Verbena colocó una mano sobre su rostro, se miró en el espejo y sentía que algo en ella había cambiado, había pasado unas semanas desde que ella había estado junto al Conde. Ahora estaba encerrada en la habitación y lo único que recibía era un pequeño vaso con sangre. Ciro siempre se la traía, pero no le decía nada y se mantenía callado, a una distancia segura la observaba en silencio. Muchas veces intentó preguntar sobre el Conde, pero él no le respondía y solo volvía a irse.
Frente al espejo, ella abrió su boca y vio sus colmillos que sobresalían lentamente, no sabía qué había pasado y cómo era posible que se haya convertido en un vampiro. Pero también existía la posibilidad de que todo fuera culpa del Conde. Verbena cerró su boca y observó la puerta que se mantenía cerrada.
Ella quería respuestas, pero nadie le había explicado ni la más mínima parte de lo que había sucedido. Verbena se acercó nuevamente a su ropero y sacó un vestido rojo, lo observó con detenimiento, era un vestido que no se había atrevido a ponerse, además ella no podía ponérselo sola. Tenía un pequeño y sutil corsé, ella sujetó el vestido entre sus manos y decidió empezar a ponérselo.
Sin una ayuda, le costó bastante ponérselo y cuando lo logró, se tiró a la cama y sujetó las cuerdas traseras de corsé y las apretó. Ella se colocó de pie y se acercó al espejo. Su cintura ahora se veía más delgada y eso le recordó a sus tiempos anteriores cuando utilizaba la crinolina. Terminó de arreglar su vestido y se recogió el cabello en una trenza un poco descuidada. Salió de su habitación y empezó a caminar lentamente hacia la habitación de Conde.
—¿A dónde va, señorita? —Murmuró Ciro detrás de ella.
Verbena se detuvo en seco y se giró lentamente, el mayordomo le dedicó una sonrisa y con su mano le señaló la puerta de la habitación, era una clara invitación para que ella volviera nuevamente a ese lugar. Ella negó con la cabeza y se dio la vuelta dispuesta a salir corriendo hacia la habitación de Conde.
El mayordomo se quitó su guante y sujetó su muñeca, ese pequeño movimiento hizo que ella se detuviera y se tambaleara un poco. Verbena, por un acto de reflejo y rebeldía, tiró de su mano con fuerza y se liberó del agarre de Ciro. Ella se sorprendió por aquel movimiento, no esperaba tener la fuerza suficiente para liberarse de él. Ciro también se había sorprendido de aquella fuerza y tenía los ojos abiertos.
Verbena aprovechó aquel pequeño movimiento y siguió corriendo hacia donde quería ir, pero el mayordomo apareció frente a ella y la detuvo de un golpe fuerte contra la pared. Él la había inmovilizado con un brazo sobre sus hombros. Los ojos azules de Ciro la observaron detenidamente, ella intentó liberarse, pero allí, bajo la mira de él, se sintió débil y como si sus huesos fueran de agua. Sus manos no respondían a sus movimientos y su cuerpo parecía derretirse bajo la presión de Ciro.
Ella no lo sabía, pero en ese momento estaba bajo los efectos de las alucinaciones de Ciro, él le había hecho un pequeño corte con la uña de su pulgar en la muñeca cuando la sujetó la primera vez y así había podido tener contacto con su sangre. Ciro no quería que Verbena se acercara al Conde, él no estaba en las condiciones para estar cerca de un vampiro inestable.
—Quiero ver al Conde —gruñó ella sintiéndose asfixiada.
Como respuesta volvió a recibir el silencio del mayordomo, ella intentó volver a liberarse, pero sus brazos ya no se movían. Ciro tenía la intención de inmovilizarla y dejarla inconsciente, pero en la lejanía escuchó las débiles palabras de Conde:
“Déjala”
El mayordomo no estaba de acuerdo en dejarla ir, pero la soltó. Verbena sintió como la fuerza volvía nuevamente a su cuerpo y levantó sus manos, las observó en silencio y las movió como si estuviera tocando un piano. Ella se apartó de la pared y señaló con su dedo índice el pasillo por donde quedaba la habitación de Conde.
—¿Ahora puedo ir? —Habló con un pequeño atisbo de satisfacción.
Ciro se colocó su guante nuevamente y dio un leve asentimiento antes de desaparecer. Verbena sonrió y salió corriendo hacia la habitación de Conde. Entró sin golpear la puerta y sintió un aura sombría en aquel lugar, las cortinas estaban cerradas e incluso todas las velas estaban apagadas. Ella se acercó lentamente a la cama, allí podía sentir la presencia del Conde. Abrió las cortinas para que la luz iluminara el lugar, Verbena a sus espaldas escuchó un quejido y se giró rápidamente.
