Ella se quedó de pie, aquel hombre había desaparecido sin dejar algún rastro, en su cabeza no podía pensar con claridad, no sabía si era correcto confiar en las palabras de un desconocido. Una lastimera sonrisa cubrió sus labios, durante todos esos años que había sufrido nadie la había ayudado y ahora que su muerte estaba cerca, había aparecido un alma piadosa.
Quería burlar su muerte, pero no podía confiar en aquel hombre, no existía ningún vampiro que no pudiera resistir la Luna Roja. Quizás aquel vampiro la estaba acechando entre las sombras y quería jugar con ella, un juego de caza.
Dio un paso hacia el bosque y un escalofrío cubrió su cuerpo cuando sintió humedad en sus pies, cuando bajó la mirada, allí en el suelo había un vampiro, quién no tenía la cabeza y además de eso parecía aplastada. Verbena llevó las manos a su pecho y cayó hacia atrás horrorizada. Las palmas de sus pies estaban cubiertas de sangre de un vampiro exiliado.
Ella negó con la cabeza, el miedo empezó a cubrir sus huesos, ella solo conocía a un vampiro capaz de matar a otros de un solo golpe, cerró los ojos disgustada por recordar el nombre del Duque de Larx, un nombre que era bastante personal y que ella lo había acortado un poco para poder decirlo con cariño.
A sus espaldas escuchó un grito desgarrador, luego de ese otro le siguió y sin esperar a que el silencio llegara, escuchó con claridad como aquellos gritos terminaban sonando en un ahogamiento húmedo, recordó con claridad las palabras dichas por aquel hombre que la ayudo. Se colocó de pie y pensando en que su vida había sido terrible en los últimos años, decidió seguir las palabras de aquel vampiro.
Se adentró al bosque siguiendo una sola dirección, corrió con la única fuerza que le quedaba, ella no sabía que había hecho aquel vampiro, pero aquella gota solo le dio un suspiro más, mientras corría sentía como se quedaba sin aire. Tropezó con sus propios pies y cayó de rodillas sobre la tierra, la respiración de Verbena era descontrolada y agitada, por más silencioso que intentaba soltar el aire, no podía.
Allí en el suelo se sorprendió al ver los rayos rojos de luz que pasaban entre los espacios de las hojas de los árboles. Verbena volvió a ver sus manos, las cuales seguían arrugadas y pálidas, recordó a los humanos, a su familia, a su abuela, las arrugas que empezó a surcar su piel con el pasar de los años.
Ahora el recuerdo de su familia era distante, casi no los tenía presente, quizás porque el aprecio de ella hacia los miembros de su familia era casi nulo. Ella los odiaba, su madre la había vendido en una subasta para obtener un podo de dinero, la única persona que había estado en contra de aquella aberrante situación, había sido su abuela. Quizás por eso era el único rostro que podía recordar.
Verbena sacudió su cabeza, se había perdido unos segundos en sus recuerdos, ella se colocó de pie, en ningún momento había apartado la mirada de su trayecto, siguió su camino, aunque ahora casi no podía correr, sentía como sus pies estaban adoloridos de pisar piedras y ramas secas, ahora solo estaba caminando.
Pasaron unos largos minutos caminando en una dirección imaginaria, cuando a lo lejos pudo notar una mansión, su corazón latió emocionado y la adrenalina que aún le quedaba hizo que corriera hasta aquel lugar. Se detuvo cuando pudo ver la mansión en todo su esplendor, era enorme y bajo los rayos de la luna la vidriería de las ventanas soltaba destellos como si fueran piedras preciosas.
Ella se acercó a la mansión pasando por un campo verde de césped bien podado, se detuvo unos segundos para ver algunas estatuas que estaban junto al camino, las cuales eran vampiros mostrando sus dientes mientras sus propias manos parecía que se estaban clavando en sus cuellos. Verbena abrazó sus brazos y se detuvo a mitad del camino de piedras pulidas.
Esas estatuas eran aterradoras, siguió avanzando y vio como algunas tenían lágrimas cayendo por sus mejillas, allí se dio cuenta de que no estaban mostrando sus dientes, sino que eran gritos de dolor por las expresiones que tenían. Los detalles que tenían aquellas estatuas eran muy impresionantes, tanto que parecían vampiros reales.
Verbena, sin soltar sus brazos, siguió su camino y se detuvo al llegar a las puertas, las cuales eran enormes, parecían medir casi cuatro metros. Ella soltó una de sus manos y la acercó a una de las puertas, sus dedos acariciaron aquella madera que parecía ser de roble, su mirada se deslizó por toda la longitud de la puerta buscando algún picaporte o algo que le permitiera poder llamar al dueño de aquella terrorífica mansión.
Ella tocó la puerta con sus nudillos, pero el sonido no se hizo presente, allí en esa sangrienta noche solo podía escuchar la estridulación de los grillos. Verbena sintió que todo su esfuerzo se había perdido, se dejó caer y apoyó la cabeza en las grandes puertas.
—Por favor, ayúdame —pidió en una leve súplica.
Algo que no hacía hace muchos años, sabía que nadie la iba a ayudar y que probablemente sería la comida de otro vampiro exiliado, pero no quería morir sin sentir que alguien alguna vez quiso ayudarla. El sonido del movimiento de los engranajes se hizo presente, aunque era algo leve, Verbena pudo escucharlo, fue entonces cuando las puertas se abrieron dejando un pequeño espacio para que ella pudiera entrar.
Ella se colocó de pie, sus piernas estaban temblando de cansancio, apoyó una mano en su pecho y se adentró a la mansión. En su interior estaba totalmente oscuro y no podía ver con precisión lo que había allí, a sus espaldas la puerta se cerró.
Sintió más frío de lo normal, ella volvió a abrazar sus brazos y empezó a dar pequeños pasos mientras con una de sus manos palpaba el aire para evitar chocarse con algo, se detuvo cuando sintió a su tacto algo duro y siguió tocando lentamente hasta que su mano subió y reconoció que era otra estatua.
De la nada el lugar se iluminó de golpe, lo que hizo que Verbena cerrara los ojos por el extenuante brillo de aquella luz. Al abrir los ojos lentamente pudo observar con más dedicación aquella estatua, la cual era muy diferente a las anteriores. Esta tenía un aspecto normal y era de un hombre con un antifaz que no dejaba ver su rostro, observó que tenía algunas joyas preciosas incrustadas y acercó su mano al rubí que tenía sobre el corbatín de paño.
Pero nunca llegó a tocarlo, porque la luz que iluminaba atrás de la estatua era muy brillante, se apartó de la estatua y observó de donde provenía aquella luz, se sorprendió al ver que no provenía de alguna vela y que parecía que venía de algún artefacto extraño que ella no conocía. Se acercó y sus manos se acercaron a la extraña esfera de luz, pero cuando sus manos hicieron contacto con aquella luz, sintió un escozor, Verbena se había quemado por su curiosidad.
Se apartó de aquella luz mientras intentaba calmar el dolor de sus manos, a lo lejos pudo escuchar una suave melodía, algo que en sus mejores tiempos le solía gustar, Verbena siempre pedía que tocaran algo para ella. Intentó enfocar su audición para poder escuchar con más precisión, pero aquel lugar era enorme, las luces la confundían un poco, podía notar que en el techo también había una lámpara de araña, pero en vez de tener velas, también tenía aquellas esferas irregulares que brillaban.
Verbena decidió buscar de dónde provenía aquella música, que parecía muy diferente a la que ella había escuchado alguna vez. Pasó la enorme sala que estaba ubicada en la entrada e ingreso por el umbral que estaba ubicado a su derecha, en cada paso que daba podía escuchar la melodía un poco más fuerte. Observó el suelo donde la luz reflejaba con fuerza y hacía que el lugar se pudiera ver con más claridad, como si fuera de día.
Ella estaba sorprendida por la luminosidad de la mansión, era algo innovador que nunca había presenciado, su vida se había reducido a estar en un callejón. Mientras caminaba por aquella lujosa mansión, se dio cuenta de que el dueño era alguien que poseía muchísimo dinero, recordó su tiempo viviendo en la mansión de Larx, pero aquel lugar era totalmente diferente. Todo parecía brillar como si la mansión estuviera construida de cristal, además poseía aquellos artefactos luminiscentes que desconocía.
Se quedó de en su sitio cuando escuchó que la melodía se detuvo, pero segundos después empezó a tocar con más fuerza, dejando que las notas se llenaran de un sentimiento de frustración. Fue allí donde Verbena corrió en búsqueda del dueño de aquella música que estaba escuchando, giró a su derecha en otro pasillo y fue allí donde encontró otra sala donde había dos escaleras que se unían al final.
En la mitad de aquella sala había un piano de cola, donde un hombre tocaba con los ojos cerrados y dejaba que su cuerpo se moviera al compás de la música, ella se acercó lentamente mientras la melodía parecía cautivarla cada vez más. Aquel hombre seguía tocando en silencio, él ya sabía que ella estaba allí, él fue quien abrió la puerta y la dejó pasar a su mansión, soltó un pequeño suspiro cuando se dio cuenta de que era un recipiente en sus días finales, podía sentir que la muerte estaba a los pies de ella.
Verbena dio un pequeño pasó, pero sintió como su corazón dio un latido doloroso, llevó sus manos a su pecho y abrió su boca dejando salir un quejido, mientras la música se volvía cada vez más dramática. Ella se dejó caer de rodillas y fue allí cuando la melodía se interrumpió de golpe sonando notas de más y arruinando por completo la interpretación, antes de que la cabeza de Verbena tocara el suelo, sintió unas manos sobre su cuerpo que la sujetaron.
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Maria Nancy Rincon Galvis
una historia extraña
2024-05-16
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