Desperté en la cama del hospital, con la luz cegadora de la habitación lentamente ajustándose a mis ojos. El dolor era un recordatorio constante de la caída, y mi mente se encontraba en un torbellino de confusión y malestar físico. Lo que finalmente me devolvió la plena conciencia fue una discusión que estalló en la habitación.
—¡¿Qué dices, madre?! ¡Eso es imposible! —la voz de Dick resonaba con furia contenida, aunque parecía hacer un esfuerzo inútil por no alzarla demasiado.
Parpadeé lentamente, confundido, al verlo arrodillado frente a Lady Ross. Su rostro tenía una marca visible, probablemente de un golpe reciente, y su expresión era una mezcla de incredulidad y desesperación.
—Te lo repetiré una última vez, Richard —respondió Lady Ross, con una calma que helaba la sangre—. Baja la voz, no seas imprudente. Vas a despertar a Ansel.
—¡No me importa, madre! ¡Esto no puede estar pasando! —insistió Dick, golpeando el suelo con el puño.
La señora Ross, sin perder su postura altiva, entrecerró los ojos y le dedicó una mirada fulminante.
—No seas un niño, Richard. No puedes proteger a esa mujer, y mucho menos casarte con ella. He hecho lo necesario para proteger nuestro apellido.
—¡Pero la denuncia...! ¡Leonora no es una delincuente, madre! —espetó Dick, alzando un poco más la voz.
Fue entonces cuando el sonido de una bofetada resonó en la habitación. Lady Ross, firme y sin titubear, lo había golpeado con la misma frialdad con la que daba órdenes.
—¡Te dije que te callaras! —le espetó, sin levantar la voz, pero con un tono tan afilado que parecía cortar el aire—. Y no vuelvas a mencionarla en mi presencia. ¿Acaso no entiendes lo que has hecho? ¡Has asesinado a tu propio hijo con tu imprudencia!
El impacto de sus palabras dejó a Dick sin habla. Se quedó allí, arrodillado, con la mirada clavada en el suelo como si acabara de ser atravesado por una daga.
Intenté moverme para intervenir, pero el dolor en mi cuerpo me recorrió como una descarga eléctrica, haciéndome toser. Fue suficiente para interrumpir la tensa escena.
—Ansel, ¿estás despierto? —Lady Ross se giró hacia mí con un semblante completamente transformado, casi maternal, mientras me ayudaba a incorporarme un poco—. Despacio, querido, no te esfuerces.
Dick, en cambio, m—¡Richard! ¡Llama al médico! —ordenó Lady Ross mientras le lanzaba su bolso. Dick lo esquivó por puro reflejo, pero no hizo ningún intento de moverse.
—No hace falta... estoy bien —dije con voz débil, fingiendo una fragilidad mayor de la que sentía.
Lady Ross tomó mi mano con suavidad, como si quisiera reconfortarme, pero su mirada escondía algo más.
El me miraba con una mezcla de desprecio y culpa.
No lo había notado hasta que me moví un poco, pero tenía una venda más grande de lo que recordaba.
—La-lady Ro-Ross, ¿qué pasó? —dije, fingiendo un tono débil y miserable.
—No te preocupes por nada, querido. Déjalo todo en mis manos —dijo con una sonrisa tranquilizadora que no alcanzó sus ojos.
A partir de ese momento, no se apartó de mi lado. Si tenía que ausentarse, siempre dejaba a uno de sus guardaespaldas vigilándome. Todo transcurrió en una rutina monótona hasta que, unos días después, algo rompió esa normalidad.
Era cerca de las 3:30 am cuando escuché los golpes suaves en la puerta.
—Toc, toc.
Los guardaespaldas intercambiaron miradas, alertas. Ninguno de ellos se movió al principio, pero el silencio posterior solo hizo que la tensión en el aire creciera.
—¿Quién podría ser a esta hora? —murmuró uno de ellos.
Los golpes cesaron, seguidos por el sonido de pasos apresurados en el pasillo. Poco después, una enfermera entró a la habitación, visiblemente alterada, con la cara tan pálida como una sábana.
—No abran la puerta bajo ninguna circunstancia —dijo rápidamente, casi sin aliento—. Una de nuestras compañeras fue atacada. Creemos que alguien se está haciendo pasar por personal del hospital.
La advertencia quedó suspendida en el aire mientras la enfermera se marchaba tan rápido como había llegado.
—Voy a investigar —dijo uno de los guardaespaldas antes de salir apresurado.
Los minutos pasaron con una lentitud insoportable. Finalmente, el guardaespaldas regresó, pero no venía solo. En sus brazos llevaba a una mujer inconsciente.
Mi respiración se detuvo por un segundo.
Claro, aquí tienes una versión organizada de tu texto para que fluya mejor y sea más claro:
—¿Leonora? —murmuré, incrédulo.
Ella vestía un uniforme de enfermera, pero estaba mal puesto, como si lo hubiera colocado apresuradamente.
El guardaespaldas me miró con sorpresa.
—¿La conoces?
