Sombras del Pasado

Después de despedir a todos, me propuse relajarme. Tomé un baño prolongado, dejando que el agua caliente calmara mi cuerpo y mente. Por un momento, sentí una paz que no experimentaba desde hacía tiempo, como si cada gota de agua se llevara consigo las preocupaciones acumuladas. La sensación era efímera, pero suficiente para darme un respiro. Pedí una botella de vino a una de las doncellas, pensando disfrutarla mientras me sumergía en una novela de suspenso que había dejado a medias.

Más tarde, caminé hacia la terraza de mi habitación, buscando aire fresco. La brisa nocturna golpeó mi rostro con suavidad, llenándome de una calma renovadora. Las estrellas brillaban con una intensidad inusual, y por un momento, dejé que mi mente divagara entre recuerdos y mis planes a futuro. Fue entonces cuando escuché unos golpes en la puerta, seguidos por la inconfundible voz de Jack.

—Mi señor, es hora de cambiar su vendaje —dijo desde el otro lado.

Había olvidado por completo mi herida. Bajé la mirada y noté mi pie desnudo, con la piel enrojecida y dolorida.

—Adelante, Jack —respondí.

Jack entró con su paso firme y eficiente, cargando el botiquín de primeros auxilios. Su mirada recorrió mi pie con rapidez, pero en sus ojos noté un destello de desaprobación, aunque su expresión permaneció estoica.

—Debería tomar más en serio su recuperación, mi señor —dijo mientras colocaba los materiales sobre la mesa junto a mí.

—No es gran cosa —respondí con una sonrisa tranquila, intentando restarle importancia.

—Quizá no lo sea ahora, pero podría serlo si no se cuida —replicó mientras se arrodillaba frente a mí, sujetando mi pie con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de su voz.

Sus manos, cálidas y seguras, trabajaban con precisión mientras limpiaba la herida. A pesar de su tono, sentí que sus movimientos transmitían una preocupación que él intentaba ocultar.

—Jack, siempre tan profesional —comenté, buscando romper la tensión—. A veces pienso que te tomas más en serio mi bienestar que yo mismo.

—Ese es mi trabajo, mi señor —respondió sin levantar la mirada.

—¿Solo tu trabajo? —pregunté, inclinándome ligeramente hacia él, buscando algo más en su respuesta.

Por un instante, Jack se detuvo. Fue apenas un segundo, pero lo suficiente para notar que mis palabras lo habían alcanzado. Sin embargo, cuando levantó la vista, su expresión estaba tan compuesta como siempre.

—Sí, mi señor. Mi responsabilidad es asegurar que esté bien en todo momento.

Su respuesta fue directa, casi mecánica, como si quisiera reforzar una barrera invisible entre nosotros. Pero no pude ignorar el leve temblor en su voz, casi imperceptible.

—Eres más que un simple guardaespaldas para mí, Jack —dije, esta vez en un tono más suave.

Intentaba romper la brecha que parecía existir entre nosotros. Por alguna extraña razón, él tomaba demasiado cuidado en atenderme, como si detrás de su trato impecable hubiera algo que intentaba ocultar

Él negó con la cabeza ligeramente y volvió a concentrarse en la herida, aplicando el vendaje con cuidado.

—Le agradezco sus palabras, pero mi prioridad es servirle de la mejor manera posible —dijo, con una calma que parecía ensayada.

—Eres muy terco, ¿sabes? —murmuré, intentando arrancarle al menos una sonrisa.

Para mi sorpresa, sus labios se curvaron apenas, un gesto fugaz que desapareció tan rápido como había aparecido.

—Es una cualidad útil en mi posición, mi señor —respondió, con un ligero matiz de humor que apenas rompió su fachada seria.

Cuando terminó de vendarme, se levantó con la misma eficiencia de siempre, guardando los materiales en el botiquín. Me miró de nuevo, esta vez con una mezcla de preocupación y algo que no pude descifrar del todo.

—Por favor, sea más cuidadoso. No siempre podré estar para ayudarle.

La sinceridad en sus palabras me tomó por sorpresa. Antes de que pudiera responder, él ya se dirigía hacia la puerta, manteniendo su postura impecable.

—Jack —lo llamé antes de que se marchara.

Se detuvo, girando apenas la cabeza hacia mí.

—Gracias. Por todo.

