Revelaciones y Rosas

Jack no mencionó nada más en todo el camino, lo que no era raro. Su estilo era claro: decir lo necesario y luego sumirse en un profundo y a menudo incómodo silencio. Para otros podría ser un hábito irritante, pero en momentos como este, resultaba un alivio. Mis pensamientos eran lo suficientemente ruidosos como para llenar el vacío.

El coche avanzaba por las calles, iluminado por farolas que parpadeaban como si estuvieran al borde de rendirse. Me obligué a observar el paisaje, intentando ignorar el nudo creciente en mi estómago. Finalmente, no pude más.

—Jack, escúchame con atención —dije, rompiendo el silencio mientras sacaba una nota de mi maletín—. Mañana necesito que me lleves a este lugar. Es importante.

Esperaba el acostumbrado silencio reflexivo de su parte, pero para mi sorpresa, su respuesta fue casi inmediata, como si ya hubiese anticipado mi petición.

—¿A qué hora es su reunión, mi señor? —preguntó, manteniendo el tono neutro que siempre usaba cuando se dirigía a mí.

—Cerca del mediodía — Mientras hablaba, aproveché para enviar un mensaje a Lara, citándola en el lugar indicado.

Necesito verte. Es importante. Mañana al mediodía. Por favor, no llegues tarde.”

—Por cierto —añadí mientras guardaba el teléfono en mi bolsillo—, ¿recuerdas a mi amiga de la otra tarde?

Jack desvió la mirada del camino solo por un instante, suficiente para que un destello de reconocimiento cruzara su rostro.

—Sí, señor —respondió con su habitual brevedad, devolviendo su atención al parabrisas.

—Ella es mi media hermana, Jack —dije, dejando caer la revelación con la intención de medir su reacción. Aunque su expresión permaneció imperturbable, el sutil endurecimiento de su mandíbula me indicó que no era indiferente a la información—. La verás muy seguido estos días.

Un silencio cargado llenó el espacio entre nosotros. Era evidente que Jack tenía algo que decir, pero como siempre, prefería callarlo.

—¿Algún problema con eso? —pregunté, arqueando una ceja, aunque sabía que no recibiría una respuesta directa.

—Ninguno, señor. Mi deber es protegerlo, a usted y a quienes usted estime importantes —dijo con la precisión de alguien que conoce bien su lugar.

No pude evitar soltar una leve risa, aunque sin humor.

—Eres muy bueno diciendo lo correcto, Jack. Quizás demasiado bueno.

Asintió con un leve movimiento de cabeza, como si el detalle no alterara en absoluto su rutina. Al llegar a casa, algo me pareció fuera de lugar. Las luces estaban apagadas, un detalle que, aunque insignificante para otros, era suficiente para tensar mis músculos.

—¿Cree que no están en casa, mi señor? —preguntó Jack, notando mi inquietud.

—No lo sé... —respondí, tratando de sonar tranquilo mientras mis dedos se aferraban a su brazo sin darme cuenta.

Jack pareció sobresaltarse brevemente antes de relajarse, echándome una mirada de preocupación disfrazada de calma.

—Es posible que sea una falla eléctrica. Por favor, permítame guiarlo.

Acepté su mano, agradeciendo en silencio el gesto. Sin embargo, cada paso que dábamos aumentaba mi incomodidad. A medida que avanzábamos hacia la recepción, un aroma peculiar llenó el aire. Era una mezcla embriagadora de rosas y lavanda, demasiado fuerte para ser casual, tan artificial que resultaba casi desagradable.

—Señor… Creo que hay algo en el comedor —dijo Jack en voz baja, posicionándose delante de mí con rapidez—. Quédese detrás de mí.

El olor se intensificó a medida que avanzábamos, hasta que finalmente el comedor apareció ante nosotros. Lo que vi hizo que mi corazón diera un vuelco, pero no de la forma romántica que quien planeó aquello parecía pretender.

Un sendero de pétalos de rosas y ramas de lavanda conducía hacia una mesa decorada con velas y una botella de vino. Todo estaba dispuesto como si se tratara de una escena sacada de un romance barato y desesperado.

Un nudo se formó en mi garganta. ¿En serio? Esto no era más que un intento torpe de emular algo que jamás podría tocarme de la forma que pretendían. Y, sin embargo, lo hizo, aunque no por las razones correctas.

De repente, todo me recordó a él, a ese inútil que me arrebató la vida. La sola idea me revolvió el estómago. Las náuseas subieron de golpe, como si la memoria de aquel hombre se hubiera colado en el aire, mezclándose con el dulce aroma de las flores.

