CAPÍTULO 2.
Ese día, Sarah hizo todos los preparativos para conseguir una entrevista con John Di Magio. Sabía que no era para nada fácil. Era un asesino en serie. Un criminal. Pero Sarah sabía que si quería avanzar en el caso, debía reunirse con ese hombre como sea.
Así que, al otro día, muy temprano, dejó a sus compañeros buscando cualquier información que pudiera encontrar acerca de Savrinn, aunque sabía que era poco probable, necesitaba agotar todas las fuentes de información. Mientras tanto, ella se dirigía a la Correccional de Los Ángeles. Estaba a aproximadamente una hora de allí.
Al llegar, pasó por todas las revisiones de la entrada y fue escoltada por los agentes hacia la recepción. En el camino podía ver a los prisioneros en sus horas de patio, algunos se veían asustados, otros calmados y otros sacan su lado más psicópata.
Sarah se sintió incómoda allí, pero intentó calmarse. Después de todo, iba acompañada de dos agentes de policía.
Una vez en la recepción, ella fue sometida a otro cacheo y después se acercó para hablar con la persona a cargo.
—Disculpe, soy la Agente Burrows, del FBI, estoy aquí para hablar con John Di Magio.
—Lo siento, Señorita, no creo que eso sea posible. —Exclamó el policía.
—No me está entendiendo. —Dijo ella. —Necesito verlo ahora.
—El Señor Di Magio está detenido en una celda de castigo.
—Quiero hablar con el Alcaide. —Exclamó ella.
—La comunicaré en unos minutos. —Dijo el hombre frustrado. Odiaba tener que soportar a los arrogantes agentes federales. Estuvo hablando unos minutos por la línea hasta que finalmente colgó y volvió a hablar. —Señorita Burrows, puede pasar. Los agentes la escoltaron hasta la oficina.
—Perfecto. —Exclamó ella.
Después de caminar un corto trayecto, había llegado a la oficina del director de la prisión. Su secretaria fue la persona que se encargó de anunciarla y minutos después vio salir de allí a un detenido que logró reconocer, pero no sabía de donde. El hombre asintió con la cabeza a modo de saludo y siguió caminando. Luego ella ingresó a la oficina del jefe. Aunque la imagen de ese hombre no dejaba de inquietarla.
—Buenos días, Agente Burrows. —Exclamó el hombre. —Me informaron que le urgía hablar conmigo.
—Buenos días, Señor. —preguntó ella, ya que no sabía su nombre.
—Disculpe. —Dijo extendiendo la mano. —Mi nombre es Henry… Henry Oxford. —Exclamó el hombre de aproximadamente sesenta años, algo bajo, rechoncho y con un predominante bigote que lucía igual de canoso que su cabello.
—Gusto en conocerlo, Señor Oxford. —Dijo ella, devolviéndole el saludo.
—Dígame… ¿Qué la trae por acá, Señorita Burrows?
—Esperaba que me deje concretar una reunión con el Señor Di Magio. —Dijo ella. —Es de suma importancia y creo que no debo advertirle acerca de la urgencia.
—El Sr. Di Magio se encuentra recluido. Me temo que no será posible.
—Señor Oxford. —Exclamó ella. —No quiero tener que llamar a mi superior.
—¿Por qué es tan urgente hablar con Di Magio, Agente?
—Es testigo de un caso clasificado que pone en riesgo la seguridad del gobierno de Estados Unidos. —Dijo ella, sabiendo que esas palabras siempre funcionaban.
—Entiendo. —Dijo Oxford.
—Entonces… —dijo ella. —Supongo que no querrá ser cómplice por los crímenes que puedan llegar a cometer si no me deja hablar con el prisionero. Entienda que la palabra de ese reo es fundamental para detener cualquier conspiración.
Henry suspiró. Le gustaba lo que veía en la agente. Le recordaba a él cuando era joven.
—Está bien. —Dijo. —Llamaré para que preparen al prisionero y podrá pasar a verlo. Pero entienda que debo dejar un guardia en la puerta. Por su seguridad.
—No se preocupe. —Exclamó ella. —Lo entiendo. Y no me llevará demasiado tiempo.
El hombre asintió y luego fue escoltada por los mismos guardias hacia una habitación. Ella tomó asiento y los hombres se quedaron junto a la puerta. Unos minutos después, la puerta se abrió y uno de ellos anunció la llegada de John Di Magio. El hombre venía vestido con un traje naranja y llevaba unas esposas de manos y pies.
—Vaya, Scott. —Exclamó John dirigiéndose al guardia. —No me habías dicho que mi visita era tan bella. De lo contrario hubiera vestido diferente.
—Cállate John. —Exclamó el tal Scott. —Señorita, estaremos afuera. Tiene diez minutos. Sin contacto corporal.
—Gracias. —Dijo ella.
—Señor Di Magio. —Exclamó Sarah. —Por favor tome asiento.
—Veo que sabe quién soy. —Dijo él. —Pero debo decirle que me encuentro en desventaja. Ya que no sé quién es usted.
