La luz que se filtraba por la ventana me despertó lentamente. La mañana había llegado tarde para mí, y al mirar el reloj, me di cuenta de que faltaban dos horas para reunirme con Roger. No habíamos acordado una hora específica, pero prefería hacer las cosas temprano. Era mi manera de sentir que tenía el control.
Decidí alistarme, pero justo cuando iba a disfrutar de un baño tranquilo, tocaron la puerta de mi habitación.
—¿Mi señor, está despierto? —la voz grave y serena de Jack, mi guardaespaldas, rompió el silencio—. ¿Puedo entrar?
Tomé una bata de baño y ajusté el tono de mi voz para no sonar tan adormilado.
—Adelante, Jack. Estaba por tomar un baño. ¿Qué sucede?
Jack entró con pasos firmes pero discretos, su expresión siempre neutral, como si nada pudiera perturbarlo. Se quedó en silencio por un momento antes de hablar.
—Mi señor, permítame ayudarle.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
—No es necesario. Estoy bien.
Pero el destino pareció tener otros planes. Apenas di un paso hacia el baño, golpeé mi pie herido con la puerta, y un quejido involuntario escapó de mis labios. Jack, sin decir una palabra, se acercó con determinación.
—Está bien —murmuré, resignado—. Solo ayúdame a llegar cerca de la bañera.
Sin embargo, en lugar de servirme de apoyo, Jack me cargó con cuidado, como si fuera algo habitual para él. Era frustrante y, a la vez, tranquilizador.
Preparó el baño con precisión, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de retirarse con una leve inclinación de cabeza.
—Si me necesita, estaré cerca de su habitación, mi señor.
El agua tibia alivió las molestias de mi cuerpo, pero no borró del todo el cansancio acumulado de los últimos días. Después del baño, me cambié con cuidado para no agravar la herida. Aunque insistía en que no era nada grave, los moretones y cortes hablaban por sí solos.
Llamé a Jack nuevamente. Siempre he sido un desastre con los vendajes, y aunque esto me daba algo de vergüenza, no tenía opción.
—Mi señor —dijo mientras guardaba el botiquín de primeros auxilios—, recuerde ser más cuidadoso con su cuerpo. Si siente molestias, puedo llamar a un médico.
—No es necesario, Jack. Estoy bien —respondí, moviendo ligeramente el pie para demostrarlo—. No te preocupes, no te meteré en problemas.
Revisé mi teléfono y encontré un mensaje de Lara. No la esperaba, pero decía que estaba cerca de la entrada del jardín. Me apresuré a alistarme y llamé a Jack para que me ayudara con el calzado. Lo hizo en silencio, con aquella eficiencia tranquila que siempre lo caracterizaba. Una vez listo, me dirigí al encuentro con mi hermana, seguido de cerca por Jack, quien mantenía su distancia habitual, como una sombra discreta.
Al llegar al jardín, la vi de espaldas, su figura recortada contra el paisaje. Estaba inmóvil, con los brazos cruzados y el rostro inclinado hacia un lado, como si la tranquilidad del lugar le ofreciera una paz que difícilmente encontraba en otros sitios. Me acerqué sin hacer ruido, pero no pude evitar que una sonrisa juguetona se dibujara en mi rostro.
—Lara —dije suavemente, casi en un susurro, justo a sus espaldas.
Ella se giró bruscamente, llevándose una mano al pecho mientras sus ojos se abrían como platos. Su expresión de alarma pronto se convirtió en una mezcla de reproche y exasperación.
—¡Por Dios, Ansel! —dijo, soltando un suspiro dramático—. ¿Intentabas darme un infarto o qué?
—No seas exagerada —respondí, conteniendo una risa—. Solo quería sorprenderte, no asustarte.
Se cruzó de brazos, evaluándome con una mirada inquisitiva antes de notar a Jack, quien se mantenía estoico unos pasos atrás.
—¿Qué hace tu secretario aquí? —preguntó, arqueando una ceja con desdén fingido.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Es mi guardaespaldas, no mi secretario —la corregí, dándole un toque teatral a mi tono—. Aunque pensándolo bien, debería pagarle más por la cantidad de cosas que hace por mí.
Jack, fiel a su estilo, no reaccionó, pero Lara rió suavemente, sacudiendo la cabeza.
—Siempre con tus excusas. Vamos, vamos a sentarnos —dijo, señalando un columpio cercano.
Nos dirigimos al asiento improvisado, y al acomodarnos, noté que su mirada volvía a desviarse hacia Jack. Aunque no dijo nada, la curiosidad en sus ojos era evidente.
—Puedes relajarte, no te va a interrogar ni nada por el estilo —comenté, siguiendo su línea de visión.