Sobre la cama, estaba el Conde cubriendo su rostro con sus manos, su piel se veía pálida e incluso parecía tener una tonalidad azul. Ella se acercó rápidamente hacia él y sujetó sus manos, las apartó lentamente, un gemido de sorpresa salió de sus labios. Debajo de los ojos del Conde estaban cubiertos de unas manchas oscuras, tenía unas ojeras muy marcadas y su rostro se veía extremadamente cansado.
—¿Qué tienes? —Musitó Verbena sentándose a su lado.
El Conde guardó silencio y la observó con una sonrisa, acercó su mano a la trenza que estaba sobre su pecho y soltó una leve sonrisa. Dejó caer su mano y cerró los ojos, ni él sabía qué tenía, llevaba semanas intentando alimentarse con sangre de humanos, Ciro se había encargado de traer reservas de la mejor calidad, pero ahora su cuerpo parecía estar rechazando la sangre humana, también había intentado beber de la sangre de Ciro. Pero con solo oler la sangre del mayordomo le daban náuseas.
—Estoy enfermo —hablo lentamente con una voz profunda.
—¿Cómo puedes estar enfermo? —Lo recriminó Verbena cruzándose de brazos y luego agregó colocando una mano en la mejilla de él—, Eres un científico.
Aquellas palabras hicieron que el Conde soltara una carcajada, que luego se volvió en un quejido lamentable. Él había intentado buscar una solución con sus elixires, pero suplantar la sangre era algo que nunca había podido hacer. Observó a Verbena durante unos segundos y notó el vestido que llevaba puesto, hacía que su figura se marcara más y que sus pechos se vieran más grandes. El Conde se lamentó de estar enfermo y cerró los ojos nuevamente, mientras soltaba varios improperios internamente.
—Llevo mucho tiempo sin comer —le indicó el Conde.
Verbena se sintió culpable por sus palabras y olvidó por completo que ahora era un vampiro, se inclinó sobre el Conde, levantó un poco su cabeza y le ofreció su cuello.
—Puedes alimentarte de mí —sugirió ella con timidez.
El Conde se sintió frustrado por las palabras de Verbena, soltó una leve risa y ella se apartó de él, luego recordó con rapidez que ella ahora era un vampiro y sintió vergüenza por sus palabras. El Conde sujetó su mano y Verbena sintió un escalofrío, la piel del Conde estaba muy fría, parecía que llevaba bastante tiempo así, ella nunca había visto a un vampiro en esas condiciones. Quizás por ese motivo Ciro no quería que ella se acercara al Conde.
Los vampiros, como ella, podían ser peligrosos y el Conde actualmente estaba vulnerable. Verbena sacudió su cabeza, ella no podría llegar a hacerle daño al Conde. Él le dio un suave beso en la palma de su mano y luego olió la fragancia de su piel, fue allí que sintió el leve olor de un aroma muy agradable. Él estaba muy débil, pero reconoció el olor de la sangre de Verbena, acercó sus labios a su muñeca y los abrió lentamente. Solo iba a hacer una pequeña prueba, entonces él la mordió.
Verbena se sorprendió de aquel movimiento y observó como el Conde bebía lentamente, daba cortos tragos y luego de un corto tiempo, la dejó de morder y trago suavemente. Los ojos cafés del Conde hicieron contacto con los de Verbena y le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
—Parece ser que eres una buena fuente de nutrientes —bromeó el Conde sin entender muy bien lo que había pasado.
Su cuerpo no había rechazado la sangre de ella, de hecho, la pudo tomar con total tranquilidad y no sintió el reflejo de las náuseas en su garganta. Verbena estaba confundida con sus palabras, ella no conocía el primer vampiro que pudiera servir de fuente de alimento, si ese fuera el caso, nunca hubieran existido los recipientes y los vampiros se alimentarían entre ellos.
—¿Cómo es posible? —Habló ella conmocionada.
—No lo sé —respondió el Conde pasando una mano sobre su propio cabello.
Él ya empezaba a sentir un poco más de fuerza en su cuerpo, se levantó con mucho esfuerzo con la ayuda de Verbena, las sábanas que lo cubrían cayeron sobre su regazo y quedó con el torso desnudo. Verbena apartó rápidamente sus manos del brazo del Conde, él la observó con una sonrisa ladeada.
—Aún tengo un poco de hambre —indicó el Conde señalando el pecho de Verbena.
Ella siguió su dedo y observó su pecho, recordó las palabras que él le había dicho mucho tiempo atrás, —La sangre que está más cerca del corazón, en muchas ocasiones resulta ser la más deliciosa—, pero ella no sabía que el Conde se estaba refiriendo a otra cosa.
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Comments
yennifer legon
me encanta su nombre Airan
2023-06-17
1
Marii Menendez
me gusta mucho esta novela
2023-06-11
1
Sakura Hernandez Perez
Necesito más capítulos 🙏
2023-06-11
1