Pasó una semana desde que Verbena había estado en los aposentos del Conde, ella se había quedado en una habitación que estaba un poco alejada del Conde, también Ciro había vuelto y desde ese día él se estaba encargando de la alimentación de ella. Pero estaba feliz, volvía nuevamente a sentir que estaba viviendo, aunque los días se volvían monótonos y repetitivos, Verbena no hablaba con nadie y en la mansión no había más personas.
Ella soltó un suspiro, estaba sentada en una silla frente a la ventana de su habitación, podía observar a las afueras que el clima estaba agradable. Se levantó y con una sonrisa acomodó su vestido, desde ese día su ropa también había cambiado, aunque seguía utilizando vestidos sin la crinolina, pero estos eran confeccionados con costuras extremadamente finas y delicadas, además de eso, ella ya no caminaba descalza y también estaba utilizando ropa interior.
Ciro había vuelto de su viaje con bastante equipaje y la mayoría de cosas estaban destinadas para ser usadas por Verbena. Ella se acercó a un espejo que estaba en su habitación, observó el vestido verde oliva que llevaba puesto y lo pálida que lucía su piel con ese color, también hacía juego con el color de sus ojos, luego se acomodó el cabello detrás de sus orejas. Abrió la puerta de su habitación y observó hacia ambos lados, el pasillo estaba solo, pero ella sabía perfectamente que en algún lugar estaban ellos.
En silencio salió de la habitación y empezó a caminar hacia una dirección que se había memorizado, su habitación quedaba en el segundo piso, ella sabía que en alguna parte de ese lugar podía estar la salida. Se acercó a las escaleras y asomó su cabeza por la barandilla de madera, observó el gran salón con el piano de cola, el lugar parecía estar solo, así que bajó las escaleras con un poco de presura.
Siguió con su búsqueda, después de unos largos minutos encontró la estatua que había visto el primer día. Ahora ella podía verla con más atención, acercó su mano y la tocó con delicadeza, aunque tenía el antifaz puesto, Verbena podía reconocer parte del rostro de aquella escultura, era el Conde.
Recordó que ese día había entrado por una gran puerta y se giró rápidamente, una sonrisa cubrió sus labios y se acercó a la puerta, pero se sorprendió al no ver ningún picaporte. Su sonrisa se borró cuando empezó a deslizar sus manos por la enorme puerta y no encontraba la manera de abrirla.
—No puede salir, señorita —la voz de Ciro se hizo presente.
Verbena se sobresaltó consternada, aún no podía acostumbrarse a eso, ella se giró lentamente con una pequeña sonrisa tímida, juntó ambas manos sobre su vientre y lo miró directamente a los ojos.
—Solo quiero tomar un poco de sol —empezó a decir ella suavemente.
El mayordomo empezó a negar con su cabeza, sus ojos azules se cerraron en desacuerdo, cuando los volvió abrir, él le dedicó una pequeña sonrisa.
—El Conde le ha dado un pequeño permiso —le indicó él.
Ciro se acercó a una pequeña estatua que estaba incrustada en la pared al lado de la enorme puerta, era un felino que estaba sentado con la boca abierta y soltando un bufido, sus colmillos se veían extremadamente largos y afilados. El mayordomo sacó de su traje un pequeño ratón, parecía estar hecho del mismo material del gato, Verbena que estaba atenta a cada movimiento que él hacía, notó como Ciro ponía el ratón dentro de la boca del gato, eventualmente, escuchó unos engranajes moverse y la puerta se empezó a abrir.
Verbena supo que no había posibilidad de salir de aquel lugar sin la llave, que era un ratón. Ella soltó una leve sonrisa, aunque después de unos segundos pudo observar el ratón dentro de la boca del gato y la cerró, al pequeño animal parecía que se quejaba del dolor por los colmillos felinos incrustados sobre su pequeño cuerpo.
—Volveré dentro de unos minutos —dijo el mayordomo haciendo una leve inclinación y luego agregó—, volveré por usted, no se vaya muy lejos.
Ella dio un ligero asentimiento y salió de la mansión, sintió un fresco aire en la cara y sus labios se curvaron en una enorme sonrisa, caminó por el pequeño camino de piedras y bajo la luz del sol se acercó a las estatuas que estaban allí. Era igual de aterradoras bajo la luz de sol, se estremeció al verlas, ella se giró y terminó por caminar hacia un jardín que estaba en un lateral de la mansión.
Verbena abrió sus brazos y se tiró sobre el suave pasto que había allí, cerró los ojos durante unos segundos, su corazón latía emocionado y sentía que su temperamento estaba cada vez mejor. Abrió los ojos y con un brazo cubrió los rayos del sol que daban directamente sobre su cara.
Aunque no tenía mucho que hacer, se quedó ahí sobre el suelo mientras sentía como su piel entraba en calor, recordó la última vez que estuvo cerca del Conde y sus mejillas se pusieron coloradas. Con una risa nerviosa, Verbena se cubrió la cara con ambas manos, aunque el vampiro no había tenido sexo con ella, sí había vuelto nuevamente a jugar con su cuerpo.
