No había pasado mucho tiempo desde que alguien se apiadó de ella y le tiró un poco de comida, ahora volvía a esconderse en un callejón de otro pueblo. Siempre deseaba que fuera un pueblo de humanos, porque tal vez podía hacer un poco de resistencia bajo el maltrato, pero aquel pueblo también tenía una población bastante alta de vampiros.
Un año había pasado desde que cambió su ubicación, solo faltaba un poco menos de un año para que su sufrimiento llegara a su fin. Se había acostumbrado a estar en pueblos, aunque su trato no era el mejor, pero podía resistir un poco. Al estar a las afueras, en la zona rural, había muchos vampiros exiliados.
Esos vampiros vivían con una constante sed de sangre y ella era un recipiente, quedarse en el campo donde varios de esos vampiros podían tener a cualquier momento, a su disposición su sangre era su peor pesadilla. A ellos no les importaba que su sangre supiera mal, con tal de alimentarse de sangre de un recipiente, les bastaba.
Por lo menos en los pueblos no se alimentaban de ella y la despreciaban por su sangre, al fin y al cabo, de eso se trataba ser un recipiente rechazado. Los últimos años se había mantenido detrás de todos, no había vuelto a pedir comida, ni siquiera se atrevía a pedir dinero. Los vampiros solían ser criaturas poco piadosas y los pocos humanos que se había encontrado, resultaron ser igual o incluso peor de bestias que los vampiros.
Verbena observó el sol y soltó una leve sonrisa, durante el día la mayoría de nobles salían al pueblo y aquel lugar era algo pequeño, ella pensó seriamente sobre cuántos nobles tendría aquel lugar. En la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida, había conocido todo tipo de nobles e incluso tuvo la maravillosa oportunidad de conocer al Rey.
Pero desde la lejanía podía notar la costura de aquellos vampiros que pasaban delante de la entrada del callejón, costuras que eran descuidadas y sin mucha precisión, aquello solo le podía indicar que no había muchos nobles, tal vez algún duque.
El pueblo parecía carecer de poca ayuda monetaria, lo cual le hizo cambiar de parecer, el noble que regía sobre esas tierras parecía alguien de bajo rango. Cerró los ojos y sintió una gran tristeza en su corazón, su muerte cada vez estaba más cerca. Había querido que ella fuera recordada y el día de su muerte fuera algo especial, pero ahora se resumía a ser tirada a una fosa común, donde eran enterrados la mayoría de recipientes de más baja calidad.
Duró horas sentada en la misma posición con la mirada fija en el cielo, podía ver como el sol se perdía entre las montañas y luego era reemplazado por la luna. Esa noche ella se movió un poco y notó algo extraño en la luna, tenía un color más oscuro de lo normal, se estaba tornando roja.
Su corazón, que estaba muy tranquilo, empezó a latir desbocado. Verbena apretó sus manos con fuerza, odiaba esa luna, la luna roja que hacía que los vampiros se dejaran llevar por sus instintos y cumplir sus más bajos deseos.
Ella por primera vez en su vida se levantó e intentó buscar un lugar para esconderse, no le importó la mirada que le dedicaban algunos vampiros, caminó mirando el suelo como los demás recipientes hacían y buscó otro callejón, se detuvo al ver muchas cajas de madera, se acercó a ellas con rapidez y se metió entre ellas.
Luego, al pasar por el pequeño espacio que había, se acercó hasta el final del callejón y se escondió en las sombras de la noche. Volvió a levantar la mirada y observó la luna roja, sabía que muchos vampiros no salían de sus casas durante la luna roja, pero en los pueblos era diferente, muchas veces los vampiros exiliados aprovechaban aquella noche para hacer cualquier tipo de fechorías.
Verbena se tapó los oídos al escuchar el grito de una mujer, sabía lo que estaba pasando, tal vez era algún recipiente que salió con su dueño en la noche y varios vampiros exiliados los atacaron, incluso podía ser un humano y los vampiros arremetieron contra su casa y entraron sin ninguna compasión. Pero aun así ella no podía soportar escuchar a otras personas siendo heridas.
Soltó un sollozo y apretó con más fuerza sus oídos, pero fue imposible no escucharla, los gritos eran desgarradores y ella no podía hacer nada, no podía detener aquel sufrimiento de un alma que no sabía nada sobre la maldad que había en aquel mundo.
Sintió una mano sobre su cabeza, era una caricia bastante suave y delicada, Verbena levantó el rostro y observó a quién le pertenecía esa mano, por la posición de la luz no podía ver su rostro con claridad, la luz le daba en toda la espalda, pero aquella persona desconocida seguía tocando su cabeza con demasiado cariño. Algo que Verbena había olvidado y que ahora le hacía tener un extraño sentimiento en su estómago, tal vez le dio ganas de vomitar.
—¿Estás perdida? —La voz de aquel hombre le hizo sentir un escalofrío.
Verbena guardó silencio y se limitó a negar con su cabeza, sabía que aquella amabilidad era fingida, ella también había convivido durante un largo tiempo con un vampiro, también había pasado innumerables lunas rojas junto a él. Ella sabía que era lo que iba a pasar a continuación.
—¿Estás perdida? —Volvió a preguntar, esta vez levantó un poco más la voz.
Él quería escuchar su voz, pero ella no lo iba a permitir, apartó su cabeza de aquella acaricia enfermiza y echó su débil cuerpo hacia atrás. Aquel movimiento molestó al vampiro e hizo que se colocara en cuclillas para estar a la misma altura que ella.
—Una lástima —murmuró mientras acercaba su mano a la mejilla de Verbena—, iba a ser cuidadoso, pero ahora ya no.
Ella abrió sus ojos cuando sintió que aquel vampiro se tiró sobre su cuerpo, sus colmillos se clavaron en su clavícula y Verbena mordió sus labios con fuerza, ella no quería gritar, así que sintió como sus propios dientes empezaron a desgarrar la piel de sus labios. Aquel vampiro estaba alimentándose de ella y no le importaba el sabor de su sangre.
Podía sentir como lentamente su fuerza se iba, sentía que la cabeza le daba vueltas, levantó su mano y la acercó a la cabeza del vampiro con la intención de empujarlo, pero se detuvo a medio camino, la luz de la luna roja iluminaba todo con pequeños haces de luces con destellos rojizos. Verbena pudo notar como su piel cada vez se arrugaba más y por primera vez en mucho tiempo se dio cuenta de que la sangre de su cuerpo no se estaba regenerando.
Verbena sonrió en silencio y pudo sentir como la muerte la sujetaba entre sus brazos, el gran día deseado había llegado, ya no sentía nada y se atrevería a decir que su visión se estaba apagando, pero fue allí cuando vio la silueta oscura de un hombre.
Aquella silueta se acercó y de un solo movimiento le arrancó la cabeza al vampiro que estaba sobre Verbena, ella sintió como la sangre caliente del vampiro cubrió su pecho y su cuerpo inerte quedó sobre ella.
Su visión estaba borrosa, pero pudo notar como aquel hombre con sus finos zapatos de un solo golpe quitaba la presión de un muerto sobre ella. El hombre se inclinó sobre ella y la examinó con cuidado. Su mano a diferencia del vampiro muerto la tocó con un poco más de brusquedad, ella no sabía, pero aquel hombre estaba mirando la posibilidad de darle una pequeña oportunidad.
De su fino traje de paño, sacó un pequeño frasco, se quitó los guantes que cubrían sus pálidas manos y abrió aquel frasco de vidrio.
—El señor te quiere dar una pequeña oportunidad —declaró aquel desconocido en un murmuro.
Él abrió la boca con Verbena con su mano derecha y luego acercó el frasco a su boca, ella no se movió en ningún momento y dejó todo a la disposición en las manos del desconocido, —¿qué más podría salir mal?— pensó Verbena para sí sola. El hombre inclinó el frasco con cuidado y dejó caer una pequeña gota de aquel extraño contenido en la lengua de Verbena.
Sintió como la sujetó entre sus brazos y la sacó de aquel callejón, por una extraña razón ella podía ver con más claridad que antes y sentía como su corazón volvía a latir con la misma fuerza de antes, que, aunque no era la mejor, sentía que su vida había vuelto. El hombre la llevó a las afueras del pueblo y la dejó sobre la tierra húmeda de un bosque.
—Hacia el norte debes dirigirte —le ordenó el hombre y la ayudó a ponerse de pie para seguir con sus indicaciones—, debes correr, aunque el bosque no es peligroso en esta zona, debes llegar antes de que la Luna Roja llegue a su punto más alto.
—¿Norte? —Por primera vez en mucho tiempo Verbena habló.
Su voz salió rasposa y horrible, sintió bastante vergüenza, en sus recuerdos su voz era hermosa y melodiosa.
—Corre recto, por este lado —el hombre la sujetó por los hombros y la acomodó en su lugar, volvió a darle otra indicación—, debes llegar a una gran mansión, hay alguien que te ayudará.
Luego de aquellas palabras, el hombre desapareció dejando a una Verbena confundida en la entrada de un bosque que ella pensaba que era lo peor del mundo.
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