Descubrí que una de mis propiedades heredadas por mi padre había terminado en manos de ella, simplemente porque le gustó la vista. Esa mujer no conoce límites. Con la ayuda de Lady Ross, decidí ir sin previo aviso.
Al llegar, la casa parecía más grande de lo que recordaba, fría y ajena, como si nunca hubiera sido mía. Mientras cruzaba el umbral, el aire estaba cargado de un silencio pesado, como si las paredes mismas me observaran.
Allí estaba ella, de pie junto a las escaleras, como si hubiera estado esperándome.
—Vaya, vaya. Mira, quien decidió aparecer —dijo con una sonrisa venenosa, sus ojos evaluándome de pies a cabeza—. ¿Viniste a admirar cómo queda la casa en manos de alguien que sabe aprovecharla?
Lady Ross dio un paso al frente, pero levanté la mano para detenerla. Esto era entre ella y yo.
—No estoy aquí para admirar nada —respondí, mi tono gélido—. Estoy aquí para reclamar lo que es mío.
—¿Tuyo? —soltó una carcajada corta, casi teatral—. Qué adorable. Crees que esta casa todavía tiene algo que ver contigo.
—Tiene todo que ver conmigo. Era de mi familia, y tú no tienes ningún derecho a estar aquí.
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por un destello de irritación.
—¿Derechos? —repitió, dando un paso hacia mí—. ¿Derechos como los que tú crees tener para venir aquí a gritar como si fueras el dueño del mundo? ¿Dónde estaban tus derechos cuando abandonaste todo esto?
—No lo abandoné, me lo quitaron. ¡Tú me lo quitaste!
La última palabra resonó en la sala como un disparo. Su mandíbula se tensó, y pude ver el brillo en sus ojos cambiar, como si acabara de tocar un nervio expuesto.
—Eres un hipócrita —dijo con desprecio—. Te pasas la vida culpando a los demás por tus fracasos.
—¿Y tú? —repliqué, cruzando los brazos—. Todo lo que tienes es robado. Casas, negocios, incluso la lealtad de la gente que te rodea. No tienes nada auténtico.
—¡Cállate! —espetó, su voz elevándose como un latigazo.
—¿Te molesta la verdad? —dije, inclinándome ligeramente hacia ella—. Qué irónico, viniendo de alguien que vive de mentiras.
Su rostro se enrojeció, y por un momento pensé que iba a golpearme. En cambio, soltó una risa amarga, cargada de veneno.
—¿La verdad? ¿Quieres hablar de la verdad? Está bien. Aquí va una verdad para ti: esta casa es mía porque nadie te quiere aquí. Nadie te necesita. Ni esta casa, ni tu "familia", ni siquiera la gente que dices proteger.
El golpe emocional fue tan fuerte que casi retrocedí, pero me negué a darle esa satisfacción.
—¿Sabes qué? Tal vez tengas razón —dije, mi voz baja pero firme—. Tal vez no me quieran aquí. Pero prefiero ser alguien que lucha por lo que cree que un parásito que vive de lo que no le pertenece.
—¿Parásito? —repitió, su voz temblando de furia—. Tú no sabes nada de mí.
—Sé suficiente —respondí, con una sonrisa amarga—. Sé que nunca te detendrás hasta destruir todo lo que tocas.
El silencio cayó como una losa entre nosotros. Pude ver cómo sus manos temblaban, y por un segundo creí que iba a retroceder. Pero, en lugar de eso, dio un paso más hacia mí, su rostro a pocos centímetros del mío.
—Ten cuidado con lo que dices —susurró, su tono cargado de amenaza—. Porque la próxima vez, no seré tan indulgente.
—Y tú ten cuidado con lo que haces —repliqué, devolviéndole la mirada sin pestañear—. Porque esto no ha terminado.
—¿Por qué te ríes? —dijo, perdiendo los estribos.
No puedo evitarlo, ella es la villana más linda que he visto en mi vida. Habiendo llegado a una conclusión, me decidí por uno de mis planes.
—Ah, ¿tienes miedo? —la provoqué, inclinándome levemente hacia ella.
Su mirada se endureció.
—Miedo de ti, ¿por qué habría de tenerlo? Ni siquiera eres una niña bonita, mucho menos una mujer.
Por un segundo, pensé que lo decía porque no sabía nada de mi condición. La mayoría de las personas no lo saben; hombres como yo, con un útero, son raros. Pero en su rostro no había inocencia, solo veneno.
—¿Qué harías si te dijera que hay una pequeña vida creciendo dentro de mí? —dije, tocándome el abdomen con fingida calma.