Ella sintió una mano sobre su frente, algo fría y entró en pánico al sentir un tamaño más pequeño a las caricias del Conde, con rapidez se apartó, sus verdes hicieron contacto con unos ojos rojos rutilantes, era un vampiro juvenil, bastante joven.
—¡Hola! —Saludó el niño con una gran sonrisa con afilados colmillos.
—Hola —respondió Verbena intentando separarse de la cercanía del niño.
Los vampiros juveniles eran demasiado peligrosos, Verbena lo sabía y por eso estaba intentando mantener alguna distancia. Aunque en el fondo presentía que alguien vendría a ayudarla si algo malo pasaba.
—Me llamo, Taro —siguió hablando con su infante voz y acercando su rostro más a Verbena siguió hablando—, ¿cuál es tu nombre?
Verbena tragó seco, los ojos del niño eran muy rojos, su cabello era negro y su piel morena tenía un pequeño brillo dorado.
—Verbena —le dijo ella intentando darle una sonrisa amable.
Ella estaba muy incómoda, nunca había interactuado con un vampiro infante, ella se colocó de pie y el niño sujetó el borde del vestido. Verbena observó sus pequeñas manos, desde su altura aquel pequeño vampiro parecía indefenso.
—¿Podemos jugar? —Pidió con voz demandante.
Verbena abrió su boca, sus labios temblaron levemente, su plan era volver a entrar en la mansión, pero su corazón se encogió al ver la mirada triste del niño vampiro. Ella se colocó de cuclillas y con suavidad sujetó las manos del niño, que eran muy pequeñitas.
—¿Qué quieres jugar? —Dijo ella dándole una sonrisa amable.
Los ojos de Taro se iluminaron de felicidad y se colocó de pie con emoción, sujetó la mano derecha de Verbena y la empezó a jalar, ella caminó a su lado, sin saber a qué juego se refería el niño. Ella nunca lo había visto y existía la posibilidad que fuera algún vampiro exiliado, aunque lo descartó rápidamente al ver que el pequeño no se salió del perímetro de la mansión.
El niño la había llevado a una pequeña cúpula de cristal, donde había una pequeña mesa de té, ella observó que sobre la mesa había varias tazas de té, y en cada silla había un peluche diferente. Aquella situación llenó el corazón de Verbena de ternura.
—Tam, tienes que sentarte junto a Flick —dijo Taro a un peluche en forma de oso.
Él sujetó al oso entre sus brazos, era un peluche muy grande y que fácilmente podía duplicar el tamaño del niño y lo colocó al lado de un pato, luego se giró con rapidez e hizo una reverencia hacia Verbena.
—Bienvenida, señorita, a la hora de té —informó Taro con alegría.
Verbena también hizo una reverencia, ahora no le parecía tan mal compartir su pequeño tiempo con el niño vampiro.
—Muchas gracias por la invitación —respondió ella con una gran sonrisa.
El niño se acercó a la silla y la abrió para ella, aunque la diferencia de altura era muy clara y la silla era más grande que él. Verbena se sentó allí, tras la indicación de Taro. El niño vampiro se sentó a su lado, ella observó la silla y sonrió con dulzura al ver que estaba sentado sobre varios libros, los peluches de él parecían más grandes que él.
Verbena observó todo detenidamente, la mayoría de platos estaban cubiertos y el té tenía un tono rojo, recordó que ella en algún tiempo atrás, hace muchos años, había bebido un té infusionado en frutas disecadas rojas.
—Procederé a servir el té —informó Taro con una mirada llena de concentración.
Ella asintió y observó detenidamente como el niño servía té en cada taza de la mesa, estaba parado sobre los libros y la mitad de su cuerpo estaba sobre la mesa, Verbena estaba más feliz de lo esperado. Taro volvió a sentarse en su lugar y le indicó a Verbena que le diera el primer sorbo al té. Ella sujetó la taza y olió la fragancia frutal que emanaba el té, un olor bastante dulce y delicioso, ella acercó sus labios y bebió el contenido, Taro también hizo lo mismo segundos después.
—¿De qué es el té? —Dijo Verbena con curiosidad.
Taro dejó de beber y observó que ella seguía bebiendo, una pequeña sonrisa traviesa cubrió sus labios, algo que Verbena no notó.
—Es de frambuesa, con pequeñas infusiones de sangre —le informó el niño.
Aquellas palabras hicieron que ella se atragantara con el té y luego ella escupió el líquido dentro de la taza. El niño vampiro soltó una pesada risa y Verbena se colocó una mano en la frente, se sentía indignada.
—Vamos a probar los postres —indicó Taro dejando de reír y juntando sus manos sobre su pecho con felicidad.
Ella asintió, —¿Qué más podría salir mal?—, Verbena observó como Taro levantaba la cubierta de los platos. Su rostro se llenó de horror y repulsión a ver que en cada plato había un pequeño animal abierto dejando ver sus órganos acompañados de pequeñas flores y hongos, la presión de Verbena se bajó y sintió como su cabeza empezó a dar vueltas y se desmayó.
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Comments
Linupe
se desmaya hasta el más valiente 😅😅😅
2023-06-03
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