El salón quedó en un silencio expectante mientras Lady Ross examinaba cada una de las imágenes. Sus dedos temblaban ligeramente al pasar de una foto a otra, pero su expresión se mantenía imperturbable… al principio. Cada segundo que pasaba era una tortura, como el tictac de un reloj que se burlaba de todos nosotros.
Mi mirada permanecía fija en su rostro, notando cómo poco a poco su expresión cambiaba: primero incredulidad, luego una furia contenida que amenazaba con explotar.
—Pensé que era Leonora —dije finalmente, rompiendo el silencio con un tono cargado de sarcasmo. Cada palabra estaba calculada para cortar como un cuchillo—. Pero al ver estas fotografías, me di cuenta de que lo único que amas es tu ego.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, dejando que la tensión llenara cada rincón del salón.
Dick se tensó como si mis palabras fueran golpes directos. Su mandíbula apretada y los músculos de su cuello tensos hablaban más de lo que jamás podría decir con palabras. Quiso hablar, lo noté en el leve movimiento de sus labios, pero antes de que pudiera hacerlo, Lady Ross se adelantó.
—¿Sabes cuántas personas lo vieron? —interrumpí, mi voz cargada de un dolor cuidadosamente fingido. Era un papel que sabía interpretar bien—. Pensé que habías cambiado, Dick, pero me equivoqué.
El silencio fue destrozado por el sonido seco de una bofetada. No fui yo quien la dio. Fue Lady Ross. El eco del golpe resonó en el salón como un trueno, seguido por un jadeo ahogado de Dick.
Lady Ross, con el rostro encendido de furia, se inclinó hacia su hijo.
—¡Eres un imbécil! —le gritó, con una voz que hacía temblar las paredes—. ¿Sabes cuántos testigos estaban ahí? ¿Sabes lo que esto significa para nuestra reputación? ¡¿Sabes que la única condición que puso tu padre en la empresa antes de morir fue mantener el vínculo con los Winston?!
Dick abrió la boca, desesperado por justificar su estupidez, pero Lady Ross alzó una mano, exigiendo silencio. Sus ojos, dos pozos de hielo, estaban clavados en él.
—No necesito tus excusas —espetó, su tono más controlado, pero igual de cortante—. Esto es inaceptable.
Entre las fotografías había una que selló el destino de Dick: un certificado de matrimonio con otra mujer. Aquella imagen lo decía todo, exponiendo su traición con una crudeza que incluso él no podía negar.
—¿Qué puedo decir? —intervine, mi voz suave pero con un filo peligroso—. Supongo que esto es lo que realmente eres. Un fraude.
Dick me miró con odio, pero no respondió. Por primera vez, parecía saber que no había palabras que pudieran salvarlo.
Lady Ross, en cambio, giró hacia mí, esforzándose por recomponerse.
—Querido, no me malinterpretes… Eres una gran nuera —dijo con una sonrisa tensa, que intentaba ser conciliadora pero no podía borrar la tensión del momento—. Sin embargo, creo que necesitas saber algo.
Señaló la silla frente a ella, invitándome a sentarme. Dudé un momento, mis ojos fijos en los de Dick, pero la curiosidad terminó venciendo. Me acomodé en el asiento, cruzando las piernas con elegancia.
—Mi esposo, hace mucho tiempo, fue pareja del hermano menor de tu padre —comenzó, su voz ahora cargada de una extraña mezcla de melancolía y orgullo—. Pero él fue asesinado por una admiradora obsesiva.
Mis cejas se arquearon, pero guardé silencio mientras continuaba.
—Después, mi esposo me conoció a mí, pero no antes de intentar acercarse a tu padre. Por supuesto, él ya estaba casado con tu madre, así que decidió retirarse con discreción.
Las palabras se asentaron en el aire, pesadas, cargadas de implicaciones que me costaba digerir.
—Así que… ¿me veía como el hijo que nunca pudo tener con mi tío? —pregunté finalmente, mi voz apenas un murmullo.
Lady Ross asintió, y su mirada pareció suavizarse por un breve momento. Pero esa suavidad no duró.
—Aun así, no puedo aceptar esta situación —dije, poniéndome de pie con firmeza.
—¡Espera, querido! —Lady Ross se levantó rápidamente, su tono suplicante, una rareza en alguien como ella—. Dick no volverá a molestarte. Si es necesario, lo expulsaré de la familia.
La súplica me tomó por sorpresa. Jamás la había visto rogar de esa manera, ni siquiera cuando la empresa estaba al borde del colapso.
—Piensa en ello, por favor —insistió, agarrando mi mano con fuerza—. No quiero perder esta alianza.
Me quedé mirándola, buscando algún rastro de manipulación en sus palabras, pero lo único que encontré fue desesperación. Finalmente, cedí, aunque solo un poco.
—Lo consideraré, Lady Ross —dije, retirando mi mano con suavidad—. Pero no quiero verlo cerca de mí. Ni siquiera a cinco pasos.
Lady Ross no perdió tiempo. Ordenó a sus guardias que escoltaran a Dick fuera de la residencia. La imagen de él siendo arrastrado como un delincuente debería haberme divertido, pero solo sentí un vacío frío en el pecho.
