Más Allá del Poder

Aquí mismo descubrí sus palabras: no todo eran vacaciones. Lady Ross me había enviado a trabajar con los proveedores de su empresa en este rincón del mundo. Aunque inicialmente me sentí molesto, decidí aceptar el desafío. Después de todo, sabía que tenía una deuda con ella.

Pasé días intensos en la empresa, entre negociaciones interminables y cenas formales llenas de sonrisas fingidas. Para alguien como yo, acostumbrado a mantener el control, resultaba agotador lidiar con tantas máscaras. Pero no podía negarlo: también me sentía vivo. Había algo emocionante en navegar ese juego de poder y persuasión.

Al terminar mis responsabilidades, decidí que era momento de un respiro. Necesitaba distanciarme, no solo del trabajo, sino de mi propio pasado. Planeé un viaje más largo, esta vez con Lara y Jack, buscando disfrutar de la vida como lo que ahora era: un joven adinerado, libre de las ataduras que alguna vez me definieron.

Sin embargo, esa libertad tenía un costo. Mientras organizaba mi partida, no podía evitar pensar en el otro Ansel, aquel que había sufrido tanto en la línea original de su vida. Sus heridas, sus miedos, aún resonaban en mí como un eco distante. Había logrado cambiar mi destino, pero su sombra permanecía.

Esa tarde, mientras revisaba los últimos detalles, Lara irrumpió en la sala con su característico aire despreocupado. Se dejó caer en un sillón frente a mí y me observó con una ceja alzada.

—¿Entonces ahora eres un magnate ocupado que necesita unas vacaciones caras para "reflexionar"? —preguntó con una sonrisa sarcástica, haciendo comillas con los dedos.

—Más bien alguien que ha sobrevivido a un campo de batalla disfrazado de empresa. Me las merezco —repliqué, devolviéndole la sonrisa—. Además, pensé que te encantaría un cambio de escenario. Sol, playa, cócteles… ¿o me equivoco?

—No me quejo de eso, pero... —se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos—. ¿Estás seguro de que no estás exagerando con todo esto? Últimamente, pareces estar huyendo de algo.

Fruncí el ceño, aunque su comentario no me sorprendió. Lara siempre tenía la habilidad de leer entre líneas, incluso cuando yo no quería que lo hiciera.

—Es solo un viaje —respondí con una sonrisa que esperaba convincente—. Nada más. ¿Qué podría estar huyendo si ya lo tengo todo?

Ella me miró en silencio por unos segundos, como evaluando si insistir o dejar el tema. Finalmente, suspiró y se encogió de hombros.

—Bien. Pero si terminamos en medio de una crisis existencial mientras bebemos margaritas, me lo deberás.

—Prometo que no habrá margaritas existenciales —bromeé, soltando una pequeña risa. Luego, añadí con un guiño—: Aunque si las hay, yo invito.

La tarde siguiente, Jack y yo estábamos listos para partir. Él, como siempre, estaba impecablemente preparado, cargando mis maletas como si fuera un ritual sagrado. Decidí abordar algo que llevaba días rondando mi mente.

—Jack, ¿estás seguro de esto? —le pregunté mientras ajustaba mi reloj—. Podrías quedarte aquí. Te ofrecí la administración del negocio por una razón: sería un buen lugar para ti.

Él se detuvo un momento, mirándome con la seriedad que siempre lo caracterizaba.

—Mi señor, mi lugar está donde esté mi amo —respondió con firmeza, como si fuera una ley inquebrantable. Luego, añadió con un atisbo de humor—: Además, ¿quién más evitaría que se pierda en un aeropuerto?

Solté una carcajada. Jack tenía razón, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

Al despedirnos de Lady Ross en la entrada, ella, en un gesto inesperado, le entregó a Jack una tarjeta con la instrucción de que la usáramos durante el viaje. Intenté rechazarla inmediatamente, alegando que no era necesario.

—Lady Ross, su generosidad es más que suficiente. Esto no es necesario —dije, extendiéndole la tarjeta de vuelta.

—Oh, no seas testarudo, Ansel —intervino Lara antes de que pudiera añadir algo más. Con una sonrisa astuta, tomó la tarjeta y la guardó en su bolso sin siquiera mirar a Lady Ross—. Es solo para emergencias... y tal vez para un par de cenas caras. Yo me encargo de administrar los fondos.

—¿Eso debería tranquilizarme? —bromeé, cruzándome de brazos.

—Por supuesto que sí. ¿Cuándo he hecho algo irresponsable? —respondió Lara, guiñándome un ojo mientras Lady Ross reía suavemente.

—La lista sería más corta si preguntamos cuándo no lo has hecho —murmuré en voz baja, aunque lo suficiente para que Lara lo escuchara.

Ella me lanzó una mirada de fingida indignación, pero antes de que pudiera replicar, Jack nos interrumpió.

—El transporte ya está esperando en el estacionamiento. ¿Les parece si continuamos esta entretenida discusión en el camino?

Lara asintió rápidamente, tomándome del brazo mientras Jack cargaba nuestras maletas hacia el auto.

—No puedo esperar a ver a dónde nos llevará este viaje —dijo Lara con entusiasmo, aunque noté un leve brillo de preocupación en sus ojos. Tal vez aún pensaba que estaba escapando de algo.

Yo, por mi parte, sabía que este viaje era más que un simple escape: era una búsqueda. Aunque todavía no tenía claro qué estaba buscando exactamente.

