Abro los ojos de golpe y lo primero que capto es el blanco techo que se extiende por todo el lugar, percatándome de inmediato de que se trata del techo del hospital, me tranquilizo. Lo reconozco al instante, ya que me encuentro en una habitación del centro médico donde trabajo.
Me siento despacio sobre la pequeña camilla en la que estoy y con empeño me dispongo a mirar a mi alrededor.
Un pequeño dolor de cabeza me asalta e instantáneamente coloco mis manos en aquel lugar donde palpita con potencia, y la mueca de molestia en mi rostro no se hace esperar. Me doy cuenta de que tengo una venda rodeando mi frente y la parte posterior de mi cabeza, y me pregunto al instante...
—¿Qué me pasó?
Trato de recordar por qué estoy aquí y el aturdimiento me asalta, pero esto no es impedimento para que, incluso con el dolor que me acompaña, suelte un suspiro de alivio mientras siento mis labios temblar. Estoy viva. Asimilo mientras arrastro lentamente mis ojos por la habitación.
Dos puertas se asoman en mi visión: una que supongo es el baño y la otra la salida.
Las paredes están pintadas de blanco junto con el techo, del cual cuelga un abanico. Una pequeña televisión plasma se hace notar sin esfuerzo, y una nevera diminuta no pasa desapercibida, a pesar de estar en una esquina como si estuviera escondida. Mirando todo a plenitud, llego a la conclusión de que me encuentro en una habitación privada; de lo contrario, no estaría sola, sino con otros pacientes, y además no tendría baño propio ni estas comodidades.
Mi mirada se detiene en la sábana blanca cubriendo mis rodillas, y me permito pasar mis manos por ella como si ocultara la verdad que todavía no sé.
Unos minutos pasan en los que me mantengo quieta en la misma posición hasta que decido levantarme. Al ponerme de pie, un mareo repentino me hace tambalear y me obliga a caer nuevamente sobre la cama. Aturdida, me tomo unos segundos para volver a hacer el esfuerzo y tratar de levantarme.
Los segundos se convierten en minutos cuando finalmente puedo mantenerme en pie; la morosidad en mis pasos me ayuda a mantener el equilibrio y a evitar otra posible caída.
Abro la puerta, que supongo es la salida, y no me equivoco, ya que al hacerlo mis ojos chocan con un extenso pasillo donde pacientes y enfermeros van y vienen con prisa. La rapidez de sus movimientos me atonta por unos segundos, y por consecuencia de ello, me fuerzo a quedarme unos minutos en el umbral de la puerta y trato de acostumbrarme al avance fluido y estrepitoso de las personas.
Salgo de mi trance voluntario al instante en que una cara conocida pasa frente a mí. Un rostro redondo con ojos achinados y mejillas sonrojadas me da la bienvenida. Mis labios se separan levemente, mi compañero de trabajo pasa de largo con una anciana en silla de ruedas. Sin detenerme a pensarlo ni por un instante, doy un paso hacia el exterior para ir a su encuentro.
Una extraña sensación me golpea de pies a cabeza y entorpece mis pasos, es un sentimiento confuso como si caminar fuera algo ajeno a mis conocimientos naturales, pero exigiéndome continuar, sigo. Camino despacio hasta donde él está y después avanzo mi andar cuando él se ve yendo con más rapidez en dirección hacia el patio.
Liam se percata de mi presencia una vez que llego a su lado, y empezamos a caminar al mismo compás. Sin embargo, no dice nada y rápidamente mira hacia otro lado.
—Es algo peculiar... —digo casi susurrando, sin mirarlo—, el que estés tan callado.
—¿Qué...?
Giro mi rostro en su dirección cuando siento su mirada en mí, pero no le doy tiempo de hacerme otra pregunta, ya que la voz de la señora acapara toda su atención.
—Quisiera sentarme, por favor, mi niño —pide a Liam con voz blanda y temblorosa, y este rápidamente cumple su capricho. Una vez hecho, se queda de pie a su lado.
