El Despertar de los Recuerdos

Apenas abrí los ojos, sentí un peso extraño aplastando mi pecho. La habitación parecía reconocible, pero algo en el aire era diferente, como si estuviera viendo mi mundo a través de un cristal agrietado. Parpadeé varias veces, tratando de separar la realidad del residuo de un sueño intranquilo. Entonces, una voz atravesó mi confusión.

—Mi señor... Mi señor —la voz de Jack era baja, pero insistente, como un eco cargado de preocupación.

Giré la cabeza hacia él, sintiendo cómo un leve mareo me hacía tambalearme.

—Para —dije, apartando su mano de mi brazo con más fuerza de la que pretendía—. Me estás mareando.

Jack retrocedió un paso, pero no rompió el contacto visual. Su rostro, siempre tan estoico, tenía una tensión que no había visto antes.

—¿Qué pasó? —pregunté mientras desabrochaba la bata de dormir que ni siquiera recordaba haberme puesto. Algo estaba mal. Algo más allá del sudor frío que cubría mi piel o la opresión que aún sentía en el pecho.

Jack vaciló un segundo antes de responder, su postura rígida, como si estuviera preparándose para un juicio.

—Mi señor, otra vez está sufriendo... por mi culpa —dijo finalmente, con una voz que parecía cargada de más emociones de las que intentaba mostrar.

Me detuve en seco. Lo miré fijamente, intentando procesar lo que acababa de decir.

—¿Qué? —pregunté, girándome completamente hacia él.

Lo vi bajar la cabeza, algo que jamás hacía. Jack era como un muro, inquebrantable, siempre seguro de sí mismo. Pero ahora... parecía frágil.

—Lamento mi incompetencia —dijo, inclinándose levemente, su tono apenas un murmullo.

Mi pecho se tensó. ¿Qué demonios había pasado? Intenté recordar, pero mi memoria se detenía en un punto fijo.

—¿Fue la medicina? —pregunté con un tono cortante, acortando la distancia entre nosotros en dos pasos rápidos. Agarré su rostro con ambas manos, obligándolo a mirarme directamente—. Mírame cuando me respondas.

Jack tragó saliva, sus ojos oscilaban entre la culpa y la frustración.

—Así es, mi señor —admitió, con una voz tan contenida que parecía a punto de romperse.

Cerré los ojos por un instante, sintiendo una oleada de emociones en conflicto. No era culpa suya, lo sabía, pero la sensación de vulnerabilidad me invadía. Inspiré profundamente, obligándome a mantener el control.

—Explícate —dije, soltando su rostro con más suavidad esta vez.

Jack me explicó con detalles que el médico no había advertido de los efectos secundarios de la medicina. Al parecer, me había sumido en un sueño tan profundo que ni siquiera había respondido cuando intentó despertarme varias veces. Según sus palabras, incluso llegó a temer por mi vida.

Me quedé en silencio por unos segundos, observando cómo Jack parecía reprocharse a sí mismo. Esa actitud suya, tan inquebrantable normalmente, ahora estaba teñida de fragilidad.

—Jack, esto no es tu culpa —dije finalmente, forzándome a sonar tranquilo.

Sus ojos se alzaron hacia los míos, aunque seguían llenos de dudas.

—Ocúpate de hablar con ese médico —continué, suavizando mi tono, aunque manteniendo un filo en mi voz—. Asegúrate de que esto no vuelva a suceder.

Esbocé una sonrisa medida, pero detrás de ella solo había una mezcla de cansancio y frustración.

Jack asintió en silencio antes de dar media vuelta y salir de la habitación.

Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en una silla cercana, sintiendo cómo la tensión me drenaba las fuerzas. A lo lejos, escuché la voz de una doncella anunciando que mi baño estaba listo. Me levanté y caminé hacia el baño, sintiendo el peso del día antes siquiera de haberlo empezado.