Por un instante, su mirada pareció suavizarse. Pero en lugar de responder, simplemente asintió con la cabeza y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Habían transcurrido varios meses desde mi llegada a este mundo, tiempo suficiente para que algunas cosas interesantes ocurrieran. Una de ellas fue la ausencia de Dick, quien se marchó a un supuesto "viaje de negocios". Su ausencia resultó ser un alivio para mí: menos drama, menos problemas, y sobre todo, menos de su odiosa cara.

Mientras tanto, Lara se había hecho amiga íntima de Lady Ross, lo que facilitó su permanencia a mi lado. Eso, junto con el trabajo conjunto con mi asistente, nos permitió avanzar rápidamente en los negocios sin mayores contratiempos.

Estaba revisando candidatos para el puesto de gerente en el nuevo restaurante cuando unos golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos.

—Mi señor, la señorita Mancini ha llegado —anunció Jack desde el otro lado.

Suspiré, dejando de lado los currículums sobre mi escritorio.

—Hazla pasar —respondí, poniéndome de pie.

Jack, siempre impecable en su labor, no dejaba pasar a nadie sin mi permiso, ni siquiera a Lara. Su profesionalismo a veces me hacía sentir como si tuviera un mayordomo y un guardaespaldas todo en uno.

Lara entró como si estuviera en su propia casa, apoyándose despreocupadamente en la esquina de mi escritorio.

—Buenos días, jefe. Aquí tengo los reportes sobre tu querido prometido —dijo, con una sonrisa burlona que nunca presagiaba nada bueno.

—Lara, ya te lo he dicho mil veces: no me llames jefe, y mucho menos con esa cara tan seria —respondí, señalándole una silla.

—Pero lo eres, técnicamente hablando. Aunque también eres un poco insoportable —replicó mientras tomaba asiento, cruzando las piernas con elegancia—. En fin, no nos distraigamos. Esto es jugoso. Muy jugoso.

Sacó un USB de su bolso y lo dejó sobre el escritorio, junto con una carpeta llena de documentos.

—¿Otra vez? ¿Es que no te cansas de investigar la vida de ese idiota? —dije mientras conectaba el USB a la computadora.

—Vamos, no te hagas el inocente. Sabes que esto es importante —dijo, recostándose en el sofá que tenía frente a mi escritorio—. Además, sé que en el fondo disfrutas esto tanto como yo.

Desde mi accidente, Dick había desaparecido por completo. Lady Ross mencionó alguna vez que estaba en un viaje importante de negocios, pero hacía tres meses vino en plena noche, desesperada, a decirme que había perdido contacto con su hijo. Desde entonces, de manera casi imperceptible, me había involucrado más y más en los asuntos de su empresa familiar.

—Veamos qué tenemos aquí… —murmuré mientras abría los archivos en la pantalla.

Los documentos eran una mina de oro. Según las pruebas, Dick había escapado románticamente a una ciudad cercana. Lady Ross estaba furiosa porque, además, él planeaba volver a casarse conmigo.

—Ja, ja, ja… Esto no puede ser real —me reí con incredulidad, sin apartar los ojos de la pantalla—. ¿De verdad cree que puede humillarme de esa manera?

—Oh, cariño, él cree muchas cosas. Y ninguna de ellas lo hace parecer más inteligente —comentó Lara, mientras tomaba uno de los chocolates que descansaban en una bandeja sobre mi escritorio.

Tecleé con rapidez, ideas comenzaban a tomar forma en mi mente.

—Le mostraré lo que es una verdadera humillación —dije, más para mí mismo que para ella.

Más tarde, en mi habitación, disfrutaba de una copa de vino mientras enviaba algunos correos. Jack entró con unas fotografías en la mano, caminando con su acostumbrada precisión.

—Mi señor, encontré lo que buscaba —dijo, extendiéndome las imágenes.

Las tomé y, al revisarlas, una sonrisa lentamente se dibujó en mi rostro.

—Esto es perfecto —dije, dejando las fotos sobre la mesa junto a mi copa—. Jack, no te preocupes. Nadie imaginará que tuviste algo que ver con esto.

—Confío en usted, mi señor. Como siempre —respondió, inclinando ligeramente la cabeza.

—Ven, acompáñame con una copa. Hoy se celebra un pequeño triunfo.

Jack declinó con su habitual cortesía, recogiendo la botella y mi copa mientras se hacía tarde. Al salir, la puerta se cerró con un suave clic.

Me quedé solo, mirando las estrellas por la ventana abierta, mientras el eco de una risa siniestra se mezclaba con la brisa nocturna.

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