"¿Quién demonios cree que esto es romántico?", pensé, cerrando los puños mientras luchaba por mantener la calma.

—Ya estás aquí —dijo una voz desde el fondo del comedor.

Dick. Maldito sea.

Estaba de pie junto a la mesa, con una sonrisa que me resultó más inquietante que agradable. Su mirada, que pretendía ser seductora, tenía un brillo de control que me hacía sentir como si estuviera atrapado en un juego que no quería jugar. Extendió su mano hacia mí, invitándome a acercarme.

—¿Qué es esto? —pregunté, tratando de mantener un tono amable mientras reprimía el impulso de dar media vuelta y marcharme.

—Mi madre insiste en que… bueno, en que haga un esfuerzo contigo —respondió, sirviendo dos copas de vino—. Así que decidí preparar algo especial para ti.

Su tono, cargado de suficiencia, me dio ganas de tirarle la copa a la cara. Pero me contuve. El último enfrentamiento entre nosotros había sido un desastre y no podía permitirme otro desliz.

—Oh, cariño, no te hubieras molestado —dije, tomando la copa de vino con una sonrisa falsa—. Pero si esto te hace feliz, entonces brindaré por ello.

Mientras sorbía el vino, intenté calmar mi creciente irritación. Pero cada palabra suya, cada mirada, cada gesto me recordaban que estaba atrapado. Dick continuó hablando, lanzando comentarios ensayados y risas huecas que rebotaban en el silencio incómodo.

Finalmente, me levanté, incapaz de soportarlo más.

—Ha sido encantador, pero necesito descansar. Buenas noches, Dick.

Casi había llegado al pasillo cuando sentí que me agarraba del brazo. Su toque era firme, invasivo.

—Ansel, tienes que aprender a llevarte bien conmigo. No tienes opción.

Mi paciencia se agotó en ese instante. Antes de poder responder, su mano tiró de mí con más fuerza de la necesaria, haciendo que tropezara con un mueble. Un jarrón tambaleante cayó sobre mi pie, haciéndome soltar un gruñido de dolor.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —gruñí, girándome para enfrentarlo. Mi mirada era fría, calculadora.

—Solo quiero que entiendas que esto no es opcional. Tú y yo estamos destinados a trabajar juntos, te guste o no.

Mi voz salió baja, peligrosa.

—No intentes rebasar tus límites. Si lo haces, tú serás el único responsable de las consecuencias.

Con un movimiento brusco, me solté de su agarre y salí del comedor, ignorando el dolor en mi pie. Jack estaba esperando junto a la puerta de mi habitación, con la mirada tensa pero lista.

—Señor, ¿está herido? —preguntó al notar mi paso tambaleante.

—Solo un rasguño. Tráeme un botiquín.

Sin necesidad de más palabras, Jack cumplió la orden y comenzó a limpiar las heridas causadas por el jarrón. Su atención era meticulosa, casi reverente.

—Gracias, Jack —murmuré al final, notando cómo se esforzaba en ser delicado.

—Es mi deber, mi señor —respondió, inclinando ligeramente la cabeza antes de retirarse.

Esa noche, mientras la casa permanecía en silencio, mandé un mensaje a Lara. Le expliqué lo ocurrido, omitiendo algunos detalles para no preocuparla demasiado. Su respuesta fue inmediata:

"Ven a mi mañana. Te prepararé conserva de durazno. Como en los viejos tiempos."

La familiaridad de esa propuesta me tranquilizó de inmediato. Sin embargo, la sensación de que algo más grande estaba en marcha no me abandonó.

Al día siguiente, Jack me llevó al lugar acordado: una pequeña cafetería al aire libre, sencilla y acogedora. Lara ya estaba allí, esperándome con una sonrisa que hizo que mi tensión se desvaneciera momentáneamente.

—¡Ansel! —dijo, abrazándome con fuerza—. ¿Estás bien?

—Mejor ahora que estoy contigo —respondí con sinceridad.

Nos sentamos y charlamos sobre trivialidades, como solíamos hacer antes de que nuestras vidas se complicaran tanto. Pero incluso en ese ambiente, la sombra de mis problemas no tardó en aparecer.

—Tienes que ser cuidadoso —me advirtió Lara, su mirada reflejando una preocupación genuina—. Estás rodeado de gente peligrosa. No puedo perderte.

—Lo sé, pero no puedo permitirme retroceder.

—No estás solo, Ansel. Siempre estaré aquí para ti.

Ese día, por un momento fugaz, sentí que todo podría estar bien. Pero al regresar a casa, la ilusión de paz se desmoronó cuando encontré una nota en mi escritorio. La letra era inconfundible. Roger.

"Tenemos que hablar. Es importante."

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