Al día siguiente, mientras Lara estaba de visita, un desmayo me convirtió en el epicentro de un caos absoluto. Los sirvientes corrían de un lado a otro como si el mundo estuviera a punto de acabarse. Sus rostros de pánico eran casi cómicos, pero mi debilidad no me dejó disfrutar del espectáculo. En cuestión de minutos, el médico llegó, arrastrado por dos criados que parecían más desesperados que yo.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —preguntó el hombre, su rostro dividido entre la confusión y el agotamiento por haber sido sacado de su rutina.
Cuando por fin me vio sentado en el sofá, con la mano en el costado, dejó escapar un suspiro. Sin perder más tiempo, se acercó y comenzó a examinarme.
—¿Siente algún tipo de dolor aquí? —preguntó mientras presionaba el enorme moretón que se extendía como una obra de arte involuntaria en mi piel.
—Un poco —respondí con un gesto de dolor contenido.
Lady Ross, siempre tan serena en apariencia, se sentó junto a mí y tomó mi mano con un gesto protector. Pero incluso ella, con toda su gracia y autoridad, no lograba ocultar la tensión que había en el ambiente.
El médico sacó un frasco pequeño de su maletín, cuyo contenido olía a una mezcla extraña de hierbas y algo que no pude identificar.
—Deberá aplicar esto sobre la herida y cambiar el vendaje cada seis horas —dijo, entregando el frasco a Jack, que observaba como un halcón, listo para intervenir si fuera necesario—. Esto ayudará a que la piel se recupere sin dejar cicatrices.
—Gracias, doctor. Aunque no estoy seguro de que algo pueda curar el historial de golpes que llevo últimamente —comenté con una sonrisa débil, intentando restar importancia.
El médico me lanzó una mirada severa, ignorando por completo mi intento de humor.
—Golpes consecutivos en tan poco tiempo pueden tener consecuencias graves, joven. Necesita descansar y, sobre todo, evitar cualquier tipo de estrés. Su cuerpo está al límite.
—No se preocupe, doctor. Aquí lo mantendremos como un rey —intervino Lady Ross con su tono autoritario y elegante a la vez. Antes de que el médico pudiera responder, ella ya estaba entregándole un sobre abultado—. Gracias por venir con tan poca antelación. Puede retirarse.
El médico aceptó el sobre, claramente satisfecho, y se despidió sin más. Apenas había cruzado la puerta cuando Lady Ross dio nuevas órdenes a los sirvientes, que se apresuraron a cumplirlas.
—Llévenlo a su habitación. Que no dé ni un paso más hoy —dijo, su voz firme, mientras Jack se adelantaba.
—Yo me encargo —dijo Jack con una mezcla de decisión y preocupación.
No me gustaba la idea de ser cargado como si fuera una muñeca frágil, pero tampoco tenía fuerzas para protestar.
—Te lo encargo, Jack —añadió Lady Ross, siguiéndonos a paso tranquilo hasta mi habitación.
Una vez allí, Jack me depositó con cuidado sobre el sofá junto a la cama. Lady Ross tomó un vaso de agua y me lo ofreció antes de hablar.
—Querido, tengo algunos asuntos urgentes que atender, así que no podré comer contigo hoy. Pero me da tranquilidad saber que Lara estará aquí para hacerte compañía —dijo con una sonrisa cálida y maternal—. He pedido que preparen tus platillos favoritos. Pueden pedir que los sirvan cuando lo deseen.
Su voz era dulce, pero sus ojos estaban llenos de esa misma mirada calculadora que siempre me hacía sentir como una pieza en su tablero. Después de dar indicaciones a los sirvientes, Lady Ross se despidió, dejando tras de sí un aire pesado que tardaría en disiparse. Lara, sin perder tiempo, se acomodó en un sillón frente a mí, cruzando las piernas con ese aire despreocupado que usaba como escudo. Sin embargo, sus ojos hablaban de preocupación, mezclada con ese toque de reproche que siempre traía consigo.
—Se nota que te quiere mucho —comentó finalmente, rompiendo el silencio con un tono que bordeaba la ironía—. Aunque, claro, no puedo evitar preguntarme… ¿piensas quedarte aquí, en este teatro? Porque eso es lo que parece. Y sí, ya sé que siempre te lo digo, pero es que me incomoda todo esto.
Solté una risa amarga, más para mí mismo que para ella, y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá.
—No te preocupes por esas cosas, Lara. Todo está saliendo según lo que quiero que pase… créeme, lo he pensado mucho.
Ella alzó una ceja, claramente escéptica.
—¿Ah, sí? —dijo, inclinándose hacia adelante con los brazos apoyados en las rodillas—. ¿Y qué es exactamente lo que quieres que pase? Porque lo único que veo es que te estás desgastando en este lugar, rodeado de gente que parece más interesada en controlarte que en cuidarte.
—Ayer reflexioné sobre esto —respondí, intentando mantener el tono neutral, aunque mis palabras sonaran más vacías de lo que esperaba—. Mejor cuéntame cómo te va en tu nueva vida.
Lara se recostó en el sillón, todavía estudiándome como si tratara de encontrar alguna grieta en mi fachada. Finalmente suspiró, resignada.
—Eso es tan típico de ti —dijo con una mezcla de ternura y exasperación—. Siempre guardándote tus cartas. Pero bueno, sea lo que sea lo que planees, sabes que cuentas conmigo.
—Gracias —respondí con una leve sonrisa que intentaba ser sincera—. Ahora en serio, ¿cómo va tu suerte en el amor?
Su reacción fue inmediata: una carcajada seca seguida de un gesto exagerado de indignación.
—¿Amor? Por favor —replicó, cruzándose de brazos—. Resulta que tengo un imán para los chicos que prefieren… a otros chicos.
Fruncí el ceño, confundido, y ella rodó los ojos antes de continuar.
—Primero, mi novio resultó estar enamorado del cocinero de mi casa. ¡El cocinero, Ansel! —exclamó con una mezcla de incredulidad y resignación—. Luego intenté con otro, y la historia fue igual. Es como si estuviera destinada a ser la eterna amiga comprensiva.
No pude evitar reírme ante su expresión de derrota, lo que la hizo fruncir los labios en un puchero exagerado antes de recostarse sobre mis piernas como solía hacer cuando éramos más jóvenes.
—No te preocupes, siempre puedes ser mi concubina —dije, tratando de aliviar el ambiente con una broma.
Lara me golpeó suavemente en el brazo, pero terminó riendo también.
—No eres mi tipo, amigo. Pero si me mantienes, quizá lo considere.
Ambos nos echamos a reír, y por un momento, todo el peso de la mañana desapareció. La conversación fluyó con facilidad después de eso, llena de bromas y anécdotas sobre sus desventuras amorosas y mis intentos fallidos de ser gracioso. Cuando la charla decayó, pedimos que sirvieran la comida, y juntos logramos transformar la atmósfera opresiva de la casa en algo más liviano, aunque fuera por unas horas.
Al caer la noche, pedí a Jack que llevara a Lara de vuelta a su casa. Ella se despidió con un beso en mi frente, seguido de una advertencia seria.
—Cualquiera que sea tu plan, no te olvides de cuidarte, ¿vale? —dijo, mirándome con esos ojos que siempre parecían ver más allá de lo evidente.
—Lo intentaré —respondí, aunque ambos sabíamos que no era una promesa fácil de cumplir.
Cuando los vi salir, me recosté en el sofá y dejé que el silencio de la habitación me envolviera. Las palabras del médico volvieron a mi mente: evitar el estrés. Una tarea que parecía imposible en mi situación, pero que, en el fondo, sabía que debía intentar.
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