Ya en mi habitación, el sonido del viento golpeando las ventanas era un eco distante de mis propios pensamientos. Jack entró en silencio, portando una bandeja de comida cubierta con una delicada campana de plata.
—¿Te aseguraste de probarla? —pregunté sin apartar la vista de la tenue luz que bañaba la ciudad desde mi terraza. Mi voz salió más cortante de lo que pretendía.
Jack, imperturbable como siempre, asintió mientras colocaba la bandeja sobre la mesa de madera pulida.
—Por supuesto, mi señor.
Tomé la cuchara de plata, pero antes de probar siquiera un bocado, me detuve. Dejé escapar un suspiro pesado, sintiendo la presión de las decisiones que me acosaban desde todos los ángulos.
—¿Qué piensas de la propuesta de Lady Ross? —pregunté, girándome hacia él.
Jack permaneció de pie, su rostro como una máscara impenetrable.
—Lo que decida será lo correcto, mi señor. Mi lealtad es hacia usted.
Su neutralidad me exasperaba a veces, pero también era una ancla en medio de mis tormentas. Dejé la cuchara a un lado y caminé hacia el balcón, donde el aire fresco de la noche intentaba disipar el peso en mi pecho.
—No siempre es tan sencillo, Jack. A veces, incluso lo correcto parece un acto de traición.
Él no respondió. No lo necesitaba. Su presencia era suficiente para calmar, aunque no aliviar del todo, la inquietud que se retorcía dentro de mí.
Al día siguiente, la reunión con los proveedores fue productiva, pero interminable. Cada sonrisa falsa, cada apretón de manos estratégico, agotaba mis fuerzas. Cuando finalmente terminó, ya había caído la noche, y mi cuerpo clamaba por descanso.
—Se hace tarde, mi señor —dijo Jack, con su tono habitual, aunque percibí una ligera tensión en sus palabras.
Asentí, pero algo en el aire me incomodaba. Una sensación, un instinto primario que me decía que el día aún no había terminado.
De camino al auto, recordé algo.
—Necesito pasar por una tienda de conveniencia —dije, sacando un billete de mi cartera.
Jack me miró de reojo, claramente considerando la hora y el lugar, pero no objetó. Simplemente asintió y me siguió al interior de la tienda.
Tomé lo que necesitaba con rapidez: un par de bebidas energéticas y un paquete de caramelos que no pensaba comer, pero que llenaban un vacío absurdo en mi interior. Jack permaneció cerca, vigilante.
Al salir, el aire había cambiado. Era más pesado, como si algo invisible estuviera acechando. Fue entonces cuando un grito desgarrador cortó la calma de la noche.
—¡Devuélveme a mi bebé!
Mi cuerpo se congeló al instante. Mi cabeza giró hacia el origen del sonido, y ahí estaba ella: una mujer con el cabello desgreñado, los ojos desorbitados y un cuchillo en la mano.
El tiempo pareció detenerse mientras su mirada se fijaba en mí, cargada de furia y desesperación. Mi corazón se aceleró, y un recuerdo enterrado en lo más profundo de mi ser se abrió paso como una puñalada: el recuerdo de mi muerte. El filo de un arma, la oscuridad…
Cerré los ojos, esperando el golpe, el dolor que nunca llegó. En su lugar, sentí un tirón violento, y luego el frío del suelo bajo mi espalda.
—¿Jack? —murmuré, confuso, al abrir los ojos.
Él estaba de pie frente a mí, su figura bloqueando a la mujer que se lanzaba hacia nosotros como una fiera desquiciada. En cuestión de segundos, Jack la desarmó con precisión militar, inmovilizándola mientras ella gritaba incoherencias.
Mi cuerpo temblaba, incapaz de controlar el miedo que me atenazaba. Las voces a mi alrededor eran un murmullo distante, como si estuviera atrapado en una pesadilla que no podía terminar.
Jack regresó a mi lado, su respiración apenas alterada, pero su expresión traicionaba una preocupación que rara vez mostraba.
—¿Está bien, mi señor?
—Sí… estoy bien —mentí, aunque mi cuerpo tembloroso decía lo contrario.
No pasaron muchos minutos antes de que la policía llegara y se llevara a la mujer, aún gritando y llorando, mientras sus palabras resonaban en mi mente: "¡Devuélveme a mi bebé!"
Jack no se apartó de mi lado ni por un segundo. Cuando finalmente nos subimos al auto, encendió el motor en silencio, pero no me llevó directamente a casa.
—¿A dónde vamos? —pregunté, aun con la voz quebrada.
—A un lugar donde pueda descansar, mi señor.
Sin esperar una réplica, Jack condujo hacia una colina alejada de la ciudad. El aire aquí era más fresco, más limpio, y el paisaje nocturno parecía casi irreal bajo la luz de la luna.
—Esto debería ayudarle a calmarse —dijo mientras colocaba unas esencias tranquilizantes en un pequeño difusor que siempre llevaba consigo.
Me apoyé en el asiento, cerrando los ojos mientras el aroma llenaba el espacio. Mi cuerpo finalmente cedió al agotamiento y al miedo acumulado, y antes de darme cuenta, me quedé dormido
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