—No es eso, solo... —dudó un momento antes de cambiar de tema abruptamente—. Entonces, ¿qué piensas hacer, Ansel? No me digas que planeas quedarte aquí mucho tiempo.
Me encogí de hombros, fingiendo desinterés.
—Todavía no lo he decidido. ¿Por qué preguntas?
Lara me miró con seriedad, entrelazando las manos sobre su regazo.
—Porque este lugar no es para ti. Te conozco, Ansel. Finges que todo está bien, pero no es así.
—¿Y qué se supone que haga? —pregunté, sintiendo cómo la ligera diversión de nuestra charla inicial se desvanecía.
—No puedes huir de todo. Al menos no por siempre —dijo, sacando de su bolso un pequeño recipiente con duraznos frescos—. Toma, necesitas endulzarte un poco la vida.
Me ofreció un pedazo con un tenedor y, aunque fingí dudar, lo acepté con una sonrisa agradecida.
—Gracias, hermana. Siempre sabes cómo mejorar mi día.
—Eso intento, pero no siempre me lo pones fácil —respondió, dándome una mirada cómplice antes de adoptar un tono más serio—. Ahora en serio, Ansel. ¿Qué piensas hacer con todo esto? ¿Vas a enfrentar la situación o seguirás evitando las decisiones importantes?
Antes de que pudiera responder, Jack interrumpió con voz calmada pero firme.
—Mi señor, se está acercando su prometido con Lady Ross.
El cambio en la atmósfera fue inmediato. Lara levantó una ceja, desconcertada.
El nombre de Lady Ross hizo que mi cuerpo se tensara de inmediato. Problemas, siempre problemas.
—¿Quién se acerca? —preguntó Lara, frunciendo el ceño.
Me enderecé al verla fijar la vista en el sendero que cruzaba el jardín. Su confusión era evidente, pero para mí, no había duda.
—Nada bueno —murmuré mientras me levantaba, justo cuando ellos aparecían.
Lady Ross avanzaba con la misma gracia intimidante que siempre la caracterizaba. Su vestido impecable y su porte elegante eran tan imponentes como sus intenciones. A su lado, su hijo caminaba unos pasos atrás, con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y el terror.
—Ansel, querido —saludó Lady Ross, curvando los labios en una sonrisa tan falsa como la joya en su broche—. ¿Cómo estás? Pensé que podríamos almorzar juntos. No sabía que tenías una visita tan encantadora. ¿Quién es?
—Suegra, déjeme presentarle a mi media hermana, Lara.
Lara respondió con una sonrisa natural, esa que siempre envidié por su capacidad de ocultar cualquier emoción tras un velo de cordialidad.
—Mucho gusto, Lady Ross. Vine en cuanto me enteré de que mi hermano estaba herido.
La expresión de Lady Ross no cambió, pero la tensión en su mandíbula era evidente. Aunque ya sabía lo de mi herida desde ayer, estaba claro que hoy estaba aquí para aprovechar la situación. Sus ojos pasaron de mí a su hijo con una rapidez que no dejaba lugar a dudas sobre lo que vendría.
—¡Inútil! —exclamó de repente, y antes de que pudiera reaccionar, le dio un golpe en la cabeza con la mano abierta—. ¿Cómo es posible que dejes que estas cosas pasen? ¡Trae un médico inmediatamente!
El hijo de Lady Ross bajó la cabeza como un niño regañado y, obediente, se arrodilló frente a ella.
—¿Qué esperas? —continuó con voz cortante—. ¡Muévete!
El pobre hombre salió corriendo mientras ella se giraba hacia mí, transformando su severidad en una dulzura calculada.
—Ansel, querido —dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—, ¿necesitas algo más?
—No, gracias, suegra. Con Lara aquí, ya me siento mucho mejor.
Lady Ross asintió con una elegancia teatral y se retiró, lanzándome una última mirada que era una mezcla de advertencia y desdén.
Lara esperó a que estuvieran fuera de vista antes de soltar un largo suspiro y cruzar los brazos.
—No puedo creer que sigas soportando todo esto —dijo con el ceño fruncido y un tono que oscilaba entre la frustración y la preocupación.
—¿Y qué quieres que haga? —repliqué, encogiéndome de hombros.
—¿Qué qué hagas? —repitió, indignada—. ¡Cualquier cosa menos seguir permitiendo que te manipulen como un títere!
Le dediqué una sonrisa cansada y me encogí de hombros nuevamente.
—No te preocupes, Lara. Todo esto pronto cambiará.
Ella me miró en silencio por un momento, como si intentara descifrar si hablaba en serio o si solo eran palabras vacías.