El vuelo fue largo y agotador. Al aterrizar, nos esperaba una casa alquilada, un lugar que Lara había seleccionado cuidadosamente. Era más grande de lo que esperaba, con ventanales que dejaban entrar la luz del amanecer y un jardín que parecía sacado de una postal. Mientras me instalaba en mi habitación, el aroma de flores frescas llenaba el aire. Por un momento, sentí una paz que hacía tiempo no experimentaba.

Esa noche, después de una cena tranquila, salí al jardín. Las estrellas brillaban con intensidad, y el murmullo de un arroyo cercano añadía un toque de serenidad. Jack me acompañó, como era su costumbre, caminando unos pasos detrás de mí en silencio. Pero el silencio entre nosotros empezó a pesarme, y antes de que pudiera pensarlo demasiado, dejé salir la pregunta que llevaba días rondando en mi cabeza.

—Jack... —mi voz rompió el suave canto de los grillos—. ¿Qué piensas realmente de mí?

Jack, que parecía siempre preparado para cualquier cosa, frunció el ceño ligeramente. Me miró de reojo, como si intentara descifrar si hablaba en serio.

—¿De usted, señor? —preguntó con cautela, como si fuera una trampa.

—Sí, Jack. De mí. No como tu jefe o como el hombre al que sigues a todas partes, sino... como persona. ¿Qué piensas de mí realmente?

Él hizo una pausa, llevando las manos a la espalda, como si estuviera evaluando cada palabra antes de hablar.

—Pienso que mi señor tiene un buen corazón —respondió finalmente, con una seriedad que me desarmó por completo.

No pude evitar reírme. Era una carcajada genuina, casi liberadora, pero teñida de incredulidad.

—¿Un buen corazón? —le dije, girándome hacia él—. ¿Yo? Jack, he manipulado, he engañado, y he usado a las personas como piezas de ajedrez para llegar a donde estoy. ¿Eso te parece un buen corazón?

Jack no se inmutó. Siguió mirándome con esa inexpresividad estoica que tanto lo caracterizaba.

—Con todo respeto, señor, no me interesan las piezas que movió. Me interesa lo que hace cuando nadie lo está viendo.

—¿Y qué crees que hago cuando nadie me ve?

—Se asegura de que su hermana esté bien, incluso cuando ella no lo nota. Dona dinero a causas sin buscar reconocimiento. Y... —hizo una breve pausa—, lleva un diario de un desconocido bajo el brazo desde que lo compró, como si fuera un tesoro.

Me quedé en silencio, sorprendido de lo mucho que Jack observaba, incluso cuando parecía no hacerlo.

—No lo había pensado así... —admití, más para mí que para él.

—Pienso que, aunque mi señor no quiera admitirlo, está buscando algo más grande que poder o dinero. Tal vez ya lo encontró.

Sus palabras me dejaron desconcertado, como si hubiera visto algo en mí que ni yo mismo lograba comprender.

Los días en nuestro nuevo destino transcurrieron rápidamente. Lara y yo exploramos el área, disfrutando de la tranquilidad que nos rodeaba. Un día, mientras paseábamos por un mercado local, nos encontramos con un puesto de libros antiguos. Lara, como siempre, fue la primera en notar algo interesante.

—Mira esto, Ansel —me llamó, sosteniendo un libro con una cubierta de cuero desgastada—. Es un diario.

Lo tomé en mis manos. Las páginas amarillentas y la tinta desvaída le daban un aire misterioso, como si contuviera secretos enterrados por el tiempo.

—Déjame adivinar. Quieres que lo compre porque tiene "buena vibra", ¿no? —bromeé, arqueando una ceja.

—No, quiero que lo compres porque te pertenece —respondió ella con firmeza, entregando un par de billetes al vendedor antes de que pudiera protestar.

—¿Te pertenece? —interrumpió Jack, que siempre estaba atento a nuestras interacciones—. ¿Se refiere a que tiene su nombre en la portada o algo así?

—No seas literal, Jack —contestó Lara, riendo—. Digo que este libro es para él. Tiene esa clase de energía... como si lo estuviera esperando.

—Claro, ahora los libros esperan a las personas —murmuré, pero no pude evitar sonreír mientras guardaba el diario.

Esa noche, ya en la casa, no pude resistirme a abrirlo. Las historias y reflexiones del viajero de siglos pasados parecían hablarme directamente, como si compartiéramos una conexión invisible. Una de sus últimas entradas captó mi atención: hablaba del deseo de dejar un legado, de ser recordado no por sus posesiones, sino por lo que había dado al mundo.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, no pude evitar compartir lo que había leído.

—¿Creen que se puede ser recordado por algo más que el poder o el dinero? —pregunté, mirando a Jack y Lara.

—Por supuesto —respondió Lara sin dudar—. La gente recuerda cómo la hiciste sentir. No cuánto tenías en el banco.

—Mi señor ya lo hace —añadió Jack, provocando que ambos lo miráramos sorprendidos—. No solo las personas que lo conocen lo recordarían. Incluso quienes han recibido su ayuda sin saber de dónde viene.

Aquellas palabras despertaron algo en mí. Esa misma tarde, comencé a trabajar en un plan con ellos: usar mi fortuna para algo más grande que yo mismo. Así nació la idea de crear una fundación benéfica.

No fue fácil. Cada paso estuvo lleno de desafíos, pero por primera vez sentí que estaba haciendo algo verdaderamente significativo. Después de semanas de esfuerzo, la fundación fue lanzada oficialmente. Fue un momento de orgullo indescriptible.

Esa noche, mientras estaba solo en mi habitación, volví a abrir el diario. Pasé mis dedos por las páginas, agradeciendo al desconocido autor que, sin saberlo, había cambiado mi vida.

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