En la mañana siguiente, mi rutina fue interrumpida por una caja pequeña, cuidadosamente empaquetada, que alguien había dejado en la entrada de mi oficina. No llevaba remitente, pero sí una breve nota adherida: "Mírame adentro." Mi curiosidad superó cualquier sospecha, así que abrí la caja. Dentro encontré un collar de diseño elegante, acompañado por un pequeño USB incrustado en el dije.
¿Quién me enviaría algo tan extraño? Mientras lo giraba en mis manos, las posibilidades se acumulaban en mi mente: un mensaje, una amenaza, un regalo… o una combinación de todo lo anterior.
Al llegar a mi oficina, aseguré las puertas y conecté el USB a mi computadora personal. Una carpeta con cuatro videos apareció en la pantalla, todos marcados con fechas recientes. Reproduje el primero, y al instante mi estómago se contrajo. La imagen mostraba a Leonora, caminando apresurada por un callejón oscuro. Una cámara la seguía de cerca, demasiado cerca, como si alguien estuviera cazándola.
El segundo video no era menos perturbador. Ahora estaba sentada en un café, mirando a su alrededor con nerviosismo, sus manos temblando mientras sostenía una taza. La tercera grabación la mostraba dentro de un coche, discutiendo con alguien cuya voz no lograba identificar.
El cuarto video… era diferente. Leonora miraba directamente a la cámara. Sus ojos, cargados de miedo y determinación, parecían perforar la pantalla. Sus labios se movieron despacio, pronunciando palabras apenas audibles: "No confíes en nadie... excepto en Ansel."
Me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de ver. ¿Sabía Leonora algo sobre mi verdadera identidad? ¿O era simplemente una coincidencia? Antes de que pudiera analizar más, unos golpes firmes en la puerta interrumpieron mis pensamientos.
—Mi señor, soy Jack. Tengo algo que informarle —dijo mi guardaespaldas desde afuera.
Tomé aire para calmarme y cerré los archivos, asegurándolos con una contraseña antes de responder:
—Adelante.
Jack entró con su característico porte profesional, sosteniendo su tableta de trabajo.
—Una señorita solicita verlo. Dice ser una amiga de infancia.
Me tensé al instante. Amiga de infancia... Esas palabras no significaban nada para Ansel Winston, pero para mí, el Ansel de antes, podían tener un peso diferente.
—¿Cómo es ella? ¿Te dio un nombre?
—Lara Mancini —respondió, leyendo la información de su tableta—. Es alta, cabello negro, delgada.
El apellido Mancini encendió una chispa en mi memoria. Roger Mancini. ¿Podría ser su hija?
—Hazla pasar —ordené mientras preparaba dos tazas de té.
Cuando los pasos de Lara resonaron en el pasillo, me giré para recibirla. Al verla, mi corazón dio un vuelco. Había algo en sus facciones que me recordaba a una persona que pensé haber perdido para siempre.
—Tú… —murmuré, intentando juntar las piezas de un rompecabezas que no esperaba encontrar.
Ella sonrió con una mezcla de nostalgia y picardía antes de responder:
—¿No me reconoces, Ansel? Qué pena... —Se inclinó hacia mí, susurrando con un tono enigmático—. ¿No recuerdas a Hannah?
El nombre me golpeó como un trueno. Hannah. Era imposible.
Solté una risa amarga, intentando procesar lo que decía, antes de lanzar una pregunta cargada de escepticismo:
—Nombre de mi primera araña mascota… ¿Por qué Hannah?
Ella se acomodó el cabello con un gesto que me resultaba dolorosamente familiar.
—Antes que nada, jamás tendrías una araña ni aunque estuviera a diez pasos tuyos —dijo burlona—. Y saqué el nombre Hannah de una serie de vampiros que veíamos cuando éramos niños. ¿Y mi abrazo?
