De camino a uno de mis negocios, específicamente para escoger un nuevo gerente y director, los pasos de mi guardaespaldas eran tan silenciosos que nuestra presencia pasó desapercibida al entrar. La atmósfera estaba cargada de una tensión palpable, pero la sorpresa de los empleados al vernos entrar me hizo esbozar una leve sonrisa. Era curioso cómo el control de la situación se podía percibir en los detalles más pequeños. La seguridad siempre estaba primero, y lo sabía muy bien.
—Buenos días —saludé con voz firme, mientras la encargada me reconocía al instante—. Llévame a la mesa junto a la ventana, por favor —le ordené, y ella asintió rápidamente, devolviéndome el saludo con una mezcla de respeto y curiosidad.
Caminamos por un pequeño pasillo hasta llegar al salón principal. Aunque el lugar no ostentaba un nombre impresionante, su estructura lo hacía único. Cada rincón de ese espacio reflejaba meses de trabajo incansable, y, al verlo, no pude evitar sentir una satisfacción genuina.
—¡Hey! —gritó Lara desde el otro lado de una de las mesas, interrumpiendo mi pequeño momento de orgullo.
Al acercarme, el gesto despreocupado de Lara, tan característico de ella, y la forma en que señalaba la mesa cercana, me hizo pensar que nada podría sorprenderme más hoy. Pero algo en su mirada me decía que sí. Como siempre, Lara sabía exactamente lo que estaba pasando en mi mente.
—¿Qué quieres saber? —le pregunté, reconociendo esa mirada inquisitiva que tan bien conocía.
Tras un largo silencio, en el que parecía estar ponderando sus palabras, Lara no pudo evitar hacer la pregunta que también rondaba en la mente de Jack desde hace días.
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó sin rodeos, como si todo ya estuviera decidido.
—¿A dónde? —respondí, aún algo confundido.
—Ya sabes... A poner en su lugar a ese tonto —dijo, dejando escapar una sonrisa traviesa mientras sacaba unos papeles de su bolso.
Miré los papeles con una mezcla de escepticismo y diversión. ¿Debería seguir el plan que ella había trazado para mí? No lo sabía, pero no pude evitar soltar una risa leve. A veces, la vida de uno se volvía una mezcla entre comedia y caos, y Lara siempre encontraba la manera de hacerlo más interesante.
—¿Deberíamos? —le pregunté, dejando en el aire la duda que había comenzado a crecer en mí.
Lara se quedó en silencio, observando los papeles por un instante, como si las decisiones más grandes de la vida pudieran tomarse con la simpleza de una mirada. Finalmente, guardó los papeles con una expresión que variaba entre la determinación y una ligera duda.
—Supongo —dijo, pero luego frunció el ceño y se corrigió—. No, no deberíamos.
—Así es, no deberíamos, y no lo vamos a hacer —respondí con firmeza, pero mi tono no logró calmar la inquietud que ya se reflejaba en su rostro. En ese momento, un camarero nos interrumpió con los postres, y, por un breve segundo, la atmósfera se suavizó. No era el momento de debatir más, pero la conversación seguía flotando en el aire, esperando una resolución.
—No te enfades —le dije mientras le ofrecía un poco de su postre favorito, con una sonrisa de complicidad—. No se preocupen por ahora. Recuerda, como un depredador, debo saber el momento perfecto para atacar.
Lara asintió lentamente mientras probaba el postre, su expresión más relajada, aunque su mente seguía en funcionamiento constante. Sabía que no podía escapar de su curiosidad.
—¿Así que vas a morderlo? —preguntó, con una sonrisa juguetona.
—Más bien, destrozarlo —respondí con una sonrisa leve, mi tono un tanto más serio. El juego estaba en marcha, pero había mucho más en juego de lo que Lara podía ver. — Aunque, no necesariamente tenemos que ir por nuestra presa... Podemos atraerla.
En ese preciso instante, Jack se levantó, pidiendo permiso para atender una llamada. En ese segundo, la atmósfera se cargó de una tensión palpable, como si la calma fuera solo una ilusión que se desvanecía. Lara, siempre alerta, no pudo evitar preguntar con una ceja levantada.
—Entonces... ¿Vas a enviar una carnada? —preguntó, mientras le hacía una seña al camarero para que trajera té.
—Exactamente —respondí, sonriendo con confianza. Había algo en esta situación que me excitaba. La paciencia era la clave. — Esperar el momento oportuno no significa quedarme sentado sin hacer nada.