—Sarah Burrows. —Exclamó.
—¿Y qué la trae por aquí, Señorita Burrows?
—Sé que usted testificó que conoce al Sr. Savrinn.
—Tal vez. —Dijo Di Magio.
—Quiero saber todo lo que sepa de él. —Exclamó Sarah.
—Y crees que te lo diré todo a ti… ¿Por qué? —Dijo el hombre, desafiante.
—No tiene nada que perder, Sr. Di Magio.
—Tal vez. —Dijo él. —Pero si algo aprendes en la cárcel es que no debes decir nada sin obtener nada a cambio. ¿Entiendes? Dar y recibir.
—Le diré algo. —Exclamó Sarah. —Si me dice todo sobre Savrinn me encargaré de pedir que tengan consideración con usted aquí dentro. ¿Qué cargos enfrenta, Sr. Di Magio? Abuso, asesinato, robo… ¿Sabe lo que le pasa a alguien como usted aquí? —Dijo ella haciendo una mueca pensativa. —No estará siempre en una celda aislada, en algún momento deberá salir. Y debo decir que vi sus miradas allá afuera. Hambrientos porque llegue un criminal como usted, de su nivel… Creo que se divertirán mucho con usted. Sabe… He sabido que aquí dentro está un viejo amigo suyo. ¿Cómo se llamaba?… Ah sí… D’amico. —Exclamó Sarah y la sonrisa que permaneció en el rostro de John hasta este momento se borró de repente. —Creo que estará feliz de verlo. Pero… Si me dice todo lo que sabe, puedo encargarme de que los guardias tengan cierto trato “preferencial” con usted… De lo contrario… —Sarah chasqueó la lengua. —Les diré que hagan lo posible para que D’amico y tú sean compañeros de celda. ¿Qué dices, John?
Di Magio sonrió.
—Me sorprendes, Agente. —Dijo él. —Sabes… Cuando te vi aquí en la sala, pensé que te asustarías al tener enfrente a una persona como yo… Pero después de hablar contigo, me di cuenta de que eres muy valiente…
—El tiempo corre, Sr. Di Magio. Solo me quedan dos minutos para hablar con usted y no querrá que me vaya con las manos vacías.
El hombre suspiró.
—Conocí a Savrinn hace un tiempo. —Dijo él. —Al menos eso dijo él… ¿Entiende? No puedo confirmar que haya sido él, ya que nadie conoce su identidad. Era un hombre alto, de aproximadamente un metro noventa, delgado, vestía de traje, su cabello era corto, ojos azules… No lo sé. —Dijo John.
—Algo más? ¿Tatuajes tal vez?
—No podía verlos por su vestimenta. —Dijo él. —Pero creo que probablemente tenga en sus brazos. Logre ver algo cuando miro su reloj.
—Muy bien. —dijo Sarah. —¿Qué hay de… lo que hablaron? ¿Negocios? ¿Algún otro dato?
—Nos reunimos para realizar una transacción. —Dijo John. —Savrinn me consiguió armas. Yo las pagué. Solo eso. No hablamos sobre otra cosa.
—¿Dónde están esas armas? —preguntó Sarah.
—Probablemente en los depósitos de evidencias. —dijo Di Magio. —Todo eso fue secuestrado por el FBI cuando me detuvieron.
—¿Puede decirme qué armas eran? —preguntó Sarah.
—Lo normal. —Dijo él. — Una nueve mm.
—¿Solo esa? —pregunto. —Pensé que hablábamos de un contenedor.
—Solo necesitaba una. —Dijo John.
—Bien. —dijo Sarah. —Eso es todo.
—Me temo que sí. —Dijo Di Magio.
Sarah lo observó durante unos minutos buscando algún indicio de engaño, pero no lo encontró. El hombre le había dicho todo lo que sabía.
—Señorita. —Dijo el agente de policía. —Es hora de regresar al interno a su celda.
—Está bien, Scott. —dijo Sarah. —Ya terminé con él.
—John. —Dijo el guardia. —Ponte de pie para escoltarte.
—Scott. —dijo Sarah. —Asegúrate de cuidar del detenido. Es un testigo importante para una causa federal ahora. ¿Entiendes? Necesito que su vida sea protegida por el momento. Esta tarde solicitaré una orden para el alcaide.
—Claro, Señorita Burrows. Me encargaré de eso.
Sarah asintió y observó a John. Dejándole en claro de que estaban a mano y de que ella tenía palabra.
—Sarah. —Dijo el prisionero. La chica al verlo detuvo sus pasos y se giró para mirarlo. —Ojalá pudieras visitarme… Algunas veces… Aunque entendería si no quieres.
—Lo pensaré. —Dijo ella. En el fondo sabía que el hombre estaba solo. Era un criminal y sabía que no debía tenerle compasión, pero en sus años trabajando en el FBI había visto demasiadas cosas. El hombre estaba pagando por su condena. Pero en este momento, Sarah solo podía pensar en atrapar a Savrinn.
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