Verbena cerró los ojos y temió lo peor, su cuerpo empezó a temblar. El Conde la observó en silencio, con su mano libre clavó una uña en su hombro y sintió como la presión que ella hacía sobre su brazo se desvanecía. Allí por primera vez en mucho tiempo el Conde olió la sangre de un recipiente, sintió un olor amargo totalmente desagradable, después de eso no dudo en probar la sangre, entonces pasó su lengua por aquella pequeña herida.
Un sabor ácido se hizo presente en sus pupilas gustativas cuando hizo contacto con la sangre de Verbena, él cerró los ojos con disgusto y la soltó. Ella, que parecía haber perdido el equilibrio, cayó a sus pies y se quedó allí mirando los zapatos del Conde. Su cuerpo seguía temblando y con sus manos temblorosas se arregló el vestido.
Verbena no se atrevió a levantar la vista y mucho menos se levantó del suelo. El Conde se apartó de ella, su rostro estaba más serio de lo normal y tenía la mandíbula apretada, estaba molesto, aquel recipiente le era inútil.
—Ciro —llamó con la voz seria.
Su mayordomo apareció en la habitación con rapidez y observó con atención a Verbena y luego al Conde, se dio cuenta de que estaba molesto. Ciro se inclinó como solía hacerlo y se quedó allí.
—¿Me llamaba, su majestad? —Dijo él sin levantar su espalda.
—Prepara algo de comer para la señorita —ordenó el Conde pasando por el lado de Verbena—, carnes rojas y frutas dulces.
Con aquella indicación salió de la habitación y cerró la puerta, Ciro observó a Verbena que aún seguía en el suelo, notó que estaba temblando y que algunas lágrimas estaban cayendo por sus mejillas. Él se acercó a ella y se colocó en cuclillas y le extendió una mano.
—Señorita, ¿puede usted acompañarme? —Intentó hablarle suavemente, temía asustarla.
Ella levantó el rostro y miró al mayordomo con más dedicación, él fue el hombre que la había salvado. Ahora que lo podía ver con más claridad, se dio cuenta de que era un vampiro muy apuesto. Su piel era color cobrizo y sus cabellos negros le llegaban al hombro, sus ojos eran de un azul demasiado claro.
Su ropa era totalmente negra con algunas pequeñas decoraciones plateadas, pudo observar que sobre su casaca había un pequeño escudo, un escudo que todos conocían y que probablemente era el causante del sufrimiento de Verbena, su cuerpo empezó a temblar con más fuerza. Aquel escudo consistía en un pequeño corazón humano en llamas, conocía el significado de aquella casa, era un lema que ponía en alto los conocimientos del Conde, un científico apasionado y el creador de los recipientes.
Entonces recordó cuando él se presentó como Conde de Merrick, su nombre era Arián. La persona encargada de hacer que los humanos fueran el principal alimento de los vampiros y fueran tratados como esclavos y comida. Verbena retrocedió asustada y sin apartar la mirada de aquel escudo, empezó a llorar con más fuerza.
Ciro, sin entender qué pasada, se miró el pecho y fue allí cuando entendió lo que había pasado. Él sonrió con amabilidad y se acercó nuevamente con delicadeza. Seguía extendiendo su mano enguantada, Verbena negó con la cabeza, sus ojos se habían puesto rojos y su rostro se veía terriblemente mal, las arrugas y sus gimoteos la hacían ver terrible.
—No se preocupe, señorita, el Conde no le va a hacer daño —mintió con una leve sonrisa.
Pero Verbena ya estaba acostumbrada a las maldades del mundo, no creyó ninguna palabra dicha por aquel mayordomo y siguió tirada en el suelo sin querer sostener la mano de él. Ciro soltó un pesado suspiro y se colocó de pie, la observó unos cuantos segundos y terminó por salir de la habitación, para su sorpresa al cerrar la puerta se encontró con el Conde.
—Parece que ella lo conoce, su majestad —dijo Ciro lentamente.
Aunque él sabía perfectamente que el Conde había escuchado todo, el Conde guardó silencio, él tenía una mano sobre su mentón y parecía perdido en sus pensamientos. Luego se apartó de la pared y miró a su mayordomo.
—Llévala a comer al salón principal —indicó el Conde y cuando le dio la espalda al mayordomo, agregó—, yo también comeré.
Después de eso, el Conde desapareció del pasillo. Ciro sujetó su cabeza durante un momento y se dirigió a la cocina y empezó con su labor, tenía que hacer dos cenas diferentes.
Verbena, que se había quedado en la habitación, seguía en el suelo, no podía abandonar lo que en los últimos años había sido su rutina, el suelo había sido el único lugar donde dormía. Desde allí miró la cama y se levantó con lentitud, se acercó y sujetó las sábanas entre sus manos, la textura era demasiado suave. Ella soltó una leve sonrisa y se acostó en la cama mientras abrazaba las sábanas, la suavidad y la comodidad de aquella cama hicieron que ella se quedara dormida.
El tiempo pasó y la hora de la cena había llegado, Ciro ya estaba terminando de acomodar todo en la gran mesa del salón principal, el lugar donde el Conde comía. Después de poner los últimos platos, él había puesto la comida del Conde en un extremo de la mesa, muy apartado de la comida que le había preparado a Verbena. Ciro decidió ir primero hacia el Conde, al entrar en su laboratorio, lo encontró preparando una pequeña dosis, un brebaje que se usaba en recipientes para la rápida regeneración de sangre y que también cubría otras funciones importantes.