Antes de que Lara pudiera procesar mi respuesta, Jack irrumpió en la conversación con una urgencia palpable.
—Mi señor, debemos irnos inmediatamente —dijo con tono grave.
—¿Qué sucede? —pregunté, manteniendo la calma mientras servía agua a Lara, que ya estaba comenzando a inquietarse por la rapidez con la que las cosas cambiaban.
Jack se acercó a mi oído, y por instinto, me aparté ligeramente para escuchar lo que tenía que decir. Cuando me acerqué de nuevo, la tensión en el aire era densa.
—Me llamó una de las sirvientas leales, señor. El joven Westen está buscándolo.
Miré a Jack un instante antes de responder, un poco desconcertado por la urgencia del mensaje.
—¿Por qué no lo dices directamente y excluyes a Lara? —respondí, lanzándole una mirada a Lara, que me observaba con una mezcla de confusión y molestia. — ¿Te gustaría que le lance su vaso de agua?
—Lo lamento, señorita Lara —se disculpó Jack rápidamente, con tono deferente—. Es la costumbre con mi señor.
Lara, sin paciencia para tanta formalidad, levantó las cejas y soltó una risa amarga.
—Así que esto es a lo que te referías con "atrapar tu presa" —dijo, mientras se levantaba con una rapidez que no hacía más que aumentar la tensión.
—Lara, me retiro antes de que él venga y haga un berrinche aquí —dije, esbozando una sonrisa mientras me levantaba. — Nos vemos en la oficina mañana.
El aire fresco del estacionamiento me recibió como un respiro, aunque Jack seguía a mi lado en completo silencio, como si nada fuera capaz de alterarlo. Sin embargo, yo sabía que las cosas se estaban acelerando.
—¿Me dirijo donde está su prometido? —preguntó Jack mientras encendía el motor del auto.
—No hace falta apresurarnos —respondí con tranquilidad mientras me ponía el cinturón de seguridad—. Primero, llévame a ver a Lady Ross.
El viaje fue silencioso, con mi teléfono sonando constantemente. Primero, llamadas de Dick, luego de Lady Ross. Contesté la segunda llamada de inmediato, y mi tono se volvió serio.
—¿Ansel? Habla la asistente de Lady Ross. Algo ha pasado con su prometido. Mi jefa me pidió que te contactara porque parece que hay problemas en la residencia.
—Entendido. Enseguida llegaré —respondí, marcando la dirección a Jack.
La velocidad del momento no daba tregua, pero estaba claro que el juego no había hecho más que comenzar.
Al llegar a la residencia, la escena era un caos absoluto. Servidores se apresuraban a limpiar el piso, pero la tensión en el aire era inconfundible, como si algo importante hubiera estallado en aquel mismo instante. Avancé con paso firme, adentrándome en el salón principal. Allí, encontré a Dick, golpeado y desorientado, pero lo que realmente atrajo mi atención fue Lady Ross. En cuanto notó mi presencia, se levantó de golpe, pero la furia que le quemaba por dentro la detuvo antes de que pudiera dar un paso más.
De repente, sin previo aviso, un juego de té voló en mi dirección, directo hacia mi rostro. Jack reaccionó como siempre, anticipándose al movimiento y evitando que el impacto me alcanzara. Por un instante, me quedé congelado, sorprendido, más que molesto. Ese era un gesto que rara vez se veía en alguien de su calibre.
—Ansel... —dijo Lady Ross, tratando de recuperar la compostura, pero su tono estaba tan distante que casi ni lo percibí—. Creo que mi hijo ha perdido por completo los estribos. Te pido disculpas en su nombre.
Sin perder mi calma, me serví una taza de té con una lentitud casi teatral, mientras una sonrisa perfectamente controlada jugaba en mis labios. Por dentro, la furia hervía, pero sabía que debía mantener las apariencias. En este juego, la emoción era lo último que se debía mostrar.
—Lo sé… Estoy acostumbrado —respondí con voz baja, casi como si no estuviera realmente allí, mientras entregaba un sobre con fotografías a Lady Ross—. Pero, ¿no debería ser yo el que esté molesto, en lugar de usted? —La sonrisa en mi rostro era todo lo contrario a mi mirada, que transmitía una ira contenida con la que apenas podía lidiar.
El aire se cargó de tensión al instante.
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