Me quedo estática observándolo, y puedo ver que su mirada está perdida y... ¿Triste?
Me acerco con extraña timidez y me planto nuevamente a su lado. Sus ojos se posan en mí en el momento en que hago aquella acción, y un gesto extrañado cruza su rostro. Eso me anima a apartar la mirada y ser la primera en romper el incómodo silencio, que sin darnos cuenta fue el protagonista.
—Tuviste nuevamente problemas con René —murmuro, deduciendo que esa es la causa de esta actitud no característica en él.
—¿Conoces a René?
Giro mi rostro a su encuentro y frunzo el ceño, sin comprender su pregunta.
—No te preocupes, entiendo —choqué suavemente mi mano contra su hombro—. Sé que es por ella, siempre lloras por ella.
Afirmo, tratando de sonar divertida para reconfortarlo. René es su novia y ex al mismo tiempo; viven peleando, lo que hace que rompan y vuelvan todo el tiempo. Así, nunca dan por finalizada su relación, lo cual a veces resulta muy dañino para ambos, e incluso para mí, que siempre estoy en medio como si fuera una juez.
Eso es lo malo de ser amiga de uno y buena conocida del otro.
—No te preocupes, Liam, ya volverán —le regalo una sonrisa de apoyo.
—¿Quién eres? —cuestiona de golpe, confundido. Me alejo un poco, viendo su expresión moribunda y un rostro contraído. Un gesto que solo hace cuando va a pelear o está muy disgustado—. ¿Por qué sabes esas cosas? —insiste con acritud.
—¿Qué te pasa hoy? —inquiero, mientras un mohín de disgusto se forma en mis labios al momento en que veo su cara—, ¿fumaste algo malo?
—¿Quién eres? —masculla lenta y pausadamente.
—No me gusta cómo estás actuando —manifiesto con enfado y desconcierto. Pronto la calma viene a mí cuando su presencia se proyecta en mis pensamientos, Pautry...—. No importa, solo dime, ¿ha venido a verme? Pautry, de él te hablo.
Al terminar de hablar, Liam abre los ojos con espanto y se aparta de mí toscamente. Por su movimiento brusco, la señora lo observa con un semblante alarmado.
—¿Qué te pasa? La estás asustando y también a mí —digo mientras me acerco rápidamente a él.
Liam entreabre los labios y sin verlo venir, coloca sus manos en su cabello y jala de este hacia abajo con brusquedad mientras niega. Me acerco más a él y de un manotazo retiro sus manos de su cabeza.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué haces eso?! —mi voz sale ronca por el enfado y el desconcierto.
Él me observa con horror en su mirada y después dice algo en voz baja, que no logro escuchar hasta que lo repite una y otra vez.
—Me estoy volviendo loco, Kaie está muerta.
Lo contemplo perpleja.
Esa pequeña oración es dicha repetidamente, como si fuera una plegaria.
Mi respiración se hace pesada y, por la horrible sensación, doy un paso atrás.
No puedo apartar mis ojos de él, solo escucho cómo sigue repitiendo las mismas palabras y esto me hace retroceder aún más.
Al chocar con algo a mis espaldas, doy la vuelta temblorosa sobre mis talones y al hacerlo, una opresión dolorosa se hace presente en mi pecho y mis labios empiezan a tiritar; una pared de cristal yace postrada frente a mí en este momento. Mi reflejo se proyecta...
—No puedo creerlo —susurro en un hilo de voz.
Mi pecho duele.
—No puedo creerlo —repito. Mi voz suena quebrada y esto se debe a que ya estoy llorando, y es porque el reflejo que veo en este momento no es el mío, sino el de mi amiga.
Este es el cuerpo de Camila y justo ahora, estoy viendo con sus ojos...
Mi yo reflejado en ella.
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Comments
Patricia Salazar
Interesante 🤔 ella está en el cuerpo de su amiga 😱 tu la envidiabas 🤷♀️ ahora conocerás que se siente 🤷♀️ estar en el cuerpo de Camila .
2024-09-25
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