Ciro lo observó en silencio y le dio un pequeño aviso al Conde de que la cena ya estaba servida, luego de eso fue en búsqueda de Verbena, al llegar tocó la puerta varias veces, hasta que escuchó desde allí la respiración leve de Verbena, podía notar que estaba durmiendo. Abrió la puerta y acercó a la cama, decidió despertarla.
Verbena abrió los ojos asustada, lo primero que vio fue el rostro del mayordomo con una sonrisa amable y la mano extendida, ella la sujetó y se frotó los ojos con su otra mano.
—Señorita Verbena he preparado su comida —le informó Ciro al escuchar un rugido del estómago de ella.
Ella asintió, mientras estaba durmiendo decidió hacer caso a lo que dijeran, hasta el momento no la habían tratado mal y tenía una cama cómoda donde dormir. Con la ayuda de Ciro, se levantó de la cama y fue guiada hasta el salón principal, pasaron varios pasillos de la gran mansión, hasta llegar a un salón enorme con varias lámparas de araña que tenían cristales y hacía que el lugar tuviera pequeños destellos iridiscentes.
Ciro se detuvo de golpe cuando vio al Conde en su puesto, pero lo que más le sorprendió, fue que los platos de Verbena habían sido cambiados de lugar y estaban al lado del Conde. Ciro sintió como Verbena se colocó tensa, pero él no podía hacer nada, así que soltó la mano de Verbena y se inclinó hacia el Conde.
—Aquí está la señorita —dijo y luego se esfumó del lugar.
El mayordomo había dejado a Verbena sola en aquel gran salón con un Conde que no se veía amistoso, ella se quedó de pie y el Conde se dio cuenta de que ella no quería avanzar, él le sonrió y le señaló la comida con un pequeño ademán.
—Aquí está tu comida, recipiente —dijo él dirigiéndose de una manera un poco brusca.
Verbena no quería entrar en más conflictos, así que se acercó y se sentó en la silla donde el Conde le había indicado, en silencio observó la comida y sintió como su boca empezó a salivar con anticipación, su estómago soltó un rugido bastante ruidoso que el Conde escuchó con claridad.
—Parece que llevas tiempo sin comer —comentó él mientras cortaba un trozo de carne que parecía estar más cruda que cualquier cosa.
Ella volvió a observar su comida y notó que era mucha carne, agarró los cubiertos y con las manos temblorosas empezó a cortar la carne, que estaba bien cocida y seguía soltando un poco de humo, con un olor exquisito. Verbena empezó a comer lentamente, saboreando la jugosa carne que llevaba décadas sin comer. Sus mejillas rápidamente tomaron un leve color rosado.
El Conde siguió comiendo en silencio y de vez en cuando observaba a Verbena, sujetó su copa entre sus manos y la acercó a su nariz, sintió ese olor característico de una sangre de excelente calidad, un olor dulzón, todo lo contrarío a la sangre de Verbena. Bebió de su copa mientras veía como ella comía un poco de uvas y mango, Ciro había seguido sus indicaciones.
Él ya había terminado con su cena y esperó en silencio a que ella terminara, notó que ella tenía los ojos un poco llorosos y que cada bocado que comía, lo disfrutaba con extremada dedicación. Observó como comía las frutas y en especial se dedicó a ver como sus labios sujetaban las uvas, el Conde cerró los ojos y apartó la mirada, luego de un tiempo un poco largo, Verbena terminó su comida.
—Muchas gracias —agradeció al Conde sin mirarlo directamente.
—Aún no ha terminado la cena —señaló él colocando un pequeño frasco en la mesa.
Verbena reconoció de inmediato aquel frasco, abrió sus ojos con sorpresa y fue la primera vez que miró al Conde a los ojos. Él la estaba examinando con una pequeña sonrisa, el Conde le acercó el frasco y ella lo sujetó entre sus manos.
—Esto no me ayudará en nada —habló Verbena con tristeza, cerró los ojos afligida y le explicó—, mi muerte está muy cerca, es un desperdicio gastar esto en mí.
Ella le entregó el frasco y Conde soltó una risa llena de ironía, él se inclinó sobre la mesa, su rostro estaba a centímetros de Verbena, ella se apartó y se acorraló contra el respaldar de su asiento.
—Parece que no has entendido algo, recipiente —su voz estaba llena de burla—. La longevidad de un recipiente se estima a 150 años con la ayuda del elixir, sin él un recipiente no puede durar más de un año.
El Conde se apartó de Verbena y sacó su pecho con orgullo mientras le señalaba el frasco.
—Hay algo que no es común en ti —dijo él entrecerrando los ojos y luego una de sus manos sujetó el frasco para seguir hablando—, ¿cuándo fue la última vez que tomaste el elixir?
Verbena cerró los ojos, ella sabía la respuesta, pero le dolía pronunciarla en voz alta. Existía una pequeña posibilidad, de que el Duque de Larx pensara que ella estaba muerta y por eso durante todo ese tiempo nunca la había buscado. Ella sacudió la cabeza, él la había echado del ducado, apenas se enteró de que su sangre no podía volver a ser como antes, cerró los ojos con fuerza y evitó que las lágrimas no cayeran sobre sus mejillas.
Al abrir los ojos se encontró con la mirada expectante del Conde esperando una respuesta.
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