Ella me miró con incredulidad, enojada se acercó a mí y me tomó la mano.
—¿Estás loco?
—Me pregunto si él piensa lo mismo —dije con amargura.
Ella miró mi barriga, sus ojos buscando al bebé que había en mí. Salí a la terraza donde tenía un pequeño jacuzzi.
La vi tambalearse. Sus ojos buscaron, casi desesperados, algo en mi cuerpo que confirmara lo que acababa de decir.
—Mientes... mentiroso —murmuró, casi para sí misma.
No me detuve. Caminé hacia la terraza, donde un pequeño jacuzzi desbordaba agua al suelo.
—¿Sabías que tu querido bebé hace muchas estupideces cuando está borracho? —dije con frialdad, sin mirarla.
. Mi cuerpo es el de un hombre, pero tengo un útero que puede dar a luz a niños. Oh, claro, son completamente humanos... solo lo digo para aclarar.
—Mientes... mientes... mentiroso —dijo, agarrando su mano y deteniendo su ira.
Maldita sea, esto va a doler, pero lo haré por su futuro... no hay vuelta atrás.
—Te garantizo que el bebé te llamará tía, ¿tal vez alguna segunda mamá?
La vi seguirme, su respiración acelerada, sus pasos llenos de rabia.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo con expresión horrorizada—. Yo... soy la única en su corazón —dijo, tirando de mí—. Has estado en el camino... durante mucho tiempo...
—Eres patético —dijo entre dientes. Su tono era una mezcla de furia y algo más, algo que casi parecía miedo.
De pronto, sentí su mano en mi cabello. Tiró de él con fuerza, tratando de empujarme hacia fuera de la habitación. Pero mi pie resbaló en el agua del jacuzzi. Fue solo un segundo, pero suficiente para perder el equilibrio.
La barandilla de vidrio se rompió con un estruendo ensordecedor. El aire frío me golpeó el rostro mientras caía. El vacío en mi estómago era un recordatorio cruel de mi fragilidad. Intenté proteger mi abdomen, como un acto reflejo.
El impacto fue brutal. Mi cuerpo golpeó el techo del auto, Mi bebé, con un crujido que resonó como un eco en mi mente. Una punzada de dolor agudo recorrió mi espalda y mi costado. Algo caliente y pegajoso comenzó a correr por mi piel. Mi sangre.
—¡¿Qué está pasando aquí?! ¡¿Qué has hecho, maldita mujer?!
Escuché voces distantes y gritos. La imagen borrosa de Leonora y Lady Ross forcejeando se mezclaba con el cielo sobre mí. Intenté mantenerme consciente, pero el dolor era insoportable. Las lágrimas brotaron de mis ojos, mezclándose con la sangre en mi rostro.
—D... duele mucho —dije entre lágrimas, apenas audible.
Mis sentidos se apagaban lentamente. Vi a Lady Ross correr hacia mí, sus ojos llenos de horror. Intentó detener la hemorragia con sus manos temblorosas mientras me miraba fijamente.
—Respira, cariño. Respira —dijo, con una voz quebrada—. ¿Dónde está la ambulancia?
Quería decirle que lo intentaba, pero apenas podía mover los labios. Cada latido de mi corazón hacía que el dolor se intensificara.
La sirena de una ambulancia se escuchaba a lo lejos, pero para mí, estaba en otro mundo. Sentí que me levantaban, el movimiento agudo hizo que un gemido escapara de mis labios.
La llegada de los paramédicos fue un alivio fugaz. Sentí que me levantaban con cuidado, sus voces urgentes y profesionales intentando tranquilizarme. Mi visión se nubló aún más mientras me colocaban en la camilla, pero pude ver a Lady Ross siguiendo cada movimiento, sin dejarme solo ni un segundo.
El viaje en la ambulancia fue un torbellino de luces y sonidos. Mi conciencia se desvanecía, pero el agarre firme de una mano me mantenía atado a la realidad. Alguien estaba conmigo, susurrando palabras de aliento que apenas podía comprender.
Antes de perder la conciencia, vi a Lady Ross susurrar algo a alguien. Y entonces, escuché una voz. Una que no reconocí:
—Esto es solo el principio.
La oscuridad me envolvió por completo.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 31 Episodes
Comments
Andrea B.
"Mi bebé (auto)" JAJAJAJA amé.
2024-08-02
0
Stefhany Anhai Rivera Maco
¡De todos los libros que he leído, el tuyo ciertamente ha dejado una huella! ¡Por favor, nunca dejes de escribir!
2024-07-28
2