el amor se transformó en algo maduro, sólido.
Empezamos a trazar metas y planes a futuro donde siempre, sin excepción, estábamos los dos incluidos. Daniel se ganó el respeto de los míos; siempre se portó a la altura, como un caballero.
Lamentablemente, la situación con su familia era muy distinta. Su padre, Don Luis Torres, es un amor de hombre; un empresario respetable dedicado a la industria de la construcción que se ganó mi cariño desde el primer día. En cambio, Doña Catalina de Torres... eso es otra historia. Nunca le he caído bien. Para ella, soy muy poca cosa para su "bebé".
Es el polo opuesto de mi madre: arrogante, déspota y clasista. Su hermana menor, Dalia, ella y yo tenemos la misma edad, pero es una muchacha risueña y sumisa, completamente anulada por la sombra de su madre.
No opina, no habla sin permiso; la presión psicológica que vive esa pobre chica en su casa no es nada fácil de soportar.
El verdadero punto de quiebre en nuestras vidas ocurrió cuando cumplimos el primer año de noviazgo. Daniel organizó una cena romántica, un encuentro íntimo y mágico donde terminamos entregándonos por primera vez a la pasión. Fue hermoso, el sello de un amor que creíamos inquebrantable. A partir de esa noche, nuestra vida íntima se volvió muy activa.
Sin embargo, la burbuja estalló seis meses después. Empecé a sentir un cansancio inusual, un sueño pesado que me vencía a mitad del día, antojos extraños y sutiles cambios en mi cuerpo.
Síntomas que para un ojo médico experimentado no pasarían desapercibidos. Un domingo por la tarde, mi padre, sin indagar demasiado, pero con esa mirada clínica y protectora que lo caracteriza, se me acercó en la cocina y me soltó una pregunta que me heló la sangre:
—Gaby, ¿tienes algún retraso?.
Me quedé en shock. En ese instante caí en cuenta de la realidad: mi período no había llegado y tenía quince días de retraso.
El mundo se me vino encima. Con las manos temblorosas y el corazón en la garganta, me encerré en el baño para llamar a Daniel, asustada, mientras mil escenarios catastróficos empezaban a reproducirse en mi cabeza.
Lo que no sabía en ese momento era que esa llamada cambiaría el rumbo de nuestras vidas para siempre.
Daniel Torres
La loca de la amante