El calor del agua me rodeaba como un refugio temporal, pero mi mente no quería cooperar. Cerré los ojos, intentando silenciar el ruido interior mientras la música suave llenaba el baño. Por un instante, pensé que podría relajarme. Pero entonces, como un intruso no invitado, el recuerdo del sueño regresó.

La oscuridad opresiva. Ese espejo traicionero. Y él.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, a pesar de que el agua seguía caliente. Había algo profundamente inquietante en la forma en que mi subconsciente desenterraba esos recuerdos. ¿Era la medicina? ¿O mi mente estaba intentando decirme algo que no quería escuchar?

La noche se desvaneció lentamente. La primera luz del amanecer se filtró por las cortinas cuando salí del baño, dejando un rastro de gotas en el suelo de mármol. Me miré en el espejo del lavabo, buscando en mi reflejo alguna señal de claridad, pero lo único que vi fue mi propio rostro, exhausto y perdido.

"Debería dormir un poco más", pensé. Pero en cuanto cerré los ojos, el sueño me atrapó otra vez.

Esta vez no había puertas, ni paredes, solo un vacío infinito que me envolvía. El aire era pesado, cargado de una tensión que me obligaba a avanzar. De repente, ahí estaba el espejo, suspendido en la nada. Su superficie brillaba con una luz siniestra, y cuando me acerqué, lo que vi en él me paralizó.

Era yo... pero no como ahora. Era el yo del pasado, con mi cabello largo y oscuro cayendo sobre un rostro que había tratado de borrar de mi memoria. Ese reflejo me miraba con una intensidad que quemaba, como si intentara arrancarme un secreto que ni siquiera sabía que tenía.

—Cariño...

La voz lo cortó todo, envolviéndome como un eco venenoso. Me giré bruscamente y ahí estaba él: mi ex. Sus ojos cínicos me observaban con esa mezcla de burla y desafío que tanto conocía, mientras su sonrisa era la de un depredador seguro de su presa.

—¿Por qué no dejas de existir? —dijo, acercándose con pasos lentos pero cargados de intención.

Mi corazón latía con fuerza, pero no era miedo lo que sentía. Era algo más oscuro, más áspero: asco.

—¿Todavía me quieres, no es así? —preguntó, tomando un mechón de mi cabello entre sus dedos como si todavía tuviera derecho a hacerlo.

Un fuego interno se encendió en mí. Con un movimiento brusco, aparté su mano.

—No me hagas reír —dije, clavando mis ojos en los suyos con una frialdad que no sabía que podía conjurar—. ¿Crees que soy débil? Vas a necesitar algo más que palabras vacías para quebrarme.

Su sonrisa se desdibujó, pero antes de que pudiera responder, el escenario cambió abruptamente. El espejo ya no mostraba mi apariencia pasada. Ahora reflejaba algo mucho peor: una figura distorsionada de mí mismo, atrapada entre dos mundos. Mi rostro era una mezcla del que fui y del que soy, pero algo en esa imagen parecía quebrado, como si no perteneciera a ningún lugar.

La ira brotó dentro de mí como un torrente incontrolable. Mi pasado no tenía derecho a seguir persiguiéndome, a aferrarse a mí como un parásito. Si este espejo era un símbolo de todo lo que debía enfrentar, entonces debía destruirlo.

Sin dudarlo, busqué algo —no importaba qué— y lo lancé con toda mi fuerza hacia el cristal. El impacto resonó en el vacío, y el espejo se rompió en mil pedazos que flotaron como estrellas caídas antes de desaparecer.

El silencio se hizo absoluto. Luego, la oscuridad se desmoronó.

Me desperté sobresaltado, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Mi cuerpo temblaba, el sudor empapaba mis sábanas, pero algo en mi interior estaba más claro que nunca. Esto tenía que terminar. No podía seguir permitiendo que estos sueños me dominaran. Había llegado el momento de actuar.

Tomé el teléfono sin vacilar y marqué el número de Jack.

—Prepárate. Necesito que hables con Lady Ross. Quiero verla hoy mismo —le dije con un tono que no admitía objeciones.

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