El resto de la conversación fue una montaña rusa de emociones, un torbellino donde las palabras parecían pesar tanto como el silencio entre ellas. Lara me confesó cómo, tras mi intento de asesinato, su vida cambió de manera irreversible. Me contó sobre el miedo que la consumió, cómo pasó noches sin dormir, y cómo Roger, había intervenido para protegerla. Sin embargo, sus esfuerzos no habían sido suficientes para detener la tormenta que se avecinaba.
—Roger hizo todo lo que pudo —dijo con la voz quebrada—. Pero las cosas se salieron de control. Pensé que nunca volvería a verte… Y ahora, míranos. Es casi absurdo, como si el destino estuviera jugando con nosotros.
Hubo un momento de silencio mientras procesaba sus palabras. Su historia de cómo logró encontrarme de nuevo era tan absurda como milagrosa. Un rompecabezas con piezas que todavía no encajaban del todo.
Lara rompió la tensión con una sonrisa forzada, tratando de aligerar el ambiente.
—¿Te has dado cuenta? Esto parece sacado de una novela BL de las más trágicas. —Soltó una risa breve, aunque en sus ojos había un rastro de melancolía—. Por cierto, creo que tú eres el protagonista.
—No me digas... —respondí, alzando una ceja con un sarcasmo apenas disimulado. Sin embargo, no pude evitar que una leve sonrisa escapara de mis labios.
Ella rio suavemente, pero la risa murió rápidamente cuando su expresión se tornó grave.
—Ansel... —su voz bajó, como si el peso de lo que iba a decir le oprimiera el pecho—. Hay fuerzas siguiéndote. Esto no se trata solo de ti. Leonora no es la única en peligro.
Fruncí el ceño, mi cuerpo se tensó al escuchar esas palabras.
—¿Qué quieres decir?
Lara bajó la mirada un momento, como si dudara en compartir más detalles, pero luego decidió continuar.
—He escuchado cosas... nombres. Gente que está buscando algo. No solo a ti, Ansel, sino a cualquiera que esté cerca de ti. —Sus ojos me buscaron, llenos de preocupación—. Sé que Leonora ha tratado de mantenerse oculta, pero no creo que sea suficiente. Si te encuentran…
Me incliné hacia adelante, sintiendo cómo el peso de la conversación me aplastaba.
—¿Quiénes son ellos? ¿Qué quieren?
—Todavía no lo sé todo —admitió, mordiéndose el labio inferior, un gesto que delataba su frustración—. Pero hay algo más grande en marcha, algo que no podemos ignorar. Tienes que ser cuidadoso, Ansel. Más que nunca.
Por un momento, ninguna palabra fue dicha. Solo el sonido de nuestras respiraciones llenaba el aire. Quería preguntarle más, exigir respuestas claras, pero algo en la forma en que me miraba me hizo detenerme. Lara estaba tan atrapada en esta red de incertidumbre como yo.
Finalmente, me recliné en la silla y suspiré, mi mente ya trabajando a toda velocidad.
—Parece que alguien allá arriba tiene un sentido del humor muy retorcido. —Intenté bromear, pero mi voz sonó más amarga de lo que pretendía.
Lara extendió una mano hacia la mía, sus dedos temblaban ligeramente.
—No estás solo en esto. Lo sabes, ¿verdad?
La calidez de su toque contrastaba con la frialdad de la situación. Asentí lentamente, aunque en el fondo, una inquietud crecía como una sombra imposible de ignorar.
—Lo sé. —La miré directamente a los ojos, con una mezcla de determinación y temor—. Pero también sé que esto solo acaba de empezar.
La conversación se interrumpió cuando Jack apareció en la puerta para recordarme mi agenda. No podía retrasarme más.
Antes de despedirse, Lara me lanzó una última advertencia:
—Roger sabe más de lo que dice. Si quieres respuestas, tendrás que enfrentarlo.
Esa noche, mientras revisaba los videos una vez más, decidí que no podía seguir jugando a la defensiva. Al día siguiente, tendría una reunión con Roger Mancini. Era hora de descubrir la verdad.
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Kristal Llanos
actualizado ☀️💕
2025-01-16
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