—Eso espero, Ansel. Porque si no, no sé cuánto tiempo más podrás seguir soportando esta farsa.
Me senté de nuevo en el columpio, observando el jardín mientras Lara permanecía de pie a mi lado. Sabía que tenía razón.
Tras despedir a Lara, le pedí a Jack que me llevara al ala oeste de la propiedad, donde Roger esperaba. La mansión tenía ese aire solemne que siempre me había incomodado, como si los muros fueran testigos silenciosos de todos los secretos que albergaban.
Cuando llegué a la sala donde él estaba, Roger se encontraba junto a una estantería, hojeando un libro antiguo. Al verme entrar, dejó el libro a un lado y se acomodó los lentes con una calma que, para cualquiera más, habría parecido indiferencia. Pero yo conocía a Roger. Esa calma siempre precedía a algo importante.
—¿Cómo estás, Ansel? —preguntó con voz tranquila, aunque sus ojos me examinaban con intensidad.
—He estado mejor —respondí, dejándome caer en un sillón de cuero desgastado.
Roger se sentó frente a mí y cruzó las piernas con elegancia.
—Lo imagino. —Su tono era seco, pero no carente de interés—. Escuché que Lady Ross estuvo contigo esta mañana.
—Siempre está conmigo. —Solté una risa amarga—. Como una sombra que no puedo sacudirme.
Roger asintió lentamente, como si estuviera procesando algo más profundo que mis palabras.
—¿Sabes qué espera de ti, Ansel?
Fruncí el ceño ante su pregunta.
—Siempre espera algo. Es su especialidad. Manipular, presionar… ¿A dónde quieres llegar, Roger?
Roger suspiró, apoyando los codos en sus rodillas mientras me miraba fijamente.
—Lady Ross no solo espera algo de ti. Te necesita débil, Ansel. Siempre lo ha hecho.
La habitación pareció volverse más fría.
—¿Débil? —repetí, aunque no estaba realmente sorprendido—. ¿Por qué?
—Porque si eres débil, puedes ser controlado. —Roger se inclinó hacia adelante, su voz apenas un susurro—. Desde el principio, todo lo que ha hecho, incluso lo que parece ayuda, ha sido para mantenerte bajo su control. Sabía del maltrato, de los golpes, de las humillaciones. Nunca movió un dedo para detenerlo porque formaba parte de su estrategia.
Mi pecho se tensó. Las palabras de Roger no eran nuevas para mí, pero escucharlas en voz alta, tan crudas, me hacían sentir como si me hubieran arrancado el suelo bajo los pies.
—¿Por qué me estás diciendo esto ahora? —pregunté, tratando de mantener mi voz firme, aunque sentía la ira burbujeando en mi interior.
Roger se recargó en el respaldo de su silla y entrelazó las manos.
—Porque sé que estás al límite, Ansel. Lo vi en tus ojos la última vez que hablamos. Lady Ross está esperando que te derrumbes, pero yo no voy a quedarme sentado mientras sucede.
Su sinceridad me golpeó como un ladrillo. Roger rara vez se involucraba emocionalmente, pero algo en su tono, en su postura, me decía que esto era más personal de lo que quería admitir.
—¿Y qué se supone que haga? —espeté, dejando escapar la frustración—. No puedo simplemente deshacerme de ella.
Roger esbozó una sonrisa casi imperceptible, pero sus ojos brillaban con determinación.
—No, no puedes. Pero puedes jugar su propio juego, Ansel. Y esta vez, ser tú quien tenga el control.
Lo miré en silencio, tratando de descifrar sus intenciones. Sabía que Roger no me diría todo en ese momento. Él siempre dejaba migajas, pequeñas pistas para que yo descubriera el camino por mi cuenta.
—Esto no es solo sobre ella, ¿verdad? —pregunté finalmente.
—No —respondió, su tono volviéndose más sombrío—. Esto es sobre ti, Ansel. Sobre si vas a permitir que sigan moldeando tu vida o si vas a decidir cómo quieres vivirla.
Su declaración dejó un silencio cargado en la habitación. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien veía más allá de mi fachada, más allá de mi papel en este juego de poder.
—Si estás listo, puedo ayudarte —añadió Roger, levantándose—. Pero la decisión es tuya.
Lo observé mientras caminaba hacia la puerta, su figura alta y elegante proyectando una sombra alargada en las paredes. Antes de salir, se giró y me miró por última vez.
—Recuerda, Ansel. Los titanes no se derrumban por sí solos. Siempre hay alguien que les da el empujón final.
Con eso, salió de la habitación, dejándome con mis pensamientos.
(actualizado)
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