Leonora abrió los ojos en ese instante. Su mirada estaba llena de suplica, mezclada con rabia contenida.
—Ansel... necesito que hables conmigo. A solas —dijo, con la voz apenas un susurro, pero con un tono tan firme que hizo que el guardia vacilara.
—¿Qué clase de petición es esa? —respondí con frialdad, aunque mi curiosidad me obligó a mirarla más
detenidamente.
—Por favor, solo escúchame —insistió, sin siquiera intentar liberarse del agarre del guardaespaldas.
Tras un momento de deliberación, asentí, aunque con evidente recelo.
—Está bien, suéltala —ordené al guardaespaldas, levantando una mano. Él vaciló, pero finalmente la dejó en el suelo, aunque se mantuvo cerca.
Leonora se enderezó y caminó hacia mí, aún con movimientos cautelosos. Su ropa estaba arrugada, el cabello revuelto, y había un pequeño corte en su mejilla. Pero su mirada seguía fija en la mía, como si nada más importara.
—Habla —dije, rompiendo el silencio que se había formado entre nosotros.
Leonora tragó saliva antes de responder, su voz baja pero cargada de frustracion.
—Retira la denuncia, Ansel.
La frialdad en sus palabras me tomó por sorpresa, aunque intenté no demostrarlo.
—¿De qué estás hablando? Sé más específica.
Ella dio un paso más hacia mí, ignorando la presencia del guardia.
—Sabes perfectamente a qué me refiero. La denuncia contra mí, todo lo que has hecho para complicarme la vida... No entiendo qué ganaste con eso, pero quiero que lo detengas. Ahora.
—¿Me estás dando órdenes? —pregunté, alzando una ceja.
Leonora soltó una risa amarga.
—No son órdenes, es una súplica. Pero si quieres interpretarlo como una amenaza, adelante.
—¿Una amenaza? —repetí, inclinándome ligeramente hacia ella—. ¿Y qué piensas hacer si no lo hago?
Leonora me sostuvo la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de desesperación y orgullo.
—No soy yo de quien deberías preocuparte. Hay personas que están observando todo esto, personas que no dudarán en ir más allá para protegerme. Lo único que conseguirás si sigues con esto es ponerte en peligro a ti mismo.
—¿Quiénes? —pregunté, endureciendo el tono.
Ella vaciló, pero antes de que pudiera responder, el sonido de pasos rápidos y voces en el pasillo interrumpió la conversación.
Leonora se tensó de inmediato, sus ojos escaneando la habitación como un animal acorralado.
—Vienen hacia aquí —susurró, más para sí misma que para mí.
—Es Dick —dije, reconociendo su voz en la distancia.
Leonora dio un paso hacia atrás, claramente alterada.
—No pueden verme aquí. Por favor, Ansel...
—¿Qué estás haciendo, Leonora? —le pregunté, observándola mientras buscaba desesperadamente un lugar donde esconderse.
—Te lo explicaré después. Por favor, solo ayúdame esta vez.
Sin esperar mi respuesta, Leonora corrió hacia la cortina que dividía la habitación y se escondió detrás de ella, su respiración contenida. Apenas unos segundos después, la puerta se abrió de golpe, y Dick entró como una tormenta, seguido de cerca por Lady Ross.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Dick, su rostro rojo de furia, mirando a su alrededor como si buscara algo o a alguien.
Lady Ross, por su parte, no mostró ninguna emoción visible, pero sus ojos escanearon la habitación con una precisión escalofriante.
—¿Ansel, estás bien? —preguntó, acercándose a mi cama con una sonrisa helada.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Dick de nuevo, esta vez con más fuerza.
Yo mantuve la calma, aunque mi mente estaba alerta. Si descubrieran a Leonora, las cosas podrían salirse de control rápidamente.
—Nada importante, Dick —respondí con voz cansada, fingiendo que apenas podía mantener los ojos abiertos—. Solo tuve una mala noche.
Dick me observó con sospecha, pero Lady Ross interrumpió antes de que pudiera decir algo más.
—Richard, no es momento para tus tonterías. Ansel necesita descansar.
Aquí tienes una versión más organizada y fluida del texto:
Dick apretó los puños, pero obedeció, alejándose de la cama. Mientras tanto, detrás de la cortina, podía sentir la presencia de Leonora, inmóvil, conteniendo la respiración.
Richard. Así lo llamaba Lady Ross cuando estaba molesta, y lo había repetido tantas veces este día que era evidente que estaba seriamente enojada con él.
Leonora seguía oculta detrás de la cortina, observando con una mezcla de curiosidad y ansiedad. No quería estar ahí, pero algo en su interior le impedía moverse. Apenas respiraba, temiendo ser descubierta, mientras el murmullo de las voces llenaba el ambiente.
—Ansel, tenemos que hablar —dijo Dick de repente, rompiendo el silencio incómodo.
Lady Ross lo miró con una ceja arqueada, como si estuviera esperando algo de él.
—Richard, no demores más. Haz lo que tienes que hacer.
La frialdad en su voz me puso en alerta, pero antes de que pudiera decir algo, Dick se acercó más a la cama donde yo estaba sentado.
—Ansel —comenzó, sacando un pequeño estuche de su bolsillo. Mis ojos se fijaron en sus manos, y sentí una punzada de incomodidad—. Quiero… pedirte algo.
Lady Ross, de pie junto a la puerta, sonreía con una expresión que no alcanzaba sus ojos. Había algo calculado en su postura, algo que hacía que la habitación se sintiera más fría de lo normal.
—Richard —dijo ella en un tono bajo pero firme—. Hazlo ahora.
Dick respiró profundamente y, para mi sorpresa, se arrodilló frente a mí, abriendo el estuche de terciopelo negro. Dentro, un anillo brillaba bajo la luz, tan perfecto como si fuera diseñado para una escena teatral.
—Ansel, ¿quieres casarte conmigo?
Mis ojos se abrieron de par en par. La pregunta resonó en la habitación, y por un momento no supe cómo responder. Mi corazón latía con fuerza, no por emoción, sino por la incomodidad de la situación.
Desde su escondite, Leonora observaba la escena con incredulidad. Podía imaginar sus ojos fijos en el anillo, sus manos temblando mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué estás haciendo, Dick? —pregunté con un nudo en la garganta.
—Lo que creo que es mejor para los dos —respondió, aunque su voz carecía de la pasión que uno esperaría en un momento como ese.
Lady Ross intervino, su tono cortante como un cuchillo:
—Richard, no pongas excusas. Esto es lo correcto, y ambos lo saben.
Fue en ese instante cuando lo entendí. Esto no era amor. Esto era una obligación, una estrategia. Algo que Lady Ross había planeado meticulosamente, y Dick no estaba haciendo más que seguir sus órdenes.
Dick no me miraba a los ojos. Su expresión estaba cargada de una mezcla de resignación y agotamiento, como si estuviera cumpliendo con un deber que le resultaba insoportable.
—Ansel —continuó—, esto no tiene que ser ahora mismo. Solo… piénsalo.
Leonora, desde su escondite, parecía contener el aliento. Para ella, la escena debía de parecer la culminación de una historia de amor. No podía saber lo que yo acababa de comprender: que todo esto era una farsa.
—Dick, esto es demasiado… inesperado —dije, eligiendo mis palabras con cuidado—. Necesito tiempo.
Lady Ross chasqueó la lengua, visiblemente irritada.
—Por supuesto que necesita tiempo. Pero, Ansel, no seas insensato. Richard está haciendo lo correcto al proponerte esto. Es lo que cualquier persona en tu posición debería aceptar.
Dick apretó los labios, como si las palabras de su madre le quemaran por dentro.
—No quiero presionarte —dijo finalmente, cerrando el estuche con un movimiento rápido y poniéndose de pie—. Solo quiero que lo consideres.
Con eso, dio un paso atrás, y Lady Ross lo siguió hacia la puerta.
—Espero que reflexiones, Ansel. Esta es una oportunidad que no deberías desaprovechar —dijo ella antes de salir de la habitación, su tono cargado de una autoridad que me resultaba insoportable.
Cuando la puerta se cerró, la habitación quedó en silencio. Solo entonces me permití respirar con más libertad, aunque el peso de lo ocurrido seguía sobre mí.
Desde detrás de la cortina, Leonora emergió lentamente. Su rostro estaba pálido, y en sus ojos había algo que nunca había visto antes: una mezcla de dolor y rabia.
—Entonces… ¿vas a casarte con él? —preguntó, su voz temblando.
—No es tan simple como parece, Leonora.
Ella me miró con incredulidad.
—¿No es simple? Acabo de verte aceptar una propuesta de matrimonio.
—No acepté nada. Solo dije que necesitaba tiempo.
—Eso es lo mismo que aceptar, Ansel —espetó, dando un paso hacia mí—. ¿Qué significa todo esto? ¿Desde cuándo Dick está enamorado de ti?
La pregunta me golpeó como un puñetazo. No podía decirle la verdad, no podía revelar que todo esto no era más que un plan de Lady Ross.
—Leonora, no es lo que parece…
—¿No? —interrumpió, con una sonrisa amarga—. Porque desde aquí, parecía una escena sacada de un cuento de hadas. Y tú estabas en el centro de todo.
No sabía cómo responder. Cada palabra que intentaba formular parecía insuficiente.
Ella negó con la cabeza, como si estuviera intentando borrar la imagen de su mente.
—No importa. No debería importarme.
Pero sus ojos la traicionaban. Había algo roto en ellos, algo que me hacía sentir culpable de una manera que no podía explicar.
Leonora dio un paso hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo.
—Espero que seas feliz, Ansel. Aunque no sé si eso sea posible en un mundo donde todo parece una mentira. Tú nunca podrás comprenderlo, eso te lo aseguro. Yo solo era su salvación… para él.
Y con eso, se fue, dejándome solo con el eco de sus palabras.
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Comments
Mary (Lupis❤️🌹)
que está planeando
2024-08-15
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