En el silencioso de aquella solitaria mansión, el Conde sujetó el cuerpo de Verbena, pero la dejó caer al suelo cuando sintió venir un olor desagradable de ella. La observó en el suelo, podía escuchar el latido irregular de su corazón, sabía que estaba viva. Levantó la mirada para observar la Luna detrás de los grandes ventanales y observó que aún seguía roja, su mayordomo se iba a demorar.
Él se inclinó y con la punta de su zapato le tocó la mejilla, pero Verbena no reaccionaba, el Conde soltó un suspiro. Dobló sus rodillas y la levantó entre sus brazos, cerró los ojos durante unos segundos y maldijo en silencio.
—¿Por qué huele tan mal? —Dijo en un susurro mientras la sujetaba y subía por las escaleras.
Aquella mansión tenía innumerables habitaciones, era un lugar enorme, pero los cuidados solo se limitaban a una sola persona, a Ciro, el mayordomo del Conde. Así que el Conde no sabía qué hacer con ella, llegó a una de las habitaciones y abrió la puerta, sin pensarlo mucho la llevó hasta el baño. Volvió a colocarla sobre el suelo y se detuvo a examinar el rostro del recipiente femenino.
Él sujetó su cara y la movió para ver su rostro, podía notar que aquella mujer estaba muy desnutrida y que su cuerpo estaba muy delgado, algo que podría ser normal en un recipiente sin los cuidados necesarios. El Conde acercó sus manos al cabello de ella e intentó peinarlo, pero estaba lleno de bastantes nudos, así que retiró su mano con asco.
Era la primera vez en mucho tiempo que cuidaba a alguien que no fuera él mismo, se acercó a la tina y dejó que se llenara de agua, luego se acercó al cuerpo de Verbena y empezó a intentar quitar la “ropa” que llevaba puesta. Pero el Conde era impaciente y no pudo desatar todos los nudos, así que rompió la tela y dejó a Verbena desnuda, la observó durante unos segundos.
Ella seguía inconsciente y él sabía que era debido al cansancio acumulado que ella llevaba, tal vez porque su cuerpo ya no soportaba más. En silencio siguió examinando el cuerpo desnudo de Verbena y notó como los huesos se marcaban con rudeza, acercó su mano y tocó su piel arrugada. Incluso su rostro parecía que había envejecido. Pero por la forma de su rostro, él sabía que era una mujer joven.
Él levantó el cuerpo desnudo de Verbena y la metió con cuidado en la tina, él sintió el agua fría y también notó como un pequeño escalofrío pasó por la piel de ella. El Conde se arremangó las magas de su jubón y se inclinó sobre la tina para lavar el cuerpo sucio del recipiente, él hizo una mueca cuando vio unas marcas de colmillos sobre su clavícula, acercó uno de sus dedos y acarició aquella zona, en el tacto se dio cuenta de que el hueso estaba fracturado. Él soltó un quejido molesto, por más que la intentara ayudar, al parecer la muerte se estaba aferrando a ella.
También se dedicó un largo tiempo en arreglar el cabello de ella, aunque en muchas ocasiones pasó por su cabeza cortar el cabello de Verbena. Al terminar su dedicado trabajo se limitó a sacarla de la tina mojando todo a su paso y también a él mismo, la sujetó contra su cuerpo mientras la envolvía en una tela suave de algodón, secó toda la humedad de su cuerpo y luego se acercó a oler su piel, aquel olor desagradable ya no estaba presente.
Salió del baño y la colocó desnuda sobre la cama, quitó las gruesas sábanas y la cubrió con las sábanas y se marchó. Esa noche el Conde salió de su mansión después de mucho tiempo, se fue en búsqueda de su mayordomo, cuando llegó al pueblo encontró una masacre de cuerpos desmembrados, parecía que Ciro ya había terminado con el trabajo, pero a la lejanía escucho a un vampiro dar gritos de dolor.
El conde se acercó lentamente y se detuvo al ver a su mayordomo partiendo los brazos de un vampiro, su rostro tenía una gran sonrisa, estaba disfrutando de aquella tortura a la que estaba sometiendo un vampiro exiliado. El Conde hizo un chasquido con sus dedos, lo que fue suficiente para que el mayordomo se detuviera.
—¡Señor! —Dijo Ciro sorprendido.
—Hay un baño sucio —le indicó el Conde.
El vampiro exiliado se levantó sin entender que estaba pasando y miró al Conde con odio, Ciro le golpeo la cabeza lo suficientemente fuerte para tirarlo al piso nuevamente sin matarlo.
—Su excelencia, ¿qué le parece este vampiro? —Habló el mayordomo educadamente mientras se inclinaba un poco.
—¡JA! ¡SU EXCELENCIA! —Gritó el exiliado mientras se reía.
En aquel pueblo el Conde no era muy bien visto, él hizo una mueca y se acercó al vampiro, se inclinó sobre su cuerpo y sujetó su cabeza entre su mano.
—El Conde de Merrick, lo ejecuta a muerte —Recitó él la sentencia nombrándose a sí mismo.
El vampiro abrió los ojos, el Conde estaba seguro de que iba a pedir piedad sobre su vida, pero antes de que el vampiro pronunciara la primera palabra, él apretó su mano en un puño, aplastando la cabeza del vampiro como si fuera un tomate. El Conde sacudió su mano en el aire y fue ahí cuando Ciro le pasó un paño de seda para limpiarse la mano, él lo recibió en silencio y limpió su mano ensangrentada, luego tiró el paño sucio sobre el cadáver del vampiro.
—Como le decía, hay un baño sucio —Volvió a decir con una leve sonrisa.
El Conde se dio la vuelta, quería volver enseguida a la mansión, su mayordomo caminó a su lado hasta que salieron del pueblo, se atrevió a decir:
—¿El recipiente llegó a la mansión?
—Esperaba un recipiente de mejor calidad —el Conde no tardó en demostrar su desacuerdo.
—Fue el único que encontré, su señoría —explicó el mayordomo y al ver la tenaz mirada del Conde, se apresuró a agregar—. Sería problemático robar un recipiente con dueño.
—Tendrá que conseguir otro recipiente, el que llegó a la mansión huele a muerte —dijo el Conde molesto y desapareció dejando al mayordomo solo.
Ciro se quedó de pie, pensó durante varios segundos sobre buscar otro recipiente, pero eso le llevaría mucho tiempo y el Conde lo precisaba con urgencia. Salió corriendo para poder alcanzar al Conde, pero él ya había llegado a la mansión. Esa noche el Conde observó a Verbena, se había sentado junto a su cama y le había prestado un cuidado especial, intentaría mantenerla con vida, hasta que se despierte.
Duró inconsciente 4 días, allí en la habitación seguía desnuda, cuando ella se despertó lo primero que hizo fue levantarse de aquella cama, la comodidad que había sentido le trajo malos recuerdos, sintió un mal presentimiento. Luego recordó la mansión y el vampiro desconocido que la había salvado. Verbena se rio de sí misma y negó con la cabeza, por unos segundos creyó que Larx había vuelto por ella, se sintió estúpida.
—Buenos días, señorita —saludó el mayordomo con una mano en su espalda y otra en su pecho mientras daba una leve inclinación.
Verbena se horrorizó e intentó cubrir su cuerpo desnudo con las sábanas de la cama, aunque el mayordomo en ningún momento la había mirado.
—Espero no incomodarla, le he traído un poco de ropa —le dijo señalando detrás de él.
Ella se dio cuenta de que él no la miraba directamente, su mirada estaba clavada en el suelo. Verbena notó que atrás de él, sobre una butaca de madera, había unos cuantos vestidos.
—Gracias —murmuró con la voz rígida.
Luego de aquellas palabras el vampiro desapareció de su vista en cuestión de segundos, la puerta de la habitación estaba cerrada. Ella miró la habitación con cuidado, aunque no era muy lujosa, estaba equipada con lo necesario. Verbena se acercó a la ropa y notó que solo había dos vestidos delgados que parecían ropa interior, se sorprendió de lo suave que era la tela y los abrazó.
Se lo colocó y por primera vez en mucho tiempo se sintió limpia, observó sus manos y para su decepción se dio cuenta de que seguían arrugadas, acercó las manos a su cabello y se emocionó al sentirlo sedoso y suave, hace mucho que no pasaba sus dedos entre sus cabellos.
—Recipiente —habló un hombre detrás de ella.
Verbena profirió un grito y se cayó al suelo, detrás de ella había un vampiro recostado en la pared de la habitación, tenía el cabello rojizo y unos ojos cafés claros. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho, llevaba un jubón algo diferente a los que ella había visto, el de él era de una tela más delgada, casi transparente.
—Verbena —respondió ella con nerviosismo.
—Conde de Merrick —se presentó al ver que ella le dio su nombre.
Él avanzó unos cuantos pasos hasta estar frente a ella, observó el vestido que llevaba puesto y acercó su mano a ella, Verbena cubrió su rostro con sus manos como un reflejo de protección. Pero aun así, el Conde ignoró aquel movimiento y sujeto el cuerpo de Verbena entre sus brazos. Ella intentó resistirse a él, pero el Conde la sujetó con fuerza, la mano de él estaba en su cintura y la mantenía estable para evitar que ella se escapara de sus brazos.
Ella cerró los ojos al ver la cercanía con el Conde, sintió como la mano libre de él se acercaba a su hombro y bajaba la manga de su vestido, sabía que iba a pasar y sintió tristeza por pensar que su situación sería diferente. El Conde dejó todo su hombro descubierto y miró la clavícula donde se suponía que estaban las heridas de colmillos, pero allí no había nada. Él sintió una extraña sensación, entonces bajó la otra manga para ver si se había equivocado de clavícula, pero también estaba sana, él acercó su mano y examinó ambas clavículas, ninguna estaba fracturada.
—¿Realmente eres un recipiente? —La voz del Conde fue fuerte y clara.
Verbena comprendió todo con rapidez y se dio cuenta de lo que había pasado, era la primera vez que alguien se daba cuenta de aquella habilidad, ella